Heraldos del crimen y de la muerte

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Por Daniel Guerra

Emigrar, algo tan natural como andar, pero si desde Cuba se trata, créame, una odisea, máxime cuando desde el mismísimo triunfo de la Revolución cubana, esa acción ha estado plagada de una estimulación externa beligerante que ha propiciado no pocas historias de dolor para las familias que han quedado con el desconsuelo de no ver nunca más a sus seres queridos, víctimas del sepulcro ocaso.

Y en ese lamentable empeño mayor ha sido el crimen, convertido en instrumento de una política atroz, dirigida a desmantelar uno de los proyectos sociales más justos que hayamos conocido. De qué vale el estimado estadístico de que uno de cada tres cubanos tiene un familiar en el exterior, si en lugar de una migración regular y ordenada se estimula y manipula lo contrario, y de soslayo los de la isla tienen que afrontarla entre la criminalidad política, erigidos en prófugos de una persecución incierta y el desasosiego por alcanzar anhelos personales en otros lares.

Cuba da muestras de voluntad renovada en el tratamiento a su política migratoria y los vecinos que la acosan, aunque coquetean con la posmodernidad, no elevan ancla a un estímulo que no ha hecho otra cosa que ensalzar el camino hacia la muerte de no pocos migrantes, e incluso de quienes en el cumplimiento de sus deberes han sido víctimas de la crueldad y el castigo como pasaje o cupón de garantía para los que optan por la violencia y el crimen, para conseguir a toda costa su boleto al crucero de la muerte.

TARARÁ

Los cubanos se mantuvieron atentos al estado de salud de Rolando Pérez Quintosa durante los días que estuvo entre la vida y la muerte, fueron a darle el último adiós. Foto: Arnaldo Santos

Rememoramos hoy un hecho que a pesar de su naturaleza o motivación migratoria, constituyó uno de los más alevosos y violentos crímenes cometidos que se hayan conocido jamás, y que ocurrió hace justamente 25 años atrás, el nueve de enero de mil novecientos noventa y dos en la base náutica del otrora campamento de pioneros José Martí, en Tarará, al este de La Habana.

Narrar lo acontecido sería sufrir cada detalle de la vileza, dejemos ese sufrimiento hecho justicia sobre quienes pesará por siempre tamaña barbarie, sus autores, que ultimaron a cuatro valientes jóvenes, que no hacían otra cosa que cumplir con su deber aquella madrugada siniestra. Yuri Gómez Reynoso, sargento de tercera de la Policía Nacional Revolucionaria; Orosmán Dueñas Valero, soldado de Tropas Guardafronteras y Rafael Guevara Borges, guardia de seguridad del local, los primeros en pasar el umbral y en la mañana del 10 de enero un mar de pueblo los acompañó en su último adiós.

Sus asesinos fueron capturados en menos de 48 horas después de haberse perpetrado el crimen y atraídos a la responsabilidad penal por sus crímenes.

El sargento de primera, Rolando Pérez Quintosa, otro joven víctima de aquel vil asesinato, quien en medio de la gravedad cumplió el honroso deber de denunciar a uno de los victimarios, tuvo que soportar treintaisiete días de agonía, luego de que no pocos especialistas y los más avanzados métodos al servicio de la salud, intentaran salvarle la vida.

El desenlace fatal de este joven estuvo dado por la imposibilidad de controlar totalmente la infección, pues en determinado momento se necesitó una vacuna anti endotoxina, procedente de Estados Unidos, la cual no llegó a tiempo debido al bloqueo económico y comercial impuesto por esa nación.

Archiconocido el aquello de que la migración es obsesión para muchos y, a la vez, resulta de las cuestiones más sensibles para las naciones que la padecen. Peor aún para Cuba, cuando después de 1959 aumentan los flujos de migrantes, cambian sus características, adquieren un contenido político diferente y alcanza su clímax en los años de periodo especial en que se vio sumida la isla, luego del colapso del extinto campo socialista.

Y en paralelo se diversifica a través de otras modalidades, medios y rutas, como las del Sur e incluso el viejo continente, y las consecuencias demográficas, políticas y sociales que arrastra este fenómeno, cuya particularidad entraña la manipulación perenne desde que Estados Unidos se convierte en el principal receptor de cubanos y en el antagonista fundamental del proyecto político, económico y social de la nación cubana, para luego emplear la migración como derrotero, flanquearla e intentar utilizar el potencial migratorio en pérfidas marionetas de la relación. Según estudiosos del tema, en Cuba son más las personas que emigran que las que realizan la operación inversa, cosa que nada tiene que ver con que se le haya dado un vuelco a ese régimen de oprobio que subyugaba a los cubanos antes del enero victorioso de 1959.

Luego de esa etapa los enemigos de la Revolución trataron de hacer ver que el fenómeno migratorio surge alrededor de la segunda década del siglo pasado, cuando realmente sucedía desde 1929, al dejar de arribar a la isla migrantes del continente europeo y del propio Caribe.

También arremetieron con el “pujante exilio”, al que pretendieron cargarle la denominada oposición esperanzada en que el nuevo proyecto social nacido bajo el liderazgo del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, duraría lo que un merengue a la puerta del colegio, pero de nada les valió urdir cientos de planes, la Revolución emergió triunfante y el exilio transitó hacia una emigración de cubanos.

La migración cubana adquiere notoriedad en lo fundamental por el entramado subversivo que la alienta a riesgo de la vida, y a la sazón se agrega una cobertura mediática y política, para asegurar que el empleo de la caduca Ley de Ajuste Cubano favorece y proporciona acogida a a los recién llegados como refugiados políticos.

En torno a toda esta amalgama social, más bien lo que refuerzan es que emigran porque se fugan de la Revolución y su sistema socialista, y no es menos cierto que muchos de los primeros migrantes en la década del 60 viajaron luego de ver nacionalizadas sus propiedades y, como era lógico,  no compartían el proceso político que se gestaba. Luego de esa etapa, el fenómeno migratorio cubano fue similar al que ocurre a nivel mundial,  que es en esencia por motivaciones de mejoras económicas.

Claro que gran parte del potencial migratorio cubano tienen preferencia para viajar a Estados Unidos, debido al acuerdo migratorio que compromete a esa nación a otorgar 20 mil visas cada año fiscal.

Y lo sutil que lastra –y no poco – es la Ley de Ajuste Cubano de 1966, diseñada para ajustar el estatus migratorio de los cubanos que habían llegado allá, pero que aún se mantiene vigente y sobre la que los norteamericanos mismos se han encargado de vaticinar que no cambiará. No obstante, el 17 de diciembre de 2015 ocasionó un incremento de personas que utilizarían esta ruta y un corredor de migrantes con baja significación se convirtió en un problema migratorio importante. En el fondo del problema está EE. UU., que pudiera actuar quitando la ley y modificando las políticas.

Los países receptores y de tránsito tienen en sus manos qué hacer. El país de origen interviene para exigir que no se violen los derechos humanos de sus ciudadanos y diciendo, como hizo Cuba, que el cubano que desee, puede retornar. Pero quien ha tomado esa decisión, sigue apostando por llegar a Estados Unidos, por la motivación de la Ley de Ajuste, la política pies secos-pies mojados y el programa de Parole.

Hoy día además de la crisis migratoria a escala mundial, existe una crisis de refugiados que emerge de los propios fenómenos económico-sociales y es precisamente lo que urge, dar tratamiento humano a los afectados. Ahora bien, hacia lo interno de la nación cubana aprecio que el mejoramiento económico del país decidirá mucho y podrá regularizar la situación-motivación migratoria, la hará más circulatoria y les generará confianza en la medida que vayan apreciando los cambios que para bien de todos, se van suscitando en el país, y disminuya o desaparezcan los “heraldos del crimen y de la muerte”[1].

 

 

[1]Frase utilizada por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz en la despedida de duelo del combatiente Rolando Pérez Quintosa, el 17 de febrero de 1992, en el cementerio Colón, en La Habana, Cuba.

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