José Antonio, la alegría viajaba en tu sonrisa

Foto: Cortesía del Dr. Roberto Pellón
 Por Neida Lis Falcón

Una foto, junto a varios amigos de la universidad, presenta a José Antonio Echeverría de forma diferente. La travesura, captada por la cámara, desplaza  por un momento la imagen que guardamos del eterno presidente de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU). Es un muchacho, como otro cualquiera, descubierto in fraganti «coronando» la cabeza de un compañero que le sonríe, acusador y divertido a la vez.

Entonces nos permitimos soñar cómo sería conversar con él, compartir los pasajes de un libro, escucharlo contar un chiste o reír del nuestro a  carcajadas. Lo vemos bailar un bolero con su novia María Teresa Muñiz, correr por las arenas de Varadero y sumergirse entre las olas con su mascota. De pronto, su rostro expresa una satisfacción mayor: desde la victrola de un bar se escucha cantar al Benny, su preferido…

Fue la jovialidad uno de los rasgos sobresalientes del «Gordo», como lo llamaban sus amigos más cercanos. El entusiasmo de su palabra, la mirada directa y franca le ayudaron a arrastrar multitudes de estudiantes en tiempos de odios y miedos. Jóvenes de vanguardia, especiales ellos mismos, lo reconocieron como su líder porque supieron calibrar el valor del Hombre, que sustenta al héroe.

Era fácil. Desde pequeño, cohabitaron en él, la firmeza de principios y la nobleza del trato. Sensible y tierno con los menos favorecidos, implacable con los indignos. En Cárdenas, su ciudad natal, los parques evocan el amor repartido del niño que fue. En uno de ellos rompió sin querer, la camisa de un amiguito con el que jugaba. Preocupado llevó al muchacho hasta su casa para darle una camisa suya. Luego, lo acompañó porque quería explicar a la familia lo sucedido.

Y aquella bicicleta, que tanto le gustaba, era cedida sin miramientos a un niño que lo miraba, anhelante por montar. También prestaba con agrado sus patines a los demás del barrio. Nacer en cuna fina no le impidió respetar y querer a los humildes.

Ante él los abusos eran inaceptables. Ni el más mínimo maltrato físico o de palabra podía propinarse a alguno de sus compañeros; sin tomar en cuenta que el atacante fuese mayor, lo enfrentaba para hacer justicia. Fiel a la fe católica como toda su familia, hizo de la generosidad y la misericordia, palabras verdaderas.

Siempre cálido y afectuoso, Echeverría se convirtió en el líder indiscutible de los universitarios.
Siempre cálido y afectuoso, Echeverría se convirtió en el líder indiscutible de los universitarios.

Lograba combinar la alegría más contagiosa y el comportamiento respetuoso. En el aula, siempre inquieto, rebelde, no podía estar sentado mucho tiempo. Se paraba, opinaba, rebatía lo que le resultaba incomprensible. Mireya Sánchez Toledo, su maestra de quinto grado, contaba luego las historias de aquel alumno que «como los demás muchachos se fajaba y tiraba taquitos en clases», pero también era capaz de hacer buenos exámenes, y de obtener siempre medallas y premios.

Amante de los deportes, así enfrentaba los embates del asma que le acompañó toda su vida. No tenía el biotipo para ser remero, pero con disciplina y constancia  logró aprender los movimientos técnicos y participar recurrentemente en las Regatas Nacionales. También practicó el atletismo y el fútbol rugby.

En el arte encontraba muchos de sus asideros espirituales. Amaba la música, el cine, el baile. De niño recibió clases de guitarra y teatro. Le gustaba redactar y elaboraba composiciones poéticas, casi siempre de temas amorosos. La vocación por el dibujo y la pintura enrumbaron sus pasos hacia el estudio de la carrera de Arquitectura en la Universidad de La Habana.

Fue allí donde desbordó su personalidad. Sus condiciones excepcionales encontraron en el campus la posibilidad de desarrollarse a plenitud. Él organizó el I Festival Universitario de Arte. El  4 de agosto de 1954 el ballet de Alicia Alonso interpretó El Lago de los Cisnes ante miles de espectadores en el estadio universitario. Otras dos veces Alicia actúa en la Casa de Altos Estudios, con Giselle, el 2 de julio de 1955 y en el homenaje que le rinden el 15 de septiembre de 1956, cuando representa «La muerte del cisne».

La labor de José Antonio a favor de la cultura abarcó concursos de Arte y Literatura, la celebración de la Semana Sinfónica de Música Clásica, Popular  y Folklórica, con la participación de los pianistas Berta Shuman y Ernesto Lecuona, la conocida cantante Esther Borja y el Orfeón de Cuba. El teatro universitario recibió, además, a varios grupos teatrales. En la galería, se mostraron obras de artistas como Wifredo Lam y en el Aula Magna, se escucharon importantes agrupaciones, entre ellas, la Banda  Musical de La Habana, dirigida por el maestro Gonzalo Roig.

La Plaza Cadenas, hoy Ignacio Agramonte, fue para Echeverría y sus compañeros de lucha, centro de reuniones, tertulias, asambleas y encuentros, a veces improvisados, donde polemizaban, y sobre todo analizaban los problemas del país y del estudiantado cubano.

Desde la universidad, José Antonio enfrentó al golpe de Estado protagonizado por Fulgencio Batista el 10 de marzo de 1952. Más adelante, su presencia en el ejecutivo de la FEU radicalizó la lucha contra el tirano, sobre todo a partir del 30 de septiembre de 1954. Ese día, Fructuoso Rodríguez, su hermano de ideales, lo proclamó presidente de la Organización desarmando la componenda que pretendía impedir la formalización de su genuino liderazgo.

De esa etapa es la anécdota que nos contó Adalberto Pérez Sierra: «Conocí a José Antonio Echeverría y a Fructuoso Rodríguez en el año 1954. Me los presentó Manolito Carbonell, que en aquellos años era el director del periódico Alma Mater. Él me llevó para que comenzara a trabajar como linotipista en el periódico, que por entonces  se hacía en la imprenta de la universidad ubicada en el sótano de la biblioteca Rubén Martínez Villena.

«Cuando llegamos al local, Manolito me presenta y explica lo que yo haría. En un momento, José Antonio habla conmigo para decirme que tuviera el mayor cuidado posible, que no debía participar de las manifestaciones que se hacían contra la dictadura.  Me pide que razone: “Aquí hay cientos de estudiantes dispuestos para la lucha, pero un solo linotipista. Si a ti te pasa algo, si te cogen preso, si te rompen la cabeza, se pierde la posibilidad de hacer el periódico y que se conozca nuestra lucha… ¿Comprendes eso?”.

«Le respondí que sí. Estaba emocionado al ver con cuánto afecto aquel hombre, que yo tanto admiraba y que era toda una figura política en las luchas estudiantiles contra Batista, se preocupaba por mí. Parecía un hermano mayor hablándole a otro más pequeño…

José Antonio supo llevar a la par sus estudios de Arquitectura y la lucha revolucionaria.
José Antonio supo llevar a la par sus estudios de Arquitectura y la lucha revolucionaria.

«Durante un tiempo fui disciplinado y Manolito me exigía también que me cuidara, pero en una ocasión nos apresaron por reclamar justicia para las víctimas del Goicuría. Al salir del Castillo del Príncipe, tuvimos un encuentro con José Antonio, que le reclamó a Manolito por no evitar, como mi jefe inmediato, que yo cayera preso. A mí solo me dijo: “No entendiste lo que te pedí…”. Eso fue peor, sentí de verdad que le había fallado. Después de aquel suceso, yo tenía  mucha pena, pero él siempre que nos veíamos me trataba con el mismo afecto».

Así era José Antonio, una mezcla de fortaleza, coraje y dulzura, un joven, común y singular a la vez, que supo crear un brazo armado como el Directorio Revolucionario, que reconoció la valía de Fidel y firmó con él la Carta de México para unir esfuerzos en la lucha contra Batista y por la Revolución Cubana. Al morir, el 13 de marzo de 1957, tras el  asalto al Palacio Presidencial y la toma de Radio Reloj que él protagonizó, dejó su luz esparcida por la escalinata y los muros universitarios. Cada espacio quedó marcado por la «perenne alegría»  que al decir de su amigo entrañable,  René Anillo, «viajaba  en su sonrisa».

Alma Mater

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