#Héroes

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22999-fotografia-gPor Yisell Rodríguez Milán

No me gusta escribir sobre los héroes. Me parece que, al instante, la gente  abandonará la pantalla para dedicarse a hacer algo “más productivo”, algo como descargar música o navegar sin rumbo en Internet hasta dar con contenidos más entretenidos, menos aleccionadores, no tan ideológicos.

Pero una persona muy querida me pidió, como pocas veces, que posteara algo  sobre Camilo Cienfuegos y acepté. ¿Por qué? Creo que en honor otras épocas, a los primeros años del Triunfo Revolucionario o a mis etapas de pionera, cuando eran menos quienes rehuían de los símbolos como de un virus. La globalización cultural, con su estela de “desideologizaciones ideológicas” ha hecho lo suyo en pocas décadas.

Hay muchos mitos sobre la muerte de Camilo y es sobre eso que hay a quienes les ha dado por buscar en Internet. Yo no voy a revelar nada nuevo. Sé lo mismo que todos. Cayó en el mar. Viajaba en una avioneta de regreso de Camagüey a La Habana. Todos los años, en Cuba, miles de niños, estudiantes y trabajadores se acercan a playas y ríos para arrojar flores que, como parte de la mística que compartimos, deben llegarle allí donde se encuentre… quizás protegido por Yemayá.

Y es precisamente esa mística compartida —que inspiró a incluir su imagen en el logo de la Unión de Jóvenes Comunistas y que nos enseña desde la infancia  que ser valientes, humanos y alegres son las mejores cualidades de los revolucionarios— la que me lleva a no perder tiempo googleando informaciones sin confirmar  y sí buenos ejemplos extraídos de su vida.

Me gusta, en particular, una anécdota sencillita. Es aquella que contaba Ramón Cienfuegos, su padre, de cuando Camilo prometió no alegrarse más. Sucedió durante el ciclón del 44. Él nunca había visto uno así que quería vivirlo… hasta que, tras el temporal, lo primero que vio al salir fue  la casa destrozada de un compañerito a quien quería mucho. A la familia no le pasó nada, pero Camilo se entristeció e hizo su promesa.

No sé por qué cuando pienso en él, mi memoria viaja inmediatamente hasta esa anécdota que me contara alguna maestra hace más de 20 años. Tal vez, me digo, sea por la enorme humanidad que desprende, o qué se yo…

Ahora, releyendo sobre su vida, hasta descubro nuevos detalles sobre él, pormenores que lo acercan a mi generación. Le veo en las fotos con su barba y, aunque sé de las diferencias simbólicas entre ese pelo crecido y el que se usa actualmente, no puedo evitar pensar en lo bien que le quedaba… igual de bien que a los llamados “lumbersexuales”. Nada, cosas de esta moda a la que le ha dado por recordarnos otras barbas y otros tiempos.

Camilo estudió, hasta que la economía se lo permitió, en la Academia de San Alejandro. Viajó a Estados Unidos en busca de prosperidad pero en 1955 fue detenido y deportado a Cuba, donde se incorporó a las luchas estudiantiles.  Volvió a Nueva York y, desde allí, se unió a los revolucionarios.

Para ese entonces ya era el independentista, el rebelde, que inspira todavía a Cuba. Sus palabras dos días antes del accidente en el mar, dan fe de eso.  El 26 de octubre de 1959, Camilo declaró: «Y que no piensen los enemigos de la Revolución que nos vamos a detener; que no piensen los enemigos de la Revolución que este pueblo se va a detener; que no piensen los que envían los aviones, que no piensen aquellos que tripulan los aviones que vamos a postrarnos de rodillas y que vamos a inclinar nuestras frentes. De rodilla nos pondremos una vez y una vez inclinaremos nuestras frentes y será el día que lleguemos a la tierra cubana que guarda 20 000 cubanos, para decirles: ¡Hermanos, la Revolución está hecha, vuestra sangre no salió en balde!».

Todavía hay jóvenes así, por suerte.

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