Laura puede volar

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Por Myrla Pizarro de la Uz

“¡Ser alguien en la vida!” Es muy común escucharlo de nuestros padres: casi siempre se refieren a que debemos estudiar. Igual es uno de los mejores consejos que nos dan. La educación, el conocimiento, los estudios, son muy importantes para nuestro futuro desarrollo como seres útiles a la sociedad.

Dificultades, pruebas y más pruebas, levantarse temprano en las mañanas, quedarse sin entender a la maestra una que otra vez, el odioso remedial, el horario de merienda que se nos hace insignificante ante nuestras ganas de experimentar un nuevo juego en los patios de las escuelas… se tornan momentos imprescindibles; muchos darían todo por pasarlos.

Laura López estuvo en la escuela hasta cuarto grado. Hubo de ayudar a la madre a criar a sus siete hermanos, y hasta caña tuvo que cortar. Después le tocó encargarse de sus propios hijos y de las obligaciones como ama de casa. Así que agradece a la Revolución, pues al menos aprendió a sacar cuentas y a escribir su nombre.

Ya tiene 68 años. Ahora cuida de sus nietos. Pero aprovecha el tiempo con ellos, para que la ayuden con sus lecciones de gramática… y con Matemática, la asignatura que no soporta. Recibe clases en la Casa del Adulto Mayor de San Antonio de los Baños, donde no solo imparten cursos de corte y costura o de plástica, sino a los interesados en volver a estudiar, pese a la edad.

Ni ve casi ya. Sus espejuelos son tan grandes como sus ganas de conocer, paso por paso revisándolo todo, con maña no de viejitos, con maña de quien sabe que es mejor rectificar, que es de sabios.

Esas son las horas de Laura. Cuando me percato ya está haciendo café. Y cuando me fijo bien, en la esquina de la mesa: una mochila de las grandes y llenita llenita, como la de los niños que les gusta estudiar mucho y llevan todos los libros y libretas a la escuela. Era rosada y era de Laura. Los hijos se la habían regalado para sus clases, que empiezan a las 10:00.

Casi mágico, placentero, verla sacar un cuaderno para enseñarme la lección del día antes. Y pregunta y pregunta, todo relacionado con la escuela: que dónde estudiaste, que cuál asignatura te gusta más, y así, de todo.

“Me hubiese gustado ser una abogada o una maestra, alguien que conoce mucho, para poder brindar el saber y ayudar en algo. Siempre se lo dije a mis hijos, y después lo repetí a mis nietos: ‘hagan lo que no pude hacer, será mi mayor orgullo’”. Sin embargo, creo que el orgullo es de su familia, al verla estudiar otra vez.

La Revolución cubana ha tenido la educación entre sus premisas, por ser la base para cualquier sociedad desarrollada, culta y —sobre todo— libre. Desde la Campaña de Alfabetización y con el paso de los años, ha ganado un prestigio por el que se nos reconoce en todo el mundo.

El saber es como el poder volar. Tienes algo que nunca nadie te arrebata. Es tuyo. Contigo lo llevas, y gracias a él puedes lograr millones de cosas, sobre todo vivir tranquilo como un ser humano sin barreras.

Hay días en que llevo la nostalgia de mis escuelas, de todas, porque a todas las quise. Veo pasar a los muchachos con sus uniformes impecables, y me llegan las memorias; en determinado tiempo a ellos les pasará lo mismo.

Por sobre todas las cosas me satisface mucho ver que quien no pudo disfrutar de esos momentos tan especiales, consigue volver a comenzar y también atesorarlos. Laura es una campeona, y en su aula hay 14 más como ella.

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