La vida cubana de Máximo Gómez

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maximo_gomezPor Marta Denis Valle

Gran parte de su existencia entregó el dominicano Máximo Gómez a la causa de la independencia de Cuba y en reconocimiento —aunque nunca será suficiente—, se le concedió el mayor mérito: la condición de cubano por nacimiento.

General en Jefe del Ejército Libertador (1895-1898), Gómez peleó en la primera y la última de las guerras por la independencia de Cuba; había nacido en Baní, Santo Domingo, en 1838, y falleció el 17 de junio de 1905, en su domicilio habanero.

Muy joven, en su país de origen —en 1855—, se incorporó como voluntario al ejército y se destacó en acciones militares contra la invasión haitiana; en 1864 alcanzó el grado de comandante de caballería.

Al cesar la anexión a España, en 1865, y ser evacuadas las fuerzas de Madrid con las que había peleado, se trasladó a Cuba donde presentó su baja absoluta de las fuerzas españolas, en 1867, aunque se confirmó oficialmente el 22 de marzo de 1869.

En suelo cubano conoció el régimen esclavista y, según dice en notas autobiográficas (20 de octubre de 1894), “muy pronto me sentí yo adherido al ser que más sufría en Cuba… el negro esclavo… y realmente supe que era capaz de amar a los hombres”.

A pesar de cierta desconfianza por su antecedente al servicio de España, comenzó a conspirar junto a los cubanos “…enamorado de aquel ideal generoso y noble” y “soñaba con Bolívar, San Martín, Robespierre, Garibaldi y toda esa gente loca y guapa, pero soñaba despierto”.

Gómez radicalizó su pensamiento al unirse en 1868 a la causa de la independencia cubana y puso en la mira la defensa de todo el pueblo hermano.

Era trabajador del ingenio Guanarrubí y residía con su familia en el caserío el Dátil, jurisdicción de Bayamo, y allí se levantó en armas con el grado de sargento poco después del alzamiento del 10 de Octubre de ese año.

Los diarios de campaña de Gómez (1868-1899) constituyen fuente segura no solo para el estudio de la historia de Cuba, sino también de la vida, sentimientos y ética de quien es considerado el mejor general anticolonialista de finales del siglo XIX americano.

Las primeras anotaciones del futuro Diario de Campaña abarcan desde enero de 1868 al 27 de febrero de 1878, es decir, del momento en que se une a los conspiradores independentistas hasta los preparativos de su partida hacia Jamaica, tras la firma del Pacto del Zanjón.

Sufrió las penalidades de la contienda —en compañía de sus hijos y la querida esposa Bernarda Toro (Manana)— e igualmente en la emigración, pues siempre se consideró un emigrado cubano, incluso en su tierra natal.

Siguió con Cuba en su corazón y pensamiento, como puede leerse en la época segunda de su Diario.

El 11 de marzo de 1878 llega a Kingston, Jamaica; allí encuentra a su esposa e hijos, emigrados meses antes, “en la más espantosa miseria”, señala. “Mi situación es tristísima, no cuento aquí con ningún amigo y antes por el contrario, la emigración cubana residente me acusa de que yo soy el causante del Convenio del Zanjón…”.

A quien dio todo por su segunda patria le resulta insoportable cargar con una culpa, si la hubo, no suya, y con mucho sacrificio publicó en 1878 el folleto Convenio del Zanjón. Relato de los últimos sucesos en Cuba, en el cual narra las causas que originaron el Pacto del Zanjón.

Otro momento muy triste representó la intervención militar de Estados Unidos en la guerra de independencia, en 1898.

Lo más importante resultaba sacudirse la presencia extraña y, sin ánimo de ocupar el puesto que siempre pensó no le correspondía, expresó el 12 de marzo de 1899, en su Manifiesto al País y al Ejército Libertador:

“En donde quiera que el destino me imponga plantar mi tienda, allí pueden contar los cubanos con un amigo”.

El respeto y cariño hacia su persona nunca disminuyó y en aras de ser justos los constituyentes de 1901 dispusieron en el articulado de la Carta Magna lo necesario para que un cubano de corazón, nacido en Santo Domingo, pudiera ser, incluso, Presidente de la República de Cuba.

Una encuesta de agosto de 1900 encabezaba con su nombre la lista de 20 probables candidatos presidenciales con 2 023 votos, cuatro veces más que los obtenidos por los más cercanos, Tomás Estrada Palma y Bartolomé Masó.

No obstante declinar su participación en la política, Gómez no se mantuvo ajeno a la misma y supo descubrir en Estrada Palma, a quien había respaldado inicialmente, su verdadera naturaleza como dependiente del dominio neocolonial y representante de la oligarquía.

Se opuso públicamente a su reelección y, al igual que en los tiempos de las guerras patrias, el Generalísimo estuvo del lado del pueblo y en defensa de los ideales revolucionarios hasta el último día de su vida.

Nación y Emigración

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