Intentando celebrarle…

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13180977_1112233628818352_1840873140_nPor Daily Sánchez Lemus

Todo es verde. El fondo de sus fotos, la maqueta de la Sierra que, violando las buenas maneras, me permito tocar para sentir que ando por esas lomas otra vez. También está la maqueta de Birán, de la casona, la que ella misma mandó a reconstruir. Uno de los murales del pintor que accedió a poner bonitas las frías paredes de lo que fue un banco. Por primera vez, su jarrón no tiene flores. ¿Será que saltó de cuadro? ¿Será que hoy no quiso ser bendecida y salió a bendecir cada una de nuestras almas desamparadas? Me lo confirma Aida, la viejecita que te recibe sonriendo y con café humeante: Celia Esther de los Desamparados sacó hoy las flores del jarrón, se las puso en el pelo y salió a cuidar de Cuba.

Salió porque nunca le han gustado los homenajes para sí, y porque sabe que celebrarle los noventa a Fidel es cosa suya, como cuando los tiempos de la Sierra –eternos para ambos-.

Hablar de Celia es como hablar de una mariposa, de las que ella misma se colgaba en el pelo cuando Fidel en plena guerra era su principal desvelo. La hija del doctor Sánchez Silveira que tuvo vocación de ser de otros aunque ello implicara dejar de pertenecerse a sí. Por eso se entregó y no fue para ella un abandono ni sacrificio de su vida, sino la hermosura de hacer exactamente aquello para lo cual estaba destinada. Celia era sostén espiritual y aliento delicado de la guerrilla que hacía soñar a una nación con la verdadera independencia.

Hablar de ella resulta difícil no por lo que se ha dicho, sino por todo lo que falta por contar, por cada una de esas historias que ella misma guardó, porque fue enemiga de brillar, aunque no de la luz. Celia no quiso títulos, solo cuidar de Fidel, de Cuba y de la Revolución a la que dedicó todo.

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La encargada del apoyo cuando el desembarco de Granma, la ayudante de Frank en la clandestinidad y enlace directo con los guerrilleros, la abastecedora de cuanto era necesario, la del Marabuzal de aquel primer refuerzo, de la entrevista de Mattews, la de la Comandancia, la madrina de los niños de la Sierra…La fundadora de la Oficina de Asuntos Históricos desde las propias lomas, guardando papelitos que hoy son la mejor manera de mostrarla, así como fue de activa y eficaz, linda y sencilla.

La Sierra, la lucha, se habían convertido para ella en su espacio vital: “Todo sacrificio que se haga por esta Revolución vale la pena. El tiempo se los demostrará”, así escribía el 18 de diciembre de 1957…

Y precisamente por eso el maestro Pedro Álvarez Tabío escribiría en su Ensayo para una Biografía: “Por eso, Celia pudo gozar del raro privilegio de haber sido feliz. Feliz por haber podido ser útil, por haber tenido la oportunidad de contribuir con su sacrificio, con su lucha, con su esfuerzo, a la emancipación definitiva de su patria y de su pueblo. Feliz por haber sabido que esa lucha no fue en vano, que la obra colosal de transformación nacional para la que vivió estaba siendo cumplida de manera irreversible.”[1]

Desde esa oficina maravillosa también sale su voz como la escribana de los mensajes de Fidel cuando este no tenía tiempo, como aquel que ya vislumbraba el pensamiento del Comandante con relación a  la postura de Estados Unidos ante la guerra de los rebeldes, y que copia el 12 de septiembre de 1957 a María Antonia Figueroa en posdata: “Dice Fidel que te añada que ya los americanos lo tienen muy cansado con tanta suspicacia acerca de la naturaleza de nuestro movimiento, que no está  dispuesto a estar haciendo todos los días aclaraciones sobre los mismos puntos.”

Pero sus preocupaciones abarcaban todo: lo político, lo personal, lo logístico. El 22 de enero de 1958 escribe a Daniel, -René Ramos Latour- “(…) Siento que Alex esté tan ripiado el uniforme porque tenemos visita el domingo.” Y agrega: “(…) puede más el amor a la Patria y a la libertad que todos los fusiles automáticos, todos los aviones, morteros, etc., todo ese poderío de Batista.”

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Sigo revisando y hallando notas… Celia, en su afán de conservar la Historia de Cuba, estaba guardando su propia vida, aunque ese no fuera ni por asomo su propósito. El 21 de abril de 1958 le escribe a Asela de los Santos, muy orgullosa de todo lo logrado:

“Tenemos una planta de radio muy potente, tenemos comunicación con toda la América y nos retransmiten nuestras transmisiones. Tenemos muchas escuelas, tenemos la número 1 que es una escuela revolucionaria para reclutas. Se está fabricando la casa, con capacidad para 340 alumnos (ilegible), salón de actos, tiene su (ilegible) de costura, en fin, una cosa completa y para siempre”.

“Tenemos fabricando un gran hospital, el edificio va a ser muy original y lindo, lleva su laboratorio, su salón de operaciones de toda índole, completo. Tiene hasta su lechería”.

“Tenemos fabricando, pero ya funcionando el edificio de justicia. Como el mejor. Tenemos tres hospitales ambulantes, esto solo es en la columna de Fidel”.

“Cada Comandante tiene su columna y su territorio. (…)”

Así avanzaba su trabajo, junto a Fidel desde el principio, quien ya había visto en ella el horcón delicado de la guerrilla. Por eso el 22 de junio de 1957, pocas semanas luego del combate del Uvero, cuando regresa al llano, él le escribe: “Aquí guardamos un recuerdo tan grato de tu presencia que se nota el vacío. Por muy fusil en mano que ande una mujer en esta Sierra, siempre hace más decentes, más caballerosos y hasta más valientes a nuestros hombres”.

Esa fue una de las primeras señales de la relación de lealtad que ambos se tuvieron. El propio Tabío lo dijo: “hablar de ella es necesariamente escribir de la historia de Cuba y de la vida de Fidel”.

Así trascurría el tiempo, y velaba por todo, desde la necesidad del campesino para visitar un hospital de la Sierra, desde el abastecimiento de las tropas, los encargos desde el llano, el manejo del dinero para pagar cada una de las cuentas, las medicinas, todo… Un detalle lo es la nota del 20 de enero de 1958 en la que pide: “Tan pronto puedas nos mandas un termómetro, el de nuestra escuadra lo rompió Fidel que está con gripe.” O bien al tanto de los sentimientos y las relaciones familiares, cuando el 11  de noviembre del mismo año escribe a Melba: “Recibimos los bombones pero no la fotografía de Fidelito que hace como dos meses desde que Acacia vino, no se ha vuelto a saber (…)”.

O aquella del 14 de enero de 1958 cuando escribe a Carín: “Las medidas del uniforme para Fidel las llevaba Armando (Hart), ahora habría que cogerlo de nuevo y es dificilísimo. De la medida que el sastre hace que la haga tres tallas mayor.”

O la rigurosa lista de cosas que ella consideraba necesarias y que preparó  el 28 de abril de 1958, para tener bien apertrechado el almacén de la Columna 1 por un tiempo prudencial. Lista que dejaba ver el apetito y los gustos del Comandante:

4 laticas de casco de naranja

1 latica de casco de guayaba

1 latica de mermelada

2 latas de melocotón

2 latas de coctel de frutas

2 latas de peras

1 lata de espárragos

2 laticas de sardina

1 latica de peti-pois

2 pomos de aceituna

5 cajas de fósforo

1 rueda de cigarros

6 latas de lecha condensada

Todo lo que ella representó, la confianza que fue ganando con sus caminatas a la par del mejor de los soldados, su inteligencia, su agilidad para moverse en la Sierra y prever necesidades, su astucia y la claridad de pensamiento, su identificación con Fidel, tienen su punto hermoso en la histórica carta que él le envía a raíz de bombardeos que tuvieron lugar en las montañas, y que muestra no solo la luz política de Fidel, sino también su confianza ilimitada en aquella mujer:

“Celia:

Al ver los cohetes que tiraron en casa de Mario, me he jurado que los americanos van a pagar bien caro lo que están haciendo. Cuando esta guerra se acabe, empezará para mí una guerra mucho más larga y grande: la guerra que voy a echar contra ellos. Me doy cuenta que ese va a ser mi destino verdadero.

Fidel”

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Imbuida en los preparativos de las celebraciones por el cumpleaños de Fidel, no se hubiera percatado de esta fecha. Anduviese como aquel agosto de 1958 cuando encargó un cake desde Manzanillo y festejaba los 32 del jefe como si fueran suyos, aunque nunca le gustó celebrar su cumpleaños.

Ella misma se ocupó de no resaltar, o al menos lo intentó… Lo que no sabía era que lo mismo en Coppelia, en el Parque Lenin, en el Palacio de Pioneros, en Tarará, en los uniformes escolares, en el Palacio de Convenciones, en el Hospital Frank País, en la Ciénaga….en todos los sitios y tiempos de la Revolución estaba su impronta. Por más que se dedicó a trabajar en silencio, no pudo escapar del cariño y el respeto y el reconocimiento del pueblo que sabía que con ella, podía cuidar directamente de Fidel…-así lo sentía Haydée-… No sospechaba que aunque no quisiera, celebraríamos cada 9 de mayo suyo… y, quizás, revivirle su tiempo de montañas sea un regalo que acepte…

En cada testimonio o nota que se guarda sobre Celia viven remembranzas que se vuelven infinitas y gigantes como las mismas lomas o el mismo llano que la habitaron. Puede parecer repetitivo, falto de gracia o medio raro, pero no se me ocurre dejar de recordarla  como otras tantas veces: hoy cumple 96 años, fusil al hombro, libreta en mano y flor en pecho, la guerrillera más hermosa que sierras rebeldes hayan visto.

[1] Pedro Álvarez Tabío: Celia, ensayo para una biografía, Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, La Habana, 2004, p.352.

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