La Doctrina Monroe: columna vertebral del imperialismo norteamericano (Parte II y Final)

Lea más de: , , , , , ,

Por Miguel Angel García Alzugaray

imperialismo

Desde finales del siglo XVIII fueron expresadas las intenciones del poderoso vecino norteamericano acerca de la isla de Cuba en voz de sus principales figuras políticas.

Así, desde 1805, Jefferson expresó sus intenciones de adueñarse de Cuba por razones estratégicas. En 1823, el Secretario de Estado de EE.UU., John Quincy Adams, enuncia su teoría de «la fruta madura»: “(…) Cuba, separada de España, caerá necesariamente en el regazo de EE.UU…”.

En diciembre del mismo año se enuncia la Doctrina Monroe, atribuida al Presidente James Monroe, «América para los americanos»: EE.UU. prefiere que la Isla siga siendo colonia de España antes de que caiga en manos de los ingleses o conquiste su independencia.

Como hemos visto, la Doctrina Monroe pretendía dejar claro a los competidores europeos que América era para los “americanos”, al manifestar su oposición a que el continente fuese objeto de futura colonización por las potencias del otro lado del Atlántico.

Desde ese entonces, con respecto a Cuba, la actitud norteamericana se concretó a esperar el momento oportuno para apoderarse de la isla: la “política de la fruta madura”.

Al calor de estas posiciones, floreció en Cuba la llamada tendencia anexionista, un movimiento político que se inició en Cuba en el primer cuarto del siglo XIX y que abogaba por la anexión de Cuba a Estados Unidos.

En los primeros años de ese siglo fueron adquiriendo perfiles propios, las tres corrientes que habrían de caracterizar las luchas políticas de toda esa centuria en Cuba: el reformismo, el anexionismo y el independentismo. Al analizar el panorama histórico se observa que desde esa época, nuestro ambicioso vecino del norte, convertido ya en la metrópoli económica de Cuba, en sus intentos de lograr sus propósitos de anexión buscó siempre el apoyo de elementos serviles y quintacolumnistas en el interior del país.

El anexionismo da sus primeros pasos alentado por los pronunciamientos y gestiones de varios presidentes norteamericanos. Los anexionistas cubanos pensaban que el poderío de Estados Unidos era suficiente para proteger al régimen esclavista contra las pretensiones de Inglaterra, cosa que no podían esperar de España. Esta era la base fundamental del Anexionismo en los años 40.

Sin embargo, había anexionistas de otro tipo: los que ingenuamente veían al norte industrial de Estados Unidos en desarrollo, con un régimen de libertades democráticas, y pensaban que la anexión uniría la Isla al carro de la democracia política y el progreso económico-social. Hay que subrayar que desde sus inicios la doctrina Monroe y la corriente anexionista fueron combatidas resueltamente por las fuerzas más progresistas de nuestra nacionalidad.

El padre Félix Varela, catedrático de filosofía del Seminario San Carlos de La Habana, del que se dijo “que había revolucionado el pensamiento cubano”, “que era nuestro verdadero civilizador y quien nos enseñó primero a pensar”; fue uno los pensadores que más sobresalió en la primera etapa de las luchas independentistas, desempeñando un papel de primer orden en la gestación de la nacionalidad cubana, opuesto siempre a la corriente anexionista. Varela en uno de sus más contundentes documentos apostilló: “Desearía ver a Cuba tan isla en lo político como lo es en la naturaleza”.

José Antonio Saco, que fue la figura política de mayor alcance teórico y conceptual del movimiento liberal reformista de los años 30 del siglo XIX, combatió el anexionismo desde el exilio y escribió: “la anexión, en último resultado no sería anexión, sino absorción de Cuba por los Estados Unidos”. No es de extrañar que Saco, catalogado como el más brillante opositor al movimiento anexionista de ese entonces afirmara: “nunca inclinaré mi frente ante las rutilantes estrellas del pabellón americano” y pidiera que en su tumba se colocara este epitafio “Aquí yace José Antonio Saco, que no fue anexionista, porque fue más cubano que todos los anexionistas”.

Por su parte Carlos Manuel de Céspedes, en carta a Charles Sumner, en 1871, lo dejó claro al expresar: “A la imparcial historia tocará juzgar si el gobierno de esa República ha estado a la altura de su pueblo y de la misión que representa en América; no ya permaneciendo simple espectador indiferente (…) sino prestando apoyo indirecto moral y material al opresor contra el oprimido, al fuerte contra el débil, a la Monarquía contra la República, a la Metrópoli europea contra la Colonia Americana, al esclavista recalcitrante contra el libertador de cientos de miles de esclavos”.

Y qué decir de Martí, el pensador más profundo y radical de Cuba y la América Latina de su tiempo. El hombre que murió en combate por el bien mayor del hombre, sin poder evitar que los Estados Unidos cayesen “con esa fuerza más sobre nuestras tierras de América”.

Cuando en 1889 se celebraba la primera conferencia panamericana en Washington, José Martí se refirió a esta doctrina preguntando:

¿A qué invocar, para extender el dominio en América, la doctrina que nació tanto de Monroe como de Canning, para impedir en América el dominio extranjero, para asegurar a la libertad un continente? ¿O se ha de invocar el dogma contra un extranjero para traer a otro? ¿O se quita la extranjería, que está en el carácter distinto, en los distintos intereses, en los propósitos distintos, por vestirse de libertad, y privar de ella con los hechos, –o porque viene con el extranjero el veneno de los empréstitos, de los canales, de los ferrocarriles? ¿O se ha de pujar la doctrina con toda su fuerza sobre los pueblos débiles de América, el que tiene al Canadá por el Norte, y a las Guayanas y a Belice por el Sur, y mandó mantener, y mantuvo a España y le permitió volver, a sus propias puertas, al pueblo americano de donde había salido?

¿A qué fingir miedos de España (…)?.

Como puede observarse, Martí comprendió el fondo de la Doctrina Monroe, aquella que se dio a conocer en un momento en que para Estados Unidos era necesario definir su posición imperialista en el continente con vistas al futuro que avizoraban sus líderes. En ello estuvo también el interés por Cuba de manera temprana.

El Titán Antonio Maceo fue muy diáfano cuando en carta al coronel Federico Pérez Carbó, fechada el 14 de julio de 1896, afirmó: “De España jamás esperé nada: siempre nos ha despreciado y sería indigno que se pensase en otra cosa. (…) Tampoco espero nada de los americanos, todo debemos fiarlo a nuestros esfuerzos; mejor es subir o caer, sin su ayuda, que contraer deudas de gratitud con el vecino tan poderoso”.

En tanto, el Generalísimo Máximo Gómez calibró también a los americanos al decir que estaban cobrando demasiado caro con la ocupación militar del país, su espontánea intervención en la guerra: “Nadie se explica la ocupación…”, escribió el Generalísimo

Durante la guerra de independencia del 95, la invasión y la tea incendiaria unificaron al país y parecieron eliminar para siempre, junto a la riqueza que lo sustentaba, el proyecto anexionista. Sin embargo, la intervención norteamericana modificó la situación mucho más allá de las prerrogativas tutoriales impuestas por la Enmienda Platt.

Con arrogancia, el imperio se valió del experimento cubano para sentar las bases del modelo neocolonial que se estrenaba en la isla.

En el archipiélago filipino, la ocupación norteamericana sin portapisas desencadenó una sangrienta, prolongada y costosa lucha de resistencia. Por esa razón y atendiendo a la necesidad de conformar una imagen respetable en relación con los países de la América Latina, se diseñó para Cuba una política de dominio más sutil y eficaz.

El poder real se ejerció mediante la presencia de grandes recursos económicos tras la máscara de las instituciones republicanas. Los productos de exportación, tabaco y azúcar, sujetos a las demandas del mercado norteamericano, sostenían la economía del país. La industria azucarera se subordinaba a las exigencias de las refinerías establecidas en Estados Unidos.

El Tratado de Reciprocidad Comercial –antecedente del ALCA- arrojaba el destino del país a los requerimientos del vecino del norte. Implicaba la aplicación de la ley del embudo y abortaba, con sus regulaciones arancelarias, el posible desarrollo de una industria nacional. Las circunstancias favorecieron la implantación de una burguesía dependiente. El desempleo crónico impuso la hipertrofia de la burocracia gubernamental, fuente de la temprana aparición del clientelismo político. Esa deformación estructural resultaría difícil de superar.

La penetración del capital norteamericano en Cuba contó con el respaldo de la Enmienda Platt y su tutelaje político a través de una soberanía mutilada. Las presiones, expresas en la amenaza de permanencia indefinida de las tropas extranjeras, dieron lugar a la resistencia inicial de los constituyentes cubanos, quienes cedieron poco a poco, resignados a aceptar un mal menor. De ese modo, comenzó a extenderse un pensamiento plattista hasta asumir como inevitables las consecuencias del llamado fatalismo geográfico. Tomó cuerpo una mentalidad integrada por un conjunto de componentes.

Las decisiones gubernamentales se sometían a la opinión del Embajador de los Estados Unidos. A partir de esas prácticas, las reivindicaciones políticas soberanas se autolimitaron.

El diseño institucional del Estado fue un trasplante del norteamericano, así como la alternancia en el poder de los dos partidos fundamentales. Los herederos de la clase dominante cursaron los estudios universitarios en Estados Unidos, constituidos en modelo único de modernidad y eficiencia. Aparecieron las primeras escuelas culturalmente bilingües.

Las costumbres de la burguesía se modificaron. Los clubes se colocaron por encima de las tradicionales sociedades españolas. Términos en inglés se esparcieron por el habla de los cubanos. En la sociedad se produjo un franco retroceso en el terreno ganado por las guerras de independencia respecto al racismo y las distintas formas de exclusión.

La disolución del ejército mambí marginó a los negros y mulatos que alcanzaron grados militares en el combate. El color de la piel se constituyó en frontera para el acceso a los trabajos mejor remunerados. Condenados a la pobreza, sus hijos no se beneficiaron del crecimiento de la instrucción pública. Santa Claus ocupó el lugar de los Reyes Magos.

Lentamente, se reconfiguraron las clases sociales. El proletariado y las capas medias se fortalecieron. En los veinte del pasado siglo, la “década crítica” anunció la fractura de la historia republicana favorecida por la lucha contra Machado. Ya innecesaria, la Enmienda Platt pudo abrogarse. El poder económico hacía lo necesario. La mentalidad Plattista había dejado huellas.

La impúdica presencia de las cañoneras fue sustituida por la acción de la diplomacia. El embajador Caffery tomó el relevo de Welles para la instauración del coronel Batista como decisivo “hombre fuerte” en el escenario político. Los trajines de otro embajador, Earl Smith, intentaron impedir el triunfo de la Revolución cubana.

¡No se sabe a donde hubiese llegado el país si la revolución no hubiese triunfado el 1 de enero de 1959!.

Ideologizado en otros términos, el anexionismo se mantiene hoy. Una forma de plattismo planetario reconoce al imperio la facultad de dictaminar acerca del deber ser de las naciones, prescindiendo de toda consideración histórica o cultural.

En su texto íntegro, la ley Helms-Burton formula con toda claridad el diseño de una Cuba posrevolucionaria. Tal y como ocurrió bajo la ocupación norteamericana al término de la guerra de independencia, un interventor restaurará las instituciones periclitadas y establecerá los fundamentos jurídicos de la nación mutilada.

Es el modelo aplicado en Iraq y las consecuencias son bien conocidas.

Mientras tanto se trata de ablandar toda posible resistencia de nuestro pueblo recurriendo a una intensificación de la subversión ideológica, para lo cual se crean mecanismos como la fuerza de tarea en Internet, se refuerzan las medidas del genocida bloqueo económico contra Cuba, y se adoptan todo tipo de restricciones diplomáticas para perjudicar el normal flujo migratorio entre ambos países tratando de fomentar el malestar en nuestra ciudadanía.

Al calor de esta ofensiva imperialista, si prestamos atención al accionar actual en algunos medios de comunicación extranjeros, de los llamados “disidentes” cubanos, pareciera que el anexionismo estaría reverdeciendo laureles.

Sin embargo, hay algo que está bien claro para nuestro pueblo, los anexionistas de ahora, que se presentan como “opositores” o “disidentes”, “defensores de la democracia”, al igual que los de ayer, no son más que miserables marionetas creadas, financiadas y abastecidas por sus amos imperiales, y como tales, están condenados al basurero de la historia.

Texto relacionado:

La Doctrina Monroe: Columna vertebral del imperialismo norteamericano (Parte I)

 

Hacer un comentario

Este sitio se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, que estén fuera de contexto o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social. Recomendamos brevedad en sus planteamientos. Todos los campos son obligatorios.

2 Comentarios

@Centenonirgua dijo:

Hoy vemos el resurgir con más fuerza la doctrina monroe, la misma que combatió Bolívar. …destinado a plagar de hambre en nombre de la libertad”

6 abril 2018 | 04:13 am
Ángel Gutiérrez dijo:

Excelente artículo, por su claridad expresiva y el contenido de sus conceptos, pero sobre todo por traer a la actualidad la Doctrina Imperialista gringa de los todos los tiempos (la Monroe), que hoy más que nunca es necesario revisar otra vez con mucho cuidado; porque pretenden imponernosla de nuevo en toda América Latina, Y ahora no sólo los gringos desde afuera sino también los cipayos de siempre desde adentro, vale decir, las nueva oligarquías vendepatria vasalla de nuestras distintas naciones; cuyas nacionalidades hermosas y sus valientes historias particulares les queda grande. Me refiero en estos casos a la burguesía argentina, la brasileña, la peruana, la mexicana, la chilena,la colombiana y muy especialmente, a la venezolana, una verdadera vergüenza para la patria de Bolívar y Chávez. Pero hoy más que nunca les digo, como dice un corrido llanero de nuestros campos y llanuras, con la Doctrina Monroe y todo, no volverán.

6 abril 2018 | 11:08 am