La autonomía en Cuba a fines del siglo XIX: una baraja en el juego imperial estadounidense (Parte I)

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Por Elier Ramírez Cañedo

A fines del siglo XIX se iban distinguiendo, en el capitalismo estadounidense, los rasgos de su etapa imperialista. Durante el período del presidente Grover Cleveland, se había iniciado una fusión de grandes capitales que vinculaban estrechamente el industrial y el bancario.

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Los Estados Unidos, desde antaño, deseaban apoderarse de la Isla de Cuba, la coyuntura la encontraron en los últimos años de la década de los noventa, cuando en la sociedad estadounidense se creó una favorable opinión respecto a la lucha independentista desarrollada por los mambises cubanos y un fuerte rechazo a la política represiva aplicada por Valeriano Weyler, quien fungía como Capitán General.

Esta opinión pública era condicionada constantemente por la prensa sensacionalista de aquel país, que en muchas ocasiones exageraba o inventaba historias y mentiras contra España para ir preparando al pueblo estadounidense y al mundo en relación con los planes expansionistas del gobierno de Washington. A la idea imperante en ciertos sectores de poder estadounidense, de apoderarse cuanto antes de la mayor de las Antillas, contribuían las continuas victorias del Ejército Libertador, pues temían que la Isla tan apetecida se le fuera de las manos. José Martí había visto bien de cerca esas aspiraciones, por eso pensaba en una guerra “generosa y breve”, que no diera tiempo a coronar los planes del naciente imperialismo de absorber al caimán caribeño.

En un primer momento, la posición del gobierno de Estados Unidos con respecto a la autonomía, hacia el año 1896, y expresada por el presidente Grover Cleveland, junto con Richard Olney, su secretario de Estado, consistió en presionar a España para que concediera aquel régimen. Ya desde fines de 1895, en su mensaje al Congreso, Cleveland le había sugerido a España su implantación, aunque en ese momento no se concretó propuesta alguna.

La convicción de que la fórmula autonomista podía dar resultado había sido sugerida a Washington por el hacendado Edwin Atkins y otros, quienes habían estado tratando de convencer a Olney de que los cubanos, que llamaban decentes, aceptarían la implantación de la autonomía (de no ser posible la anexión), y esta conduciría instantáneamente a la paz. Cleveland y Olney comenzaron entonces a presionar suavemente a Madrid de manera oficial y directa para que emprendiera reformas políticas.

El cónsul estadounidense en la Isla, Fitzhugh Lee, a pesar de la posición de Cleveland y Olney, sostenía que la autonomía no tenía ninguna oportunidad de triunfo en aquellas circunstancias. Él era el más indicado para saberlo, pues se movía sobre el terreno y tenía relaciones con todas las partes del conflicto. En agosto de 1896 había planteado a Washington que solo había dos soluciones para la situación cubana: la guerra de Estados Unidos con la nación Ibérica o que la metrópoli pactara con los insurrectos su retirada del archipiélago cubano, pero Lee no estaba a favor de una Cuba independiente: deseaba que la Isla pasara a manos estadounidenses.

El presidente estadounidense McKinley, llegado al poder en marzo de 1897, seguiría en primera instancia la misma línea de Cleveland, presionar a España para que aplicara las reformas políticas administrativas con vistas a obtener la pacificación de la Isla, y a la vez sondear su compra. A lo largo de 1897, la administración de McKinley aumentó sus presiones y advertencias, confiando al mismo tiempo en que la política de Cánovas y de Weyler justificaba por sí misma la intervención con la alegación de fines humanitarios. Solo tenía que nadar a favor de la corriente. Pero con los liberales españoles en el poder y la posible concesión de la autonomía, la intervención resultaba más difícil de justificar. No es de dudar que el fracaso de la autonomía resultara de este modo un deseo para el buen éxito de la política expansiva del aparentemente desinteresado gobierno de McKinley, intrínsicamente comprometido con los sectores expansionistas del Partido Republicano.

El 23 de septiembre de 1897 el nuevo embajador de Washington en España, Stewart L. Woodford, hizo entrega al gobierno español de una nota oficial, prácticamente un ultimátum, en la que se le exigía entregar en plazo breve una satisfactoria respuesta a las demandas planteadas por la administración de McKinley. Se emplazaba al gobierno español a tomar medidas que permitieran la rápida terminación de la guerra antes del 31 de octubre. En caso contrario, los Estados Unidos se verían obligados a intervenir.

Antes de que se hiciera público el decreto de la autonomía, y a pesar de las apariencias que hacían creer a la prensa española lo contrario, Stewart L. Woodford, estaba convencido de que la autonomía no era para Cuba una solución, si es que con ella continuaba la soberanía española. Pensaba que era ya imposible reparar los errores de la endémica corrupción de la administración colonial española: “La rebelión es la única protesta posible”, escribía a McKinley, pareciendo “simpatizar” con la solución independentista.

Había que aplicar métodos radicales, quirúrgicos, incluso, porque en el fondo no conseguía encontrar en España a nadie que entendiera la autonomía a la manera anglosajona. Sino que esta era vista únicamente como “una merced que se otorga y se debe ejercer bajo la supervisión española…” Por otra parte, en su opinión España tenía claramente perdida la guerra a medio plazo, porque se hallaba “exhausta financiera y físicamente, en tanto que los cubanos son cada vez más fuertes” [*]

 

Al mismo tiempo, la administración de Washington había confiado en el fracaso de la autonomía, pues conocía de manera sobrada, mediante las cartas del consulado en La Habana y de otras múltiples fuentes, la actitud de los independentistas frente a la autonomía, por lo que la guerra continuaría y así se volvería válido su pretexto para intervenir. A pesar de esto, el gabinete de Washington acogió de manera aparentemente favorable el anuncio de las reformas que el gobierno de Madrid se proponía llevar a cabo en Cuba.

Durante mucho tiempo EE.UU. había exigido a España las reformas y ahora debía aguardar por sus resultados, y si estas, aunque lo creyera muy difícil, llevaban a la pacificación del país, no por eso quedarían descartados en el futuro sus planes de dominar Isla por vía de la anexión o al menos del protectorado. En ese caso esperaba que resultado de la penetración económica estadounidense, más tarde o más temprano, llevara desde la misma Isla a pedir la incorporación a la Unión y una vez más ofrecerían dinero a cambio de su venta.

Así fue como Washington decidió aguardar, aunque con muy poca paciencia, por los resultados de la autonomía. También debía contar con que el mundo no le aceptaría una conducta agresiva, en los momentos en que Madrid hacía esfuerzos para buscar una salida a la guerra, y llevaba adelante las reformas que desde esa capital tanto le habían recomendado. McKinley, en su mensaje al Congreso, el 6 de diciembre de 1897, había planteado que no podía pensarse en intervención cuando España tomaba medidas para restablecer la paz, pero no descartaba esta como una posibilidad futura pues el tiempo demostraría si España era capaz de lograr una paz justa, y finalizaba:

“Si posteriormente pareciera ser un deber impuesto por nuestras obligaciones con nosotros mismos, con la civilización y con la humanidad intervenir con la fuerza, será sin falta de nuestra parte y solo porque la necesidad de tal acción será tan clara como para merecer el apoyo y la aprobación del mundo civilizado”.[ii]

No pasaría mucho tiempo para que el gobierno de Washington comenzara a desacreditar al gobierno autonómico. El principal encargado de cumplimentar esta tarea sería Fitzhugh Lee, el cónsul estadounidense en La Habana, quien hizo un análisis crítico de los estatutos autonómicos para subrayar todo elemento de dependencia de Madrid o del gobernador, y su inferioridad con respecto al de Canadá. En una comunicación del 23 de noviembre de 1897, dirigida al secretario de estado adjunto, William R. Day, el cónsul expresaba que los insurgentes no aceptarían la autonomía y, tanto los propietarios españoles, como estadounidenses, en la Isla preferían la anexión. El 13 de diciembre en nueva carta a Day, la autonomía era ridiculizada. Además, Lee envió a Washington la versión inglesa de unas “Observaciones concernientes al decreto que establece la autonomía en la Isla de Cuba”, en las cuales se destaca la capacidad de control que se reservaba Madrid respecto de las Cámaras insulares, en especial del Consejo de Administración, el Presupuesto y la Deuda, de manera que la autonomía cubana era colocada muy por debajo de la canadiense.

Y sobre todo, se le criticaba el mantenimiento de los voluntarios al servicio de la dominación española. En esta misma línea, Lee informó de los incidentes registrados en la noche del 24 al 25 de diciembre de 1897, contra la autonomía y, sobre todo, de los disturbios de los días 12 y 13 de enero de 1898.[iii]

Pero ya Lee había planteado que la autonomía podía causar estos motines, pues los voluntarios de La Habana estaban opuestos a la reforma, y en sus bayonetas descansaba precisamente la tranquilidad o no de la ciudad sin que Ramón Blanco pudiera impedir sus acciones, y que en casos de disturbios la bandera de Estados Unidos sería la llamada a calmar la situación y, entonces, podrían anexarse la Mayor de las Antillas sin disparar un tiro.

El cónsul estadounidense lo evaluó, como un síntoma de que la reforma autonómica era un fracaso; cablegrafió a Washington y la escuadra estadounidense fue despachada hacia la isla Dry Tortuga a seis horas del puerto habanero.

Las críticas del cónsul estadounidense, muchas de las cuales eran muy acertadas, llegaron a ser tan fuertes que España pidió a la administración de Washington su retirada de la Isla, lo cual por supuesto no fue aceptado por los EE.UU., que no quería perder al hombre de confianza que se encargaba de desacreditar la autonomía, y de proporcionar así un pretexto para la intervención.

 

 

[*] Antonio Elorza y Elena Hernández Sandoica: La Guerra de Cuba (1895-1898) Historia política de una derrota colonial, Alianza Editorial, Madrid, 1998, pp.402-403.

[ii] Citado por Rolando Rodríguez: Cuba: la forja de una nación, Editorial de Ciencias Sociales, 1998, t.2, p.320.

[iii]Marta Bizcarrondo y Antonio Elorza: Cuba/España. El dilema autonomista 1878-1898, Editorial Colibrí, Madrid, s/a, p.430.

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1 Comentario

pjmelian dijo:

Los gringos volaron su acorazado Maine en plena bahía de La Habana donde pereció una gran parte de su tripulación mostrando sus calañas. Desde hacía mucho tiempo su ambición era apoderarase de las últimas colonias españolas en el mundo : las Islas Filipinas, en el Pacífico y Puerto Rico y Cuba en el Caribe.
Las Islas Filipinas y Puerto Rico fueron las peores víctimas de esos planes de conquista. La primera obtiene su pseudo independencia en 1946 y esto debido a la atmósfera anti imperialista motivada por la 2da Guerra Mundial. El Imperio gringo manteniendo i¡nnumerables bases militares en el país y Puerto Rico aún bajo sus botas. La Isla de Cuba, estado vasallo y satélite hasta 1959.

15 febrero 2018 | 02:26 pm