Letargo

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f0051713Su cuerpo adolescente de 13 años reposa languideciendo en una parihuela. Los murmullos de las aves del monte se mezclan en sueños profundos y escucha la voz temerosa de Goyo: “Maestro, no duerma, mire el día”.

Su exhausto cuerpo navegó al parque de Placetas aquella tarde de diciembre de 1958. Ante la proximidad del avión B-26, la bandada de muchachos detuvo sus travesuras para mirar el cielo y no perderse el espectáculo. Unas luces desprendidas de la aeronave emanaron como fuegos artificiales. Al unísono, los gritos desesperados de los padres ordenando entrar con urgencia a las casas y mantenerse quietos. Luego supieron del bombardeo en los alrededores del pueblo para evitar la entrada de la Columna 8, comandada por el Che Guevara.

Días tristes en el poblado, gran represión de la tiranía gol­pean­do y torturando a toda persona que tuviera algún vínculo con las causas de cambio, de ahí que aparecieran cuerpos sin vidas mutilados y ensangrentados. Dolían los atropellos de los soldados, conocido por los “Casquitos” y apodados “Bo­ca­di­tos”, quie­nes llegaban a los comercios, se hartaban de comida y bebida para luego decir: “La cuenta la paga el presidente”.

Por eso la noche del 24 de diciembre resultó muy buena. Desde el día anterior las fuerzas rebeldes atacaron diversas posiciones militares del pueblo y replegaron las tropas de la dictadura de Fulgencio Batista. Se decretó la rendición y el Che desde la habitación no. 22 del hotel Las Astullerías dirigió las operaciones en la región central.

Todos lo vieron con un yeso en el brazo, impartiendo órdenes. Los pobladores lo guiaron por el Camino Viejo de Ca­majuaní para que se acercara a la ciudad de Santa Clara sin ser sorprendido.

Una alegría espontánea respiró la ciudad con la llegada del 1ro. de enero de 1959. Abrazos, saludos y conversaciones, más la frase ¡Triunfamos!

Ese júbilo quedó impregnado en los primeros años de la década del 60 porque, además, llegaron las medidas populares para beneficios de todos, y la principal consistió en la solvencia económica para que los pobladores no sufrieran hambre.
De ahí que, Antonio Bárcenas Luis acudiera de inmediato a la Asociación de Jóvenes Rebeldes para incluirse en cualquier tarea de la Revolución naciente.

Aunque las dos hermanas mayores alfabetizaron desde el propio año 60 en los alrededores de la ciudad, a Antolín, por ser un adolescente de 12 años, le prohibieron hablar del tema en la familia. Después de muchas pláticas, logró que sus padres firmaran la planilla como alfabetizador Conrado Benítez, sin enterarse que el muchacho pidió ir a la Sierra Maestra.

Solo al escribir la primera carta desde el lugar de destino, dijo que se encontraba en el cuartón El Taller, de la localidad de Cienaguilla en el municipio de Campechuela en el oriente del país. Para llegar a ella debían caminarse 22 kilómetros a través de una loma.

Relató en cartas acerca de la familia compuesta por Gre­gorio, apodado Goyo, su esposa Gertrudis y tres hijos, quienes vivían en la ladera de un río. Solo en ese lugar ningún propietario de tierra se disputaba la zona. Con cada crecida del río, las pocas pertenencias se metían en un jolongo y subían a algún punto alto de la loma para esperar que las aguas tomaran su nivel y regresar.

La casita, construida en horcones de madera, paredes de palma real, techo de guano y piso de tierra, no rebasaba los cuatro metros cuadrados, sin baño ni siquiera en las inmediaciones por lo que el río constituía la vida común para animales y hu­manos.

Llamó la atención de Antolín que la única propiedad de Goyo era una vaca y como no tenía área de pastoreo, debía pagar cinco pesos al mes a otro campesino para que su animal pastara. Esa cifra debía conseguirla sirviendo de jornalero en fincas aledañas y, con buena suerte, en época buena regresaba en la noche con 75 centavos ganados en el día. Las pocas pesetas se depositaban en una cajita y después de reunir los cinco pesos de la vaquita, entonces se pensaba en alguna emergencia para la familia.

La voz de Goyo lo hizo despertar del letargo y casi sin fuerzas para abrir los ojos se dio cuenta que estaba en la posta médica de Cienaguilla. El médico al valorarlo pidió que lo trasladaran con urgencia al hospital de Manzanillo. Enseguida un vehículo a toda marcha lo condujo, por lo que volvió a caer en los sueños alucinantes de la fiebre.

Esta vez recordó Varadero, lugar para instruir a los brigadistas. Allí llegó el grupo de Placetas en el mes de mayo de 1961. Quizá la impresión más nítida es la extensión de la playa a ambos lados de la carretera con el mar verdeazulado y la arena muy fina. Una pregunta obsesionaba: “¿El uniforme?”.

Los ubicaron en unos edificios construidos por la Re­volución llamados Granma. La edificación fue pensada para que los trabajadores pudieran visitar el gran balneario, pero la urgencia de la campaña de alfabetización hizo que alojara a los varones llegados de diferentes provincias para convertirse en alfabetizadores.

Al recoger los implementos: mochila, farol, cartilla, manual, lápices y libretas, de inmediato vestían el uniforme. Sentir el color verde olivo del pantalón y calzar las botas militares les hacía asumir un aliento de responsabilidad y convertirse en adultos de la noche a la mañana.

Una vez más le preguntaron por su decisión de ir a la Sierra Maestra y la respuesta fue la misma: “Queremos pisar el lugar donde estuvo el Ejército Rebelde”. Ansiaba respirar ese aire, caminar por los trillos, cruzar los senderos, vivir la aventura de un pasado victorioso.

La primera subida demoró dos días. Una vez instalada la hamaca no se dejó vencer por los mosquitos, las altas temperaturas de día y las bajas en las noches, las lluvias constantes, el rigor de recorrer terrenos inclinados y reconocer los sonidos del campo.

Se acostumbró a comer un único menú: yuca y arroz blanco. Solo el día del cumpleaños del alfabetizador se compró un cerdito para asarlo en el patio con una vara atravesada.

A Goyo no lo dejaban cultivar las tierras de los alrededores porque tenían dueños. En las pendientes inclinadas de la loma, en pequeños espacios, el campesino mantuvo un sembrado de vianda y arroz. Ahí aprendió Antolín el duro trabajo de la agricultura.

Ya en el hospital de Manzanillo supo que había perdido más de 30 libras, y con los primeros exámenes clínicos le diagnosticaron hepatitis. Indicaron un traslado con reposo absoluto para la casa y Goyo se ofreció a entregarlo a los padres.

Ya en la casa de Placetas, Goyo se despide con una gran tristeza, pidiendo al muchacho disciplina con el reposo. Antolín solo dijo con firmeza: “Yo regreso”.

Pasados 15 días, Antolín supo de un vecino chofer que viajaba hacia Manzanillo. Sin despedirse de su padre y sin casi dejar hablar a su madre, partió de regreso.

Un ciclón lo hizo detenerse en Cienaguilla por varios días y tuvo que refugiarse en una unidad militar. Con una persona que subía a las lomas envió un mensaje verbal para el cuartón El Taller.

“Díganle a Goyo que prepare dos caballos y venga a recogerme”. No hubo muchas palabras en el camino de retorno, solo un fuerte abrazo en el momento del encuentro.

Tomado de Granma

http://www.granma.cu/cuba/2016-01-19/letargo-19-01-2016-00-01-48

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