La sustancia del Che o los retornos del mito

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Por Ruber Carvalho*

 “No es este Cristo el Verbo

            que se encarnara en carne vividera;

            este Cristo es la Gana, la real Gana,

                        que se ha enterrado en tierra;

            la pura voluntad que se destruye

                        muriendo en la materia;

            una escurraja de hombre troglodítico

            en la desnuda voluntad que, ciega,

escapando a la vida, se eterniza hecha tierra.”

 

Miguel de Unamuno

La historia, además de los acontecimientos o circunstancias que protagonizaron los hombres que la hicieron y la escribieron, refleja y se subraya a sí misma con personalidades, seres individuales, nacidos de esas mismas circunstancias y que alcanzan un grado tal de universalidad y valor que rebasan las propias fronteras geográficas donde se desarrolló el hecho histórico, y cosa rara, estas personalidades, expresadas en una especie de paladines, muy pocas veces encontraron la cima, solo hicieron el camino. No son conductores providenciales, pero sí circunstanciales que, con sus características peculiares, supieron encontrar la forma de conducir a sus pueblos que los hizo protagonistas de su destino.

En la antigüedad destacan Spartaco, que lideraba la rebelión de los esclavos. Jesucristo, con todo un cúmulo de carga filosófica en su lucha no violenta contra la Roma imperial, con su prédica de amor y paz, pero sobre todo de igualdad entre los hombres de la tierra, la igualdad de su pueblo hebreo con relación a la Roma soberbia y esclavista. Will Durant nos dice que el error del cristianismo fue divinizar a Cristo y convertirlo en iglesia. Al hijo del hombre la iglesia lo hizo hijo de Dios y lo puso en un altar y creó una trinidad dogmática, cuando la esencia del cristianismo es social antes que religiosa y su imagen es mítica antes que mística. Si ambas cosas conviven y perviven a dos mil años del Calvario, sigue siendo por la razón y la fe en la paz, el amor y la justicia. Pasado el tiempo, largo tiempo, nos encontramos con un mito idealizado en una obra maestra de la literatura universal: don Quijote de ]a Mancha,  mientras los siglos XVIII, XIX y XX, son ricos en paradigmas como Robespierre, Marat, Dantón, en la revolución francesa, como Bolívar, San Martín, la Virgen de Guadalupe y los guerrilleros, entre los más sobresalientes de la independencia americana, como después lo fueron Marx, Lenin, Gandhi, Zapata, Sandino, Fidel, Lumumba y el Che, sin desconocer los valiosísimos aportes nacionales en cada región de fa tierra.

Sin embargo, la historia oficial beatifica a los primeros, los arranca del medio popular y los coloca ecuestres en estatuas y estampitas, excepción de la Virgen de Guadalupe que es un caso político único, místico y mítico, cuya imagen banderiza la independencia mexicana por encima de sus propios conductores que la llevan de estandarte y su presencia encarna toda una cultura histórica, cultural y política del mestizaje mexicano continuo y subyacente. Lo mismo sucede con los del siglo XX, contando además las figuras efímeras del mayo francés o de las personalidades ejemplificadoras de Fidel o Mandela , como lo ha sido la de Mao-Tse-Tung o Ho-Chi-Ming, que por tener que dirigir, de manera “oficial” a sus pueblos, van cayendo en la agenda burocrática de los prohombres, agenda que se preocupa más de la justificación de lo presente hacia el futuro, descuidando el pasado (la substancia histórica) que es la levadura fundamental del futuro, finalmente.

Los actores de la primera gran revolución mundial, como lo fue fa francesa, no lograron elevar a la primera magnitud a hombres como Robespierre o Marat, aunque estos constituyen una parte inseparable de la historia de esa epopeya mundial, mientras Napoleón es apenas una caricatura grotesca del final de un sueño popular que quiso abolir el absolutismo monárquico y que termina coronando al despotismo republicano.

Don Quijote y el Che, continúan, sin embargo, tras los molinos de viento, algo así como una especie de antihéroes del cine, etéreos, idealizados al máximo. El primero, en su locura maravillosa, configurado generalmente con la imagen iconográfica de su propio autor, casi siempre mal parado pero jamás rendido en su constante batallar de empresas fantásticas, de sueños realizables en su mente fértil de mundos irrealizables. Don Quijote sigue en la lectura obligada, en la cita lógica de los soñadores idealistas de un mundo siempre por hacer, jamás concluido, jamás perfecto.

18952667_439757516395854_580390556070131491_nEl Che, en cambio, es acción y ejemplo real, vida y ejemplo de carne y hueso, teoría y práctica al unísono. Solo es ideal lo que se puede lograr aunque no se logre, lo que se pueda soñar aunque no se realice, pero que tenga, en ambos casos, la fe y la vocación inquebrantable de servir, de dar lo que uno, humanamente, es capaz de hacer y dar. El Che, es el conductor ascético que fracasó en sus intentos, pero lo hizo, no para demostrarse a sí mismo que podía, sino que simplemente no lo logró, pudiendo haberlo hecho bajo otras condiciones y circunstancias. Eso sucedió en el Congo y en Bolivia.

En Bolivia, durante ocho meses, pone en movimiento a todo un ejército con sus altos y medios mandos en una guerra que, por el número de tropas, la tecnología norteamericana y la logística, podía definirse en un par de semanas. Duró tanto tiempo y mostró claramente la deficiencia militar de sus mandos, al frente de una tropa que en verdad creyó defender la patria -madre-madrastra para los de abajo, dulce madre para los de arriba- y la derrota política de un gobierno militar que no pudo desterrar la pobreza y la miseria del pueblo boliviano y luchó ocho penosos meses contra un puñado de combatientes, casi aislados, casi hambrientos, pero con una voluntad a prueba de todos los sacrificios.

Debray, ese francés versátil y oblicuo que estuvo “vacacionando” al lado del Che en su periplo político al comienzo de la guerrilla en Bolivia, se encargará más tarde de contar otras historias sobre el Che que tampoco logran desdibujar su personalidad. La inmediata asociación de imágenes del Che muerto en Vallegrande con la de Jesucristo crucificado y divinizado en la iconería religiosa, hacen al Che, a nivel popular y sin consigna alguna, inmanente de Cristo. Pensarlo como una especie de “rumbo revolucionarlo” como ironizó Savater, por el hecho, quizá, que la propia sociedad de consumo lo baya explotado, como ha hecho con las grandes figuras de la humanidad, y lo sigue haciendo un producto “for export”-actitud que desde luego, hubiese sido totalmente rechazada por el Che- es la mejor manera de demostrar de qué tipo de hombre, de qué tipo de héroe, de qué tipo de líder, estamos hablando. Por otro lado, atribuirle frases desesperadas o tertulias domésticas o políticas a un Che malherido pero totalmente en uso do sus facultades, no solo es un absurdo, sino una calculada mentira. Del lugar en que cayó herido y prisionero hasta el sitio donde fue ejecutado, el Che contó con dos armas poderosas y estremecedoras: sus ojos y su silencio. Eso lo saben sus enemigos que lo vieron y él los vio, y sobre todo, los escuchó.

En Bolivia, al estallar el hecho militar de la guerrilla, ante la “invasión de mercenarios extranjeros al mando do un argentino-cubano” el gobierno se ve en la necesidad de crear paradigmas militares que contrarresten la extranjeridad de Bolívar y Sucre, libertadores venezolanos de la patria, y se sacan de la manga y del olvido a Andrés Santa Cruz y José Ballivián, que aparecen en retratos colgados en los balcones del palacio de gobierno. El primero quiso reintegrar el Alto Perú al virreinato do Lima para hacer un Gran Perú con un centro político-administrativo que a la larga sería, obviamente, Lima; y el segundo, a decir do Gabriel René Moreno, fue el primer militar golpista en el país. Bolívar y Sucre siguen incólumes encabezando la historia nacional y los otros continúan en un segundo plano.

Y aquí es importante hacer notar un paralelo en la formación de Bolívar y el Che: ninguno de los dos fue militar, se hicieron soldados y comandantes en la guerra y ganaron sus grados en los campos do batalla. ¿Fueron invasores Bolívar y sus generales colombo-venezolanos y el batallón inglés que le envió Gran Bretaña como refuerzo para su lucha contra el imperio español? ¿Fue invasor el Che y su pequeña tropa cubano-boliviana? Al no conseguir el propósito, los sectores militaristas no admiten la comparación de los libertadores con el Che Guevara. Los primeros, según ellos, fueron patriotas, los segundos mercenarios del comunismo internacional. Sin embargo, el Che es paradigma en los cinco continentes de la tierra y es figura emblemática de una generación que ni siquiera había nacido.

Solo lo perfecto es imperfecto porque no tiene opción de enmienda. Pretender hacer del Che, el hombre puro, el hombre sin defectos, es hacerle un flaco favor a su memoria. El hombre es la medida do sus aciertos y errores, de sus afectos y desafectos, de sus cualidades y complejos, de sus íntimas satisfacciones y grandes o pequeñas vanidades, como do sus exteriorizados desvaríos o comportamientos. Todo eso y mucho más, o un tanto menos, fue el Comandante Ernesto Guevara, llamado el Che. No fue un Dios, sino apenas un hombre que quiso dar lo que pudo dar y creyó que él pudo contribuir a forjar un hombre nuevo para un mundo mejor en el mañana. Producto de su medio y de la historia, el Che pulsó las injusticias a través de su visión de América en su periplo pre-revolucionario. Vio y convivió la explotación de sus pueblos, sintió su hambre, su pobreza, su injusticia. De ahí su obsesiva vocación incorruptible del sentido extremo de lo justo.

Pudo el Che tener mil defectos. No tuvo tantos pero sí los necesarios para hacerlo un hombre antes que un santo. Sus equívocos son obvios en sus dos grandes empresas, como sus grandes aciertos como combatiente en la Revolución cubana. Ese era el Che, coherente y porfiado en su camino de revolucionario que jamás rindió el destino.

Hoy resulta ocioso y tendencioso, ponernos a hablar de teorías, tácticas y estrategias de combate. Sus detractores ya lo han hecho y lo siguen haciendo con creces, buscando, cada quién, encontrar al hombre vencido para poder asesinarlo nuevamente. Craso error, ni siquiera el 8 de octubre de 1967 pudieron hacerlo. No se les hizo humo, pero ya era mito y los mató a todos, relegándolos a sentarse de por vida en el banquillo de los acusados. Ni el Che subestimó al ejército boliviano, ni a la visión campesina de patria o revolución, ni a la solidaridad del pueblo boliviano. Todo fue cuestión de tiempo y espacio, pero eso también ingresa al terreno de las especulaciones y este no es el caso.

18698373_433158217055784_1012609702461706413_nUna niña boliviana con su boina negra y estrella roja, con un  pequeño manojo de flores llegó a la puerta del Hospital Japonés de Santa Cruz para dejar su modesta ofrenda al Che, minutos antes de su partida y ella prometía ser médica como el Che cuando sea grande para salvar vidas humanas. No dijo que iba a ser una guerrillera, no dijo que iba a empuñar el fúsil para sacar a los opresores de este pobre pueblo nuestro. Ella nos dio una lección política, ella nos trajo un mensaje dialéctico. El Che había sobrepasado la barrera de las ideologías. El Che no era más un estandarte rojo y negro con su rostro, como tampoco era, ni lo fue nunca, el rambo exterminador de los estudios cinematográficos de Hollywood, sino una bandera multicolor que alzan todos los niños y jóvenes de la tierra que quieren un mundo mejor, en paz, con justicia, con vida, con alegrías, con ideologías remozadas. Ese es el mundo que la Juventud universal ha captado de la visión del Che, “de su querida presencia”. “El hombre es de donde muere”, decía el Che y por eso, ahora y siempre, será Ernesto de Vallegrande, de la Higuera, de Ñacahuazú o de donde quiera el pueblo lo necesite.

“La muerte del Che dio significado a su vida, y su vida al mito”, escribe Jorge Castañeda en su biografía del Che: “La vida en rojo”, como dando a la forma del trágico desenlace “su” razón, en una especie de solución por el desastre para asegurar su entrada en la historia, para convertirse en mito. De seguir tal razonamiento, la vida y el ejemplo del Che se condensarían en una vocación egoísta, suicida, de ego sobredimensionado que pudo darse en el Congo, siendo más joven y con ya suficiente historia personal de héroe revolucionario. Sería como llegar a la conclusión que el Che era su asma y sus fracasos. El Che pudo haberse “desaparecido” en la selva africana o boliviana, como pudo haber muerto a causa de su asma en plena caminata o de un infarto. ¿Acaso su ejemplo de vida, su conducta de luchador, su ideal revolucionarlo, no hubiese sido lo mismo? ¿El mito no se hubiese producido igual? Son especulaciones, sin duda, para un debate y tampoco serían las últimas palabras sobre el tema.

A nosotros, “la generación perdida”, pero la misma que nos ha tocado sopesar el dilema, la que nos ha tocado sobrevivir la caída de los muros, la generación que está ante la memoria de la historia mal o bien escrita, ante un nuevo escenario abierto para debatir y corregir, para arreglar y reafirmar, nos toca abrir el telón y preparar la escena, poner las primeras luces, de la nueva obra que nos trajo la niña de boina y ramito de flores el día que partían a Cuba los restos de este otro Comandante americano que, como los de la independencia, fueron regando sudor y sangre por las montañas y los llanos de América.  El Che nos legó su figura de Quijote jesucristiano y ahora deambula por todos los caminos de la tierra, por los pequeños caseríos y las grandes alamedas. ¿Quién podría cambiarla, desdibujarla? ¿Quién podrá suplantarla? ¿Quién podría darle otra ideología que no fuera la de la lucha por los pobres, por los sin pan, por lo que nada tienen que perder en este mundo unipolar e injusto? La lucha del Che no fue la del guerrero solitario en busca de la muerte heroica, fue la del hombre solidario con el mundo en busca de la esperanza para los otros.

 

Fuente: Tomado de Memorias.  Encuentro Mundial Ernesto Che Guevara. Vallegrande, Bolivia. 5-11 de octubre de 1997. Fundación Che Guevara, La Paz, s.f.

*Literato y periodista boliviano

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1 Comentario

Africano dijo:

En primer lugar encomiar la calidad y objetividad de lo aquí escrito por usted, ninguno, nadie somos dios, somos sencillamente hombres con virtudes y defectos, que en el caso del che nos supera a la mayoría por tener esa capacidad poco rara en los seres humanos de arriesgar su pellejo para defender lo que cree verdadero y justo, cualquiera que allá tenido una experiencia más o menos parecida a lo vivido por el che y sus compañeros en Bolivia, que no creo que allá ávido algo exactamente igual se conmueve profundamente cuando lee esos 8 meses de diario en la guerrilla Boliviana, eso fue durísimo, desgarrador, inhóspito, totalmente asimétrico, sin perspectiva por la falta de apoyo desde los primeros momentos, sin comunicación ni entre ellos ni para fuera y para colmo con sujetos como Debray que yo no sé qué realmente fue hacer allí, y con todas esas cosas en contra resistió durante ocho largos meses con casi 40 años la dirección de una guerrilla nómada sin una base social ni medianament

5 julio 2017 | 01:16 pm