La conquista de los derechos (II)

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Por Darío Alejandro Alemán

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La cuestión del divorcio ha causado más de un revuelo. Algunos, como el de Enrique VIII y la Iglesia Católica, provocaron grandes cambios en la historia. Otros, como el de Catalina Lasa y Juan de Pedro y Baro, resultan grandes historias en sí mismas.
En Cuba era impensable la disolución del matrimonio en los tiempos coloniales. Reinaban por entonces el Código Civil español y, por lo general, las normas establecidas por el Derecho Canónico. Este último estipulaba que solo era posible suspender la “vida común” de los esposos -es decir, la separación de los cuerpos-, si se demostraban ciertas causales ya previstas en sus artículos.
La religión dominaba cada esfera de la vida social y personal, por lo que el matrimonio resultaba un vínculo imborrable al haber sido dado por Dios.  Así fue, al menos hasta que Lasa y de Pedro y Baro se vieron por primera vez.
La historia del divorcio en Cuba parece contradecir toda lógica pues, sabiendo todos que la separación matrimonial presupone el fin de un amor, en esta isla fue un gran amor lo que provocó la legalización del divorcio.
Resulta que Catalina, una bella y acaudalada matancera, se había casado con Luis Estévez y Abreu, hijo de la mismísima benefactora villaclareña. Conocer a Juan cambió la vida de la joven, quien en vano le pidió a su esposo la separación. Catalina se fue a vivir con su amante; sin embargo, ambos se sentían decepcionados de que en la Isla no se permitiera el divorcio.
Juntos se embarcaron a Roma y, delante del Papa, pidieron la anulación de sus respectivos matrimonios. El Sumo Pontífice accedió a anular el divino vínculo y en 1917, ya en Cuba, la feliz pareja presionó en las más altas esferas políticas para conseguir una unión legal.
Al año siguiente,  Mario García Menocal propugnó el derecho al divorcio y, se dice, que Catalina y Juan fueron quienes estrenaron la nueva ley. La historia de los amantes cubanos ha tomado ciertos aires de leyenda y sus huellas siguen dando de qué hablar: una rosa “personalizada”, una exótica mansión, un mausoleo tan triste como
imponente… Pero todo eso merecería un artículo propio.
La ley del divorcio de julio de 1918, heredera de los causales del Derecho Canónico, fue ampliada en los venideros años. En 1944 se adoptaron normas que atribuían equidad al matrimonio y al divorcio, aunque solo de manera formal, pues en la práctica  este tipo de separación era muy mal vista por la sociedad. La mujer solía quedar desamparada económicamente y, casi siempre, con la responsabilidad de criar a la prole.
Fue en 1975, durante el proceso de institucionalización de la Revolución, que la Ley 1.289 del Código de Familia reconoció la voluntad de ambos cónyuges o de uno de ellos de disolver el matrimonio. También se estructuró un sistema legal, hijo de las transformaciones sociales, que impedía el desabrigo de las mujeres frente a la disolución matrimonial.
Más apresurado que riguroso ha sido este pequeño recorrido por los    derechos y las historias que guardan; sin embargo, queda mucho por     decir. La esfera pública cubana emprende hoy el desafío más formidable de los últimos 30 años, la reforma de la Constitución, y con ello, la discusión de enrevesadas y novedosas temáticas.

ACN

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3 Comentarios

wicho dijo:

Por eso no me gusto nunca la idea del matrimonio eso es un modo de control sobre las personas y sus bienes, quien dijo que para quererse hay que casarse, cuanta personas han sido discriminadas por el simple hecho de que sus padres no estan casados, ej Leonardo da Vinci no pudo estudiar lo que queria, por suerte para el mundo, por ser él un hijo bastardo

4 noviembre 2018 | 07:45 am
meril dijo:

En Cuba, el matrimonio es un relajo.Cualquiera se casa y se divorcia así como así. Muchos padres no se hacen cargo de los hijos; cuando se separan de la mujer, también es como si se divorciaran de ellos. No les pasan una pensión, no se ocupan ni se preocupan más ni de la ex-mujer ni de los hijos. Hombres y mujeres se casan por conveniencia, para poder salir del país. En los 90’s muchas “parejas” que no lo eran en realidad se casaron también por conveniencia para poder adquirir el módulo que daban a los recien casados (ajuar, cerveza, hotel, etc) y luego cada uno viviendo en casas separadas, se divorciaban a los 2 o 3 meses -toda una desfachatez- Y yo me pregunto ¿Por qué será que en muchos países las personas no quieren casarse? Y es simple, porque el matrimonio en esos lugares sí tiene sus requisitos y sus leyes, no importa importa el tipo de matrimonio que sea (homo o hetero), pero eso sí: Si te casas, asumes con tu pareja un rol que debes cumplir. ¿Por qué no hacerlo aquí en Cuba?

5 noviembre 2018 | 11:42 am
Rolando dijo:

Gran historia digna de tomarse para hacer una serie de ficción para la TV o un filme. Este artículo ha despertado mi curiosidad para indagar más sobre el tema y buscar el libro que cuenta la historia de Catalina. Gracias

5 noviembre 2018 | 12:16 pm