90Razones: La Caravana que salvó el futuro

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Por Daily Sánchez Lemus

La Habana, 8 de enero de 1959. Antonio era apenas un adolescente cuando la caravana de los barbudos le cambió la vida. Y no solo por haber visto al Gigante de verde olivo que toda Cuba aclamaba. No solo porque ese Gigante le haya mirado y él también le haya puesto la vista fija. No solo porque su mamá lo abrazase y en medio del llanto le dijese que estaban salvados. Miró los periódicos que tenía en su mano, los apretó fuerte y los soltó. Abrazó a su mamá y quiso creer en lo que ella decía porque la mirada de aquel hombre que entraba a la capital tenía luces que recorrían kilómetros y tiempo.

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La multitud eufórica no se fijó en los diarios en el suelo. Le pasaba por encima al bulto y hasta él mismo olvidó que aquellos eran su dinero del día. No le importó. Es que acaso la vida sí cambiaría y nunca él, ni ningún otro niño, habría de vender periódicos en la calle.

La Habana, 1 de junio de 2016. La relación de Fidel con los niños siempre ha sido linda. Se le ve como a un papá, pero también como al compañerito de la mesa de al lado, porque ellos le tutean, le dicen lo que sienten y le cuentan las historias más increíbles. Le ponen su pañoleta ─como pionero mayor ─ y hacen de él centro de atenciones y risas sin pensar quizás que él quiere ser parte de ellos; que quiere tener ahora mismo toda la aventura y la ventura que de niño soñaba en Birán, cuando corría con libertad por el campo, escalaba montes, o como cuando en el Moncada compartía el sueño de Abel y de muchos de convertir los cuarteles en escuelas. Quizás por eso ver el Moncada, hoy Ciudad Escolar “26 de Julio”, lleno de personitas y pañoletas conmueve sobremanera y solo hace pensar en las almas que allí hicieron el primer intento. Fidel padre, abuelo, maestro, guerrillero, un personaje ya de leyenda que sobrevivió al tiempo a las pérfidas intenciones de sus adversarios. Padrino de muchos “vejigos” en la Sierra que los tenían a él y a Celia como sus protectores; padrino y papá de los que luego trajeron a La Habana para que tuvieran más oportunidades de estudiar; pendiente hasta de los uniformes escolares entusiasmado con la mirada activa de Celia que le llevaba para que viese cuán hermosos iban a ser nuestros niños, vestidos con el amor de la Revolución. Fidel al tanto de la salud para que todos nacieran, y nacieran bien; y que Cuba estuviera llena de pequeños sanos, que fueran felices las familias y ninguna padeciera por falta de atención. Fidel conmovido ante el logro de la ciencia que salva vidas infantiles, o con los ojos rojos cuando que no dejaban que llegara a Cuba una medicina por las leyes que nos hostigan desde el Norte hace más de 50 años. Fidel soñando Palacio de Pioneros, Congresos, visitando Círculos Infantiles. Dándoles a los niños los derechos que tienen a crecer en un país sano y feliz, justo y con oportunidades para todos.

Precisamente en el Primer Congreso Pioneril, en 1991, y ante los problemas que comenzaba a afrontar Cuba, él comentó a los presentes en el primer encuentro de pioneros: “No tendremos escuelas de millonarios, pero tenemos muchas escuelas que ya desearían tener los hijos de los millonarios en otros países: nuestras escuelas especiales para alumnos con determinadas limitaciones, aunque, por desgracia, no está terminado todavía el programa a partir de las dificultades económicas que hemos tenido en los últimos años; nuestras escuelas vocacionales de ciencias exactas, nuestras escuelas tecnológicas de las más diversas especialidades, nuestras escuelas deportivas, nuestras escuelas culturales, nuestras escuelas secundarias urbanas y en el campo, nuestros preuniversitarios en el campo y en la ciudad, nuestras decenas de facultades universitarias; nuestros Joven Club, que están ya, prácticamente, en todos los municipios del país, donde aprenden computación los niños de la primaria y los graduados universitarios que no pudieron hacerlo cuando estaban en la universidad”.

Cuántos sueños para los niños y los jóvenes en esas palabras, que resumen una buena parte de todo lo que ha hecho la Revolución por los más pequeños y su juventud. Muchos de esos sueños ya concretados por completo, otros más perfeccionados con la tecnología que vive en este siglo, y otros aún pendientes o ajustados al tiempo que vivimos con la dialéctica visión del revolucionario que sabe actuar en cada instante de la Historia. Lo cierto es que Fidel sigue, en su año noventa, pensando y fundando, y los niños ocupan un lugar privilegiado.

Él vio a muchos padecer, y se propuso salvarles. Lo logró. En todo el mundo se reconoce hoy el trabajo de Cuba en materia de derechos de los infantes, y no solo en educación y salud, sino también en espacios para crecer libres, cultos y felices; en formar parte de una sociedad que los ama y los ennoblece porque es consciente de que son la esperanza. La preocupación constante por que crezcan en el valor, lo útil y con la fuerza del amor. Todo ello es obra de la Revolución que encabezó Fidel y que se coronó en 1959.

Por eso, junto a tantas imágenes inolvidables de la Caravana, aquella visión del niño que en San Miguel del Padrón vendía periódicos y se le quedó mirando fijo, también le ha acompañado. Le acompañó para tener la convicción de que en Cuba aquello no se repetiría nunca más. Por eso, llega hoy el beso gigante de todos los niños a su Gigante que con 90 años también se escapa a ratos para tenerles cerca y besarlos. Es como si con ellos renovara fuerzas, reviviera sueños y regresara a casa con la alegría de que Abel ─ y muchos amigos más ─ contempla orgulloso la obra.

La Habana, cualquier día de este tiempo o del futuro. ¿Acaso le habrá contado alguna vez ─de las tantas que lo tuvo cerca─ ese momento en el que supo que podría ser alguien en la vida y que no vendería más diarios en la calle? ¿Sabría Fidel que si él lo retrataba con las cámaras ─que viejas y nuevas dejaban para el tiempo imágenes únicas ─, era gracias a él? ¿Sabría que ese Premio que recibió con el nombre del Apóstol no era otra cosa que haber vuelto físico el sentimiento que tenía y creció con la Revolución? ¿Sabrá Fidel cuánto Antonio sigue mirando fijo la foto de la oficina cada vez que pasa y me repite en ráfaga: “Ese día…. ño, mamita…ese día…mira, me erizo…” y deja de hablar porque se le disuelven las palabras en los ojos? ¿Sabrá Fidel que un niño cubano que creció gracias a la obra suya y de sus compañeros, ahora es un emblemático colega de la prensa que recibió un premio por la obra de toda la vida, y que era precisamente aquel que lo miró en San Miguel? Debería saberlo. Y debería saber, además, que ese premio es suyo porque aquel niño ─Antonio Gómez, el Loquillo ─ ha dedicado la obra de toda su vida a él, desde que cruzaron miradas de certeza y esperanza en la caravana de la victoria.

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