La mirada de Fidel

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Por Liudmila Peña Herrera

El papel rasga las tretas del olvido y la memoria. Delinea el tiempo en que los propios recuerdos se diluyen entre juegos infantiles y cariños maternos. Era el año 1929, tres desde que estalló en llanto, en aquella madrugada del 13 de agosto en tierras de Birán, preludio de un giro aún insospechado para la tierra que soportaba la cruz de la miseria y la desdicha.

Fidel Alejandro mira a la cámara como si traspasara la lente y pudiera ver más allá del aparato. Sostiene el libro y piensa en algo prohibido para quienes intentan descubrirlo luego de más de ocho décadas.

la-mirada-de-fidelEs una fotografía común para su tiempo: niño pudiente con chaqueta y pantalón corto, limpio y correcto como lo mandan las buenas costumbres. Pero ya al pequeño de mirada hacedora de caminos se le nota la impaciencia. Cruza los dedos mientras permanece tranquilo, cumpliendo con el ritual de la foto. Después, en cuanto pueda, se lanzará en favor de los haitianitos del batey y de todo ser humano que precise brazo y mente fuertes para alcanzar la soberanía de alma y cuerpo.

Nada apagará esa forma de mirar que enamoró a las muchachas o convenció a amigos y compañeros para hacer de la injusticia un saco de polvo y lanzarlo al mar. Nada. Ni el odio de quienes pusieron los billetes en el bolsillo y apuntaron las armas homicidas al hombre que hizo de la palabra Revolución su fe de vida. Ni los peligros de la guerra, ni las dificultades de una Isla socialista en medio del mar, ni las tristezas propias de todo ser humano…

Porque la mirada de Fidel no es un simple abrir los ojos y enfocar al mundo en cada golpe de pestañas. Es, más que mirar, pensar, aun con los ojos cerrados, en cómo hacer de la Tierra un mundo de luz donde hasta el más pequeño de los seres humanos, el más solitario, moribundo o vivo, reciba la armonía y la paz que se precisan para ser feliz.

Tomado de Ahora.cu

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