La caída de José Martí y su tarea inconclusa

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Por Jorge Wejebe Cobo

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Era la mañana del 19 de mayo de 1895  y el coronel español José Ximénez de Sandoval al frente de una tropa  de más  de 600 soldados tomó prisionero a un campesino colaborador del ejercito independentista cerca de Dos Ríos, en la actual provincia de Granma, el cual acobardado confesó que en la región se encontraba Máximo Gómez y José Martí, ante lo cual el oficial  decidió ir tras los jefes insurrectos.
Poco menos de un mes antes,  Martí y Gómez realizaron la proeza de burlar el espionaje español que los persiguía de cerca  desde Santo Domingo y Bahamas y junto a otros patriotas, abordaron un bote que les facilitó el capitán de un mercante alemán quien accedió a llevarlos cerca de las costas de la Isla y así a punto de zozobrar llegaron a  Playitas de Cajobabo, en la costa sur de Guantánamo,  en la noche del 11 de abril de 1895.
El exiguo grupo avanzó hacia el centro de la insurrección al oeste de la región oriental  con el  propósito de organizar la lucha, avivada también con la presencia en la manigua del Titán de Bronce Antonio Maceo y otros importantes jefes  que poco antes desembarcaron por Duaba  en la misma región de Guantánamo.
Los tres máximos líderes  se encontraron el cinco de mayo en la finca La Mejorana  y se pusieron de manifiesto  diferencias esencialmente entre el Apóstol y Maceo sobre la forma de conducir la guerra, el primero opta por un gobierno civil, con el ejército sin ataduras que lo limiten, y el segundo prefiere que el mando total recaiga en un grupo de  altos jefes militares.
No obstante, prevaleció el amor a la Patria y se acordó realizar una asamblea soberana en una fecha futura para conformar la dirección definitiva de la guerra y de la  república, de acuerdo con las tesis martianas.
Desde la llegada a la Isla, José Martí sintió un gozo inmenso y asombró a sus compañeros -la mayoría combatientes veteranos-, por la fuerza de voluntad que demostró en las largas caminatas por abruptos senderos subiendo y bajando montañas,  cargando su fusil y enseres personales  a pesar de no poseer una gran  complexión física.
Pleno de entusiasmo, sus motivaciones se revelaron en una carta que escribió  en campaña a compañeros de la emigración  donde les explicó: “Hasta hoy no me he sentido hombre. He vivido avergonzado, y arrastrando la cadena de mi patria, toda mi vida. La divina claridad del alma aligera mi cuerpo. Este reposo y bienestar explican la constancia y el júbilo con que los hombres se ofrecen al sacrificio.”
El valor de Martí  trascendía ya entre sus compañeros de armas, y fue el Generalísimo Máximo Gómez quizás quien más lo entendió así, cuando el 15 de abril de 1895, en uno de sus primeros campamentos, el Maestro se extrañó  porque el noble dominicano  le hizo una seña para que se quedase lejos de una inesperada reunión de los jefes veteranos hasta que poco después lo llamó para anunciarle su ascenso a Mayor General y reconocerle como Delegado del Partido Revolucionario Cubano (PRC).

Esas eran las circunstancias en que transcurrían los días plenos de José Martí antes de la aciaga jornada del  19 de mayo de 1895, cuando   el jefe peninsular preparó una emboscada en Dos Ríos con su flanco izquierdo protegido por el río Contramaestre, muy crecido y con altos barrancos,  por el derecho había un bosque espeso  y al frente por donde único podían avanzar las tropas mambisas se encontraba una cerca de alambres que limitaba la carga al machete.
Gómez en Dos Ríos   se aprestó a enfrentar la columna española  y según anécdotas de la época le dijo a  Martí “retírese hacia atrás que este no es su puesto”.
Pero el Delegado al parecer espoleado en su amor propio  se aprestó a participar en el combate.  Montó en su caballo Baconao, regalo de José Maceo, y salió hacia la línea de fuego  junto al joven  Miguel Ángel de la Guardia Bello.
Al llegar cerca de la infantería peninsular fue  abatido con disparos mortales en el pecho y la región del cuello y la mandíbula.   Solo a pocas horas de caer en  Dos Ríos, explicó en la conocida carta inconclusa a su amigo Manuel Mercado  el 18 de  Mayo de 1895 que el verdadero sentido de su vida era el de “impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso. En silencio ha tenido que ser y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el
fin”.
La campaña independentista sobrevivió a la temprana muerte del Maestro,  pero su legado antimperialista quedó trunco en la falsa república y permaneció  como  tarea inconclusa para  los revolucionarios cubanos hasta que la generación del centenario  de su nacimiento en 1953 la llevó a feliz término el Primero de enero de 1959.

ACN

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