Lecciones de Guáimaro

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Por Daily Sánchez Lemus

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Un mes después, se ordenó con 24 horas de plazo para la devastación, salvar del enemigo, por el fuego, al pueblo sagrado, y darle ruinas donde esperaban fortalezas. Ni las madres lloraron, ni los hombres vacilaron, ni el flojo corazón se puso a ver como caían aquellos cedros y caobas. Con sus manos prendieron la corona de hogueras a la santa ciudad, y cuando cerró la noche, se reflejaba en el cielo el sacrificio. Ardía, rugía, silbaba el fuego grande y puro, en la casa de la Constitución ardía más alto y bello.

Así escribía José Martí sobre la quema de Guáimaro el 10 de mayo de 1869, un mes después de haber sido la sede de la Asamblea que dotó de una Constitución y marcó la pauta de la República en Armas. Al igual que Bayamo – a inicios de ese mismo año-, los pobladores prefirieron verla hecha cenizas antes que en manos del enemigo… y así estuvo durante la Guerra Grande.

Guáimaro ratificaba su linaje libertario, allí, donde la lucha por Cuba conoció del primer intento unificador para el triunfo. En la trascendental Asamblea de Guáimaro, se vieron cuestiones fundamentales que atentaban contra el buen desenvolvimiento de la Guerra, y, por eso, es preciso retomar hoy algunas de sus lecciones que tienen total vigencia con miras al futuro.

La unidad: Las tensiones entre Céspedes y Agramonte son conocidas en la historiografía cubana. El primero, planteaba la necesidad de un gobierno centralizado, que permitiese tomar decisiones rápidas, con un mando único, donde las funciones civiles y militares fuesen controladas por la misma persona. Agramonte, por su parte, era partidario de crear un gobierno republicano dividiendo los poderes militar y civil, aunque colocando el poder civil por encima del militar y así lograr una mayor participación en la toma de decisiones.

No obstante, en pleno debate ardiente, supo el Padre de la Patria –haciendo honor a su estatura- asumir en pos de la unidad el criterio de los representantes del bloque de Las Villas y Camagüey. De esa forma, se aprobó una Carta Magna con la división en los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, con la creación de una Cámara de Representantes para la dirección de las acciones. Como reconocimiento a lo legítimo de su personalidad en la lucha, Carlos Manuel de Céspedes fue el primer Presidente de la República en Armas.

De Guáimaro, entonces, la unidad. La unidad por encima de todo, que fue causa del fracaso precisamente de aquella contienda luego de 10 años, la misma que demostró a Martí lo vital de fundar el Partido Revolucionario Cubano;  y la que ha sido la clave de los triunfos posteriores en la lucha de los cubanos que defienden su partido único para seguir avanzando juntos. Más allá de la diversidad de criterios –siempre válida en el desarrollo de los tiempos- está la humildad y la entrega a la obra mayor, que nos hace capaces de unirnos en la misma esencia. La unidad sigue siendo vital para Cuba. La Patria por encima de todo.

La libertad: En cuanto al carácter social de la revolución, para todos estaba claro el propósito emancipador y antiesclavista. El artículo 24 de la Constitución estableció que Todos los habitantes de la República son enteramente libres, y es así que se remarca el principio de Céspedes de la abolición de la esclavitud, condición imprescindible para una nación libre y soberana.

En nuestro país ha sido constante la lucha emancipadora, ya sea en cuestiones de raza o género, pero siempre con la convicción de que está hecho para todos. La energía de la nación de acoger a todos como iguales que somos, ha pesado más que cualquier rezago discriminatorio producto de esquemas mentales y culturales del pasado. La resistente voluntad política del país en ese sentido podrá imponerse al tiempo. Mucho ya es Cuba en materia de justicia social, en un país en el que ni el color de la piel ni el género, definen en la toma de decisiones. Ser cubano ha sido, es y será lo importante. Las libertades, además, conquistadas en la vida pública de la nación, le confieren a esta nación un sitio en la lucha diaria por la dignidad plena de los hombres.

Los símbolos: Ya desde ese momento sería la bandera de la estrella solitaria el símbolo de la República, mientras la de Céspedes fue puesta en las sesiones de la Cámara de Representantes y conservada como parte del Tesoro Nacional. Por otra parte, el himno adoptado oficialmente fue el del 20 de octubre de 1868 en Bayamo, compuesto por Perucho Figueredo. De Guáimaro salieron, entonces, la bandera por la que murieron muchos cubanos en los años sucesivos por la verdadera independencia y el canto de amor y de combate. La bandera de Céspedes preside también la Asamblea Nacional de Poder Popular, en tradición mantenida que rinde tributo al hombre que echó a andar la guerra libertaria.

La mujer: En Guáimaro, ya se conoce, se alzó la voz de la mujer reclamando no solo su derecho en el desarrollo de la sociedad, sino también a pelear por ella. Ana Betancourt fue la clara representación de muchas de las que ya colaboraban desde su posición con la independencia. Ana, además, trascendió el momento y supo hacer ver la fuerza que de la mujer emana cuando se une a la causa. Esa presencia imprescindible en cada obra de la vida cotidiana, y en cada hecho extraordinario de la Patria. Se alzó la voz de la mujer para reclamar su espacio, y desde entonces, nunca más estuvo fuera de las luchas por sus derechos. La mujer cubana, protagonista de la Revolución y de su propia revolución, con la hermosura y la firmeza de su historia.

Amor y compromiso con el futuro: La Constitución de Guáimaro fue el programa rector, aunque su funcionamiento político resultaba complejo en medio de la guerra. Enrique Collazo, el patriota, expresó al respecto: “…hicieron una República con una constitución modelo, aún cuando no teníamos un palmo de tierra seguro en que clavar nuestra bandera… hicieron ciudadanos cuando necesitábamos soldados, dieron, en fin, al recién nacido, el régimen de vida de un hombre maduro”. Sin embargo, el alcance de esta cita fundacional no puede verse solo a partir de sus limitaciones, pues de allí salió una república, con una constitución, un gobierno de los cubanos, y el irrevocable mérito de lograr la unidad del movimiento independentista.

Guáimaro señaló el camino para las luchas futuras, de ella se sacaron aciertos y limitaciones, experiencias; pero no hay dudas de que su esencia persiste en la república soñada por Martí con su carácter democrático, con el factor indispensable de la unidad, y con la justicia para todos. No hay dudas de que el legado llega hasta hoy, en un sistema político cubanísimo, que ha bebido de su historia y se ha planteado su realidad en función de sus necesidades, consciente de cada día se debe trabajar por responder a los intereses del pueblo. El carácter democrático, inclusivo, independentista y unitario de la Constitución de Guáimaro, está presente en la Constitución actual de la República de Cuba. Precisamente porque la Revolución Cubana es una sola, que inició el 10 de octubre de 1868.

Si repasamos entonces el concepto de Revolución del Comandante en Jefe Fidel, podremos ver que en cada línea están presentes las enseñanzas de Guáimaro, no como palabra forzada, sino como continuidad de la lucha y el reconocimiento a todo el caudal de experiencias de la gesta. Así señaló el Gigante, una vez más, la ruta:

Revolución es unidad, es independencia, es luchar por nuestros sueños de justicia para Cuba y para el mundo, que es la base de nuestro patriotismo, nuestro socialismo, y nuestro internacionalismo.

 

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