Los sonrientes y los sin nombres

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niños sonrientesPor Alina Perera

Jugando en cualquier esquina de la Isla, alegres y cuidados por todos. Esa es la primera imagen a la cual acude Anna Lucia D´Emilio, representante de Unicef en Cuba, al preguntarle qué singulariza a nuestros niños y niñas. Su respuesta, desde luego, se extiende después a otras razones, pero la primera idea le nace rápido, acompañada de una sonrisa durante un diálogo con nuestro diario a propósito del Día Universal del Niño, que se celebra el 20 de noviembre.

Doctora en Sociología y Antropóloga, egresada de la Universidad de Urbino, en Italia, su país de nacimiento, Anna Lucia era desde el año 2007 —antes de asumir su actual responsabilidad por la cual está en La Habana— asesora regional de Educación de Unicef para América Latina y el Caribe, con oficina en Panamá. Esa experiencia le permitió brindar asesoramiento técnico en el hemisferio, en términos de educación, y le hizo conocer en primer plano a las poblaciones indígenas y afrodescendientes.

—Más de 25 años de labor desde Unicef le han llevado a países como Kosovo, Camboya, Bolivia, Venezuela, Panamá y Cuba. Trascendiendo toda diversidad, ¿podría comentar qué significa ser niño en el mundo actual?

—Un niño o una niña que nacen ahora tienen, con respecto al pasado, una esperanza de vida mucho más alta. En el caso de la niña, cuenta con mayores posibilidades de ir a la escuela. Ambos tienen más acceso a la información del que poseían tiempo atrás.

«Los países han reducido la pobreza. Así se lee en estudios y en reportes de los Objetivos de Desarrollo del Milenio. La mortalidad infantil se ha reducido a la mitad. Podría imaginarse que el niño tiene ahora mejores condiciones para ser feliz. Pero al mirar lo que sucede día a día se entiende que los problemas son graves y desde luego afectan mucho a la niñez.

«En ciertos países son muchas las vidas salvadas, se ha reducido la mortalidad infantil, pero después lees sobre el número de homicidios de adolescentes y te planteas: se están salvando vidas, sin embargo, las matan en la calle.

«Se calcula, además, que a finales de 1990 había 66 millones de niños en todo el mundo que de algún modo fueron afectados por el cambio climático. Hoy se estima que son 200 millones. Y hay otro ámbito a subrayar: el de la socialización de los niños. En otras épocas ellos pasaban mucho tiempo jugando entre sí; ahora sabemos que están días y días frente a un televisor o a una computadora.

«El filósofo y docente universitario italiano Umberto Galimberti se ha referido al analfabetismo emocional para describir la situación de los adolescentes actuales en los países europeos. Se trata  de la dificultad de expresar sus problemas, sus sentimientos;

incapacidad de identificarlos y de poder nombrarlos. Cuando la búsqueda de respuestas de la adolescencia no va asociada a las relaciones humanas, a la comunicación con la familia, entonces se puede caer en ese vacío del analfabetismo emocional, en la incapacidad de tener claro los problemas para superarlos. Ya hay países donde el suicidio es la primera o la segunda causa de muerte entre adolescentes y jóvenes. Eso nos tiene que hacer reflexionar sobre el mundo en que vivimos».

—La guerra, máxima expresión de violencia, tiene en los niños a sus principales víctimas. ¿Cuál será el precio, a largo plazo, de tanta barbarie?

—Según datos de Unicef, en estos momentos hay 246 millones de niños que viven en áreas geográficas con conflictos. No son desastres naturales, sino conflictos provocados por hombres. Cuando uno ve la televisión, pareciera que todos los que están buscando asilo se van a los países del Norte. Después uno mira las estadísticas y ve que no es tal: el 86 por ciento de todos los que buscan refugio en el mundo van hacia los países más pobres o en desarrollo. Datos de Amnistía Internacional nos revelan que el 95 por ciento de quienes buscan refugio, procedentes de Siria, van hacia países limítrofes con problemas económicos.

«El fundamentalismo es una de las consecuencias de esa barbarie. Hay un aumento de la discriminación en todas partes, surgida de lo que es el miedo a la diversidad, al racismo, a la discriminación. Al final es el miedo a la diversidad. Y eso es terrible, porque si el vecino es un potencial enemigo, si todo es un peligro, si no puedo confiar en el otro, seremos una sociedad con miedo, acorralada».

—El 19 de junio del año 2014 usted llegó a La Habana como la persona designada por el director ejecutivo de Unicef, Anthony Lake, para ocupar el cargo de Representante de esa organización en la Isla. Más de un proyecto y de momentos le unen al país. ¿Cómo describiría al niño cubano?

—Si yo tuviera que dar una imagen del niño y de la niña cubanos, inmediatamente qué cosa veo: veo a una niña y un niño que sonríen y que juegan en la calle. En realidad la asociación debería ser esta: que van a la escuela, que tienen acceso a la salud… Pero el hecho de poder jugar en la calle nos da la medida de la seguridad en la que se desenvuelven.

«El niño cubano ha tenido un cuidado especial desde que ha nacido, incluso antes de nacer, por cuanto uno ve toda la atención primaria de la salud y la atención materno-infantil. Y algo que a veces no se subraya suficientemente y que a mí me ha impresionado mucho desde que estoy aquí, es el acceso que tienen al mundo de la cultura, de las artes, del deporte. Es una maravilla ese acercamiento al yo más profundo, a los valores más grandes, al arte, a la belleza».

—Hablemos sobre la Encuesta de Hogares emprendida recientemente en Cuba por Unicef y el Ministerio de Salud Pública…

—Es una encuesta hecha con criterios estadísticos muy rigurosos. Abarca 9 958 hogares de todas las provincias del país, con datos desglosados por provincias. La muestra está conformada por mujeres de 15 a 49 años, y abarca también la situación particular de los niños menores de cinco años.

«El próximo 24 de noviembre vamos a presentar los resultados. En muchísimos aspectos la encuesta remarca datos que ya teníamos a nivel de los sistemas de administración de información de los sectores de salud y de educación. Pero también, y esto es lo novedoso, hemos podido insertar algunos módulos relativos al tema de la protección de los niños, o a la violencia doméstica.

«Hay algo que quisiera adelantar: nos llaman la atención algunos datos que tienen que ver con las actitudes de las personas, con las respuestas individuales a ciertos problemas, con ciertas pautas culturales. La lactancia materna, por ejemplo, es uno de los temas: ¿por qué en un país donde hay un año de licencia de maternidad, donde no hay propaganda de sucedáneos de la leche materna, disminuye la lactancia materna exclusiva de los primeros seis meses? Es algo que amerita ser cambiado y tiene que ver más con la familia en su conjunto que con la política pública.

«Otro dato: cuando uno indaga sobre la alimentación complementaria después de los seis meses, se sorprende de la diferencia en cuanto a cantidad y calidad entre ambos sexos. En un país que a nivel de paridad de género ha hecho tanto, cómo es posible que en la alimentación al niño y a la niña los datos sean tan diferentes hasta de veinte puntos porcentuales… Cuando los niños son pequeños, no los estamos tratando igual en el momento de prepararles su comidita. A lo mejor hay algunos que piensan que al niño hay que alimentarlo más que a la niña.

«También tenemos por primera vez algunos datos sobre violencia doméstica. Por ejemplo, el 4,2 por ciento de la población considera que hay que castigar al niño físicamente. Sin embargo, cuando se le pregunta a los niños, una tercera parte dice que ha recibido alguna forma de castigo físico en el último mes. Eso es lo que el niño y la niña perciben; son informaciones que se convierten en una base de datos para después ir reflexionando sobre el tema e ir mejorando».

—¿Cuáles son las realidades donde los propósitos de Unicef y la naturaleza de la sociedad cubana confluyen?

—Creo que el primer espacio común es la conciencia de que los programas, las políticas tienen que llegar a todos. Otro ámbito de coincidencias es el buen comienzo en la vida; o sea, la conciencia de que el niño debe preocupar mucho antes de cumplir seis años, mucho antes de empezar la escuela. El niño y la niña deben recibir educación, una atención que les permita su desarrollo infantil integral desde el comienzo en la vida.

«Todo lo que Cuba está haciendo en la atención primaria de salud, en el programa materno-infantil, en el programa Educa a tu hijo, son aspectos en los que obviamente coincidimos. Y creo que hay un tercer ámbito: el de la solidaridad y la cooperación internacional. Todo lo que Cuba ha hecho para combatir el ébola, por ejemplo, nos coloca en espacios comunes.

«A partir de esas tres premisas es fácil identificar cuál es el punto de partida del trabajo del Gobierno cubano con Unicef. Y hacer eso es muy difícil porque la base ya es muy alta y los objetivos se convierten en metas más ambiciosas».

—Sobre la Convención de los Derechos del Niño: ¿cuánto se le respeta en el mundo hoy?

—La Convención es un instrumento internacional ratificado por casi todos los países. Es la herramienta que más ratificación ha tenido en la historia, a nivel global. Los países han ido armonizando su legislación. Se ha ido dando un cambio de paradigmas de ver a los niños y niñas como sujetos de derecho, como personas a quienes hay que respetar. Es un gran logro haber puesto el interés supremo del niño como punto de partida de todas las políticas y los programas. Sabemos que eso no siempre se da y que se siguen violando sus derechos: todavía les cierran las puertas o se permite que mueran en los mares tratando de buscar un futuro mejor.

«Unicef ha hecho estudios sobre la pobreza en países desarrollados. Uno de cada ocho niños en los países ricos sufre de privaciones múltiples de derechos. Se calcula que las víctimas suman 30 millones. Creo que a 26 años de la Convención, queda por delante un largo camino cuya responsabilidad es de todos.

«En cuanto a Cuba y a las transformaciones que están sucediendo en el marco del proceso de actualización de su modelo económico y social, estoy segura de que el Gobierno sabrá mantener los logros alcanzados, sobre todo en lo alusivo a la protección de la niñez y la prevención de todo tipo de abuso contra niños, niñas y adolescentes».

Tomado de Juventud Rebelde

http://www.juventudrebelde.cu/cuba/2015-11-19/los-sonrientes-y-los-sin-nombres/

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