Las políticas de Bolsonaro (Parte II)

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Por Miguel Angel García Alzugaray

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Bolsonaro se jacta de ser un villano del medio ambiente. En su discurso no cabe ni el acuerdo de París, ni un Ministerio de Ambiente para el país, ni remedios contra la deforestación, quedan por fuera ONG internacionales y hasta los territorios indígenas de su nación.

La posición de Bolsonaro no es solo implacable con los recursos naturales. La comunidad LGBT, afro e incluso las mujeres llevan las de perder con este capitán retirado del ejército. Aunque la Amazonía, con un 70 % de su biomasa en territorio brasileño, está en riesgo, empezando por la alianza del recién electo presidente con el sector de carne y en su apuesta minera.

Su idea, previamente anunciada, es: eliminar casi todas las políticas en pro del medio ambiente. Un ejemplo de ello fue su compromiso con Estados Unidos, en el momento en el Trump determinó su renuncia del Acuerdo de París. Es decir, Bolsonaro pretende liquidar cualquier esfuerzo por reducir las emisiones de carbono en Brasil. Un asunto crucial para el problema de la deforestación en esta región.

Porque, a pesar que el gobierno ha logrado reducir hasta el 16 % de este problema en los últimos dos años, el ultraderechista está decidido. La selva, a sus ojos, es un lugar que permite el crecimiento desmedido de la población. Y que, incluso, la solución para la tala es una política de planificación familiar que reduzca las presiones sobre la selva y el calentamiento global.

Sonaría bien. Sin embargo, sostiene el periódico The Guardian, el enfoque de medio ambiente de Bolsonaro proviene de una actitud racista. ¿Con quién? Con los pueblos indígenas de Brasil y con las otras minorías. “Las minorías tienen que inclinarse hacia la mayoría… Las minorías [deberían] adaptarse o simplemente desaparecer”, citó ese diario el año pasado.

En todos estos planes reaccionarios, parece existir una clara identidad ideológica entre los amos yanquis y su nuevo lacayo carioca.

No obstante, no debemos equivocarnos. Bolsonaro no es más que una vulgar marioneta. Los verdaderos gorilas están detrás de él, y ya sacan sus garras peludas para impulsar el proyecto político preparado por la CIA para la región.

El proyecto político de los gorilas brasileños

EL proyecto político de Bolsonaro perfectamente podría describirse como el de los uniformados que decidieron salir de los cuarteles para meterse en política a través de la lucha por los votos, porque no es el único con pasado castrense. Muchos ex miembros del Ejército lo acompañan, como el general Hamilton Mourao, su compañero de fórmula, o el general Roberto Sebastião Peternelli Júnior, que acaba de ser elegido diputado por San Pablo.

Mourao es el máximo exponente de ese grupo que ve a los militares como los garantes últimos del orden, por encima incluso de las instituciones democráticas. Es el único que se atreve a decir cosas aún más controversiales que Bolsonaro. “O las instituciones solucionan este problema político, a través de la acción de la Justicia, retirando de la vida pública a esos elementos involucrados en ilícitos, o nosotros vamos a tener que imponerlo con la fuerza”, dijo el año pasado en una suerte de ultimátum a los jueces, para que encarcelaran a los dirigentes políticos investigados por supuesta corrupción.

“En esa declaración, Mourao habló concretamente de la posibilidad de una acción militar para estabilizar al juego político y a la sociedad brasileña. En otra más reciente reafirmó el principio, y trató de explicar las situaciones eventuales en las que sería legítima una intervención militar. Allí dejó en claro que un autogolpe no es una alternativa descartada, dado que podría ser constitucional.

“¡Qué época maravillosa! Usted podía caminar por la calle con seguridad. Su familia era respetada y el policía era policía”, describió Jair Bolsonaro en julio de 2015, en una entrevista con la periodista Mariana Godoy emitida por RedeTV!

La época a la que se refería el ex paracaidista del Ejército y capitán del Octavo Grupo de Artillería de Campaña era la dictadura militar que rigió en Brasil entre 1964 y 1985. Cada vez que le preguntaron lo que pensaba acerca de los asesinatos, las desapariciones y las torturas cometidas por el régimen, Bolsonaro justificó ese accionar con el argumento de que había una guerra contra la insurgencia armada.

“El error de la dictadura fue torturar y no matar”, afirmó en 2016 en un diálogo con el programa “Pánico”, de la radio Jovem Pan.

Muy inquietante es el resultado de un estudio de opinión pública elaborado por Paraná Pesquisas en septiembre del año pasado entre amplios sectores de la clase media, los profesionales, escuelas privadas, pequeños propietarios y el comercio. El 43% de los consultados dijo que apoyaría una intervención militar fascista en el país. El 51% se manifestó en contra, pero que cuatro de cada diez estén a favor resulta impactante. Son datos que ponen en números la fragilidad extrema de la democracia brasileña.

Una democracia controlada por los militares

“Los militares estuvieron, sin excepción, presentes en todos los movimientos políticos y sociales importantes en la historia de Brasil en el siglo XX. Como dijo el estudioso Alfred Stepan, ellos funcionaban como un poder controlador de la democracia, por encima del Judicial y del Ejecutivo, con el objetivo de mantener la estabilidad social en tiempos de crisis a favor de la oligarquía en el poder.

A esto hay que sumar el hecho de que el Ejército representó siempre una posibilidad de ascender socialmente para muchas camadas”, dijo a Infobae Wallace da Silva Mello, profesor de historia en la Universidad del Estado de Río de Janeiro.

Hasta 1964 habían ejercido un rol más bien tutelar sobre la política brasileña, con intervenciones esporádicas y haciendo eso sí, oír alto su voz. Pero a partir de ese momento las Fuerzas Armadas pasaron a ser las protagonistas excluyentes de la escena política. Para entender el poder y la ascendencia social que mantienen aún hoy, es necesario desmenuzar las particularidades de los 21 años de dictadura en Brasil.

La aparente tolerancia de los gorilas con la democracia duró menos de tres años. El 31 de marzo de 1964 Goulart fue derrocado por un golpe de Estado liderado por el general Humberto Castelo Branco, que era jefe del Estado Mayor del Ejército.

Inmediatamente, se prohibieron los partidos políticos, se cerraron medios de comunicación críticos y hubo una persecución generalizada, que incluyó secuestros, asesinatos y desapariciones.

Entre los caídos había miembros de organizaciones armadas como Colina y su sucesora, la Vanguardia Armada Revolucionaria Palmares, que tenía entre sus militantes a Dilma Rousseff. La ex presidenta estuvo recluida entre 1970 y 1972, período en el cual sufrió torturas y vejaciones de todo tipo.

Un punto de contacto de los fascistas brasileños con la dictadura chilena es que tuvo un período de fuerte expansión económica entre 1968 y 1973, lo que algunos llamaron el “milagro brasileño”. Pero, a diferencia de las reformas neoliberales que implementó Augusto Pinochet en Chile, sus pares brasileños desarrollaron un esquema mucho más estatista y nacionalista. De todos modos, el éxito duró poco y terminó en un proceso de inflación descontrolada y recesión, que llevó a los militares a preparar la retirada.

No obstante, los militares brasileños mantuvieron ciertas prerrogativas, como la Ley de Amnistía, y no hubo en un primer momento un juicio contra los represores.

En los debates de la Asamblea Constituyente (de 1988) estaba la percepción de que era tiempo de mirar hacia el futuro. La conciliación brasileña acabó ofreciendo las condiciones para conservar cierta credibilidad de las Fuerzas Armadas y mantener en silencio una batalla de memorias, que resurgiría décadas después.

Esa salida concertada, tan favorable a los militares, supuso también la inclusión en la Constitución de 1988 de una serie de artículos que sellaron su rol como supuestos “salvaguarda de la Nación”.

Así se entienden algunas de las advertencias más amenazantes realizadas por jefes de las fuerzas en los últimos tiempos, como la del comandante general Eduardo Villas Boas, que en abril avisó de su rechazo a la impunidad en vísperas de que la Corte Suprema decidiera si concedía a Lula da Silva un habeas corpus.

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1 Comentario

visorcubano dijo:

El neofascismo latinoamericano se diferencia del estaunidense, en que éste habla en inglés y aquel se hace el que habla portugués y español, principalmente, aunque en realidad todos se abrazan en inglés, piensan en inglés, sueñan en inglés e incluso ganan dólares escritos en inglés e invertidos en bancos con cuentas en el inglés que hablan sus dueños, el gobierno de los EEUU, y también por debajo del tapete y en los últimos años casi siempre arriba de ese tapete, las transnacionales yanquis que saquean al Brasil en nombre de la libertad y la democracia, como lo hacen en el resto de la América Latina. Lo nuevo de Bolsonaro es que utilizó los sistemas de inteligencia de EEUU para manipular las redes sociales y arrebatarle las elecciones al PT de forma tan sucia y oculta, que ha logrado engañar a sus propios ciudadanos y al mundo, de que fue elegido por el boto popular, cuando se sabe bien quien estuvo y está detrás de ese triunfo, sino vivir por ver, del tal palo tal Bolsonaro.

26 noviembre 2018 | 11:57 am