Hacen historia miles de emigrantes centroamericanos

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Por Lídice Valenzuela

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El éxodo de más de 7 mil centroamericanos en condiciones precarias -ahora refugiados en distintos estados de México en espera de trasladarse a Estados Unidos– sacó de la clandestinidad lo que ocurre desde hace décadas: la huida masiva de sus países en busca de trabajo y supuesta paz.

Para escapar de la pobreza y la criminalidad que azotan a Honduras, Guatemala y El Salvador –cuyo gobierno progresista recibió una pesada herencia social de sus antecesores neoliberales-, la extensa caravana integrada por personas de todas las edades caminó más de 4 mil kilómetros bajo el sol y la lluvia, contando solo con la solidaridad de las localidades por donde pasaban.

Aun cuando los organismos internacionales de derechos humanos internacionales, que defienden hasta terroristas actuantes en Venezuela contra la Revolución Bolivariana, les han prestado poca atención, y mucha menos la prensa hegemónica, la columna humana venció obstáculos y llegó a México, una nación con más de 3 mil kilómetros de frontera con Estados Unidos.

Antes de esta caravana salida de Tegucigalpa, la capital de Honduras, el pasado 13 de octubre, existía la migración personal o en pequeños grupos hacia lo que algunos llaman “el sueño americano”. O sea, conseguir un empleo para enviar dinero a los familiares que quedaron atrás, salvar sus vidas de los grupos mafiosos y paramilitares, y, si es posible, trasladar hacia tierras norteamericanas al resto de los parientes.

La mayoría de los hondureños, guatemaltecos y salvadoreños esperan por la posibilidad de que se les otorguen una visa estadounidense en el municipio de Tijuana, al que consideran “el más seguro” para su permanencia, aunque esa localidad es considerada la quinta con mayor número de asesinatos originados en la “guerra contra el narco”.

Esta masa humana atravesó dos países sin pagarles a coyotes (traficante de personas) y sin subirse en La Bestia, el temible tren que atraviesa Honduras de sur a norte. Sobrevivir a la larga caminata ya fue un éxito, si bien el sacrificio puede ser en vano, pues el gobierno de Donald Trump solo seleccionará quizás a quienes resulten mano de obra barata, presuntos políticos perseguidos, o clasifiquen en los casilleros de admisión.

Momentos difíciles para esta caravana que vive en condiciones pésimas, ya que la administración del Estado de Baja California, donde se ubica Tijuana, no esperaba tal cantidad de personas y carece de infraestructura para tales casos, aunque era sabido que allí se dirigían luego de pocos días de descanso en Ciudad de México.

Más difícil  ahora es entrar legal o ilegalmente a Estados Unidos porque su presidente mantiene una política de cero migrantes y cada día son deportados a sus países de origen cientos de personas, incluso algunos que poseen ciudadanía norteamericana; ha separado a las familias y encarcelado a los niños. Un crimen de lesa humanidad que todos parecen ignorar a nivel mundial.

Quizás muchos de los caravaneros no imaginaron el recibimiento que les darían del otro lado de la frontera, cuyo paso se considera ilegal, ni que la reacción de los soldados estadounidenses sería tan desproporcionada.

Hace pocos días, un grupo intentó, en medio de su desesperación, quebrar la cerca alambrada que protege el suelo americano. La Casa Blanca decidió mover hacia esa zona hasta 22 mil soldados, de ellos 5 mil ya en el teatro de los escenarios. Esa fuerza-tarea redujo a los emigrantes, lanzándoles gases lacrimógenos y balas de goma.

Procedentes de países católicos, la mayoría espera un milagro divino. La migrante hondureña María Joaquina Santos, de 19 años, quien viaja con su esposo y una hija pequeña, afirmó a la prensa: “Solo Dios nos puede ayudar”.

¿Falta de información, desesperación, ingenuidad, imposible retorno? Cada adulto que se lanzó a las carreteras posee un problema diferente. Muchos temen que las pandillas Maras Salvatrucha les arrebaten las vidas si vuelven a sus hogares, pues están obligados a pagarles 50 euros semanales para que no los maten. Esos grupos extorsionan y asesinan y mantienen a la región del llamado Triángulo Norte de Centroamérica, de donde procede la caravana, como una de las más violentas del mundo.

El albergue de Tijuana es descrito por medios mexicanos como sucio y abarrotado. Cada día los llegados hacen filas para recibir alimentos y bienes de primera necesidad donados por los tijuaneses.

Luego de las explicaciones de las autoridades fronterizas, conocen que pueden permanecer durante meses en esas precarias condiciones mientras le toca el turno para solicitar asilo en Estados Unidos y luego esperar si los admiten. Antes deben registrarse en una lista para tener acceso a los funcionarios de inmigración en la frontera, y el listado, según funcionarios mexicanos, tiene semanas de retraso incluso antes del arribo de los centroamericanos.

Para los emigrantes, la asunción del presidente izquierdista Andrés Manuel López Obrador (AMLO) el pasado sábado es una esperanza en la espera que parece no tener fin.

Este lunes, la Secretaría de Gobernación implementó un plan interinstitucional para proteger a los miles de integrantes de la caravana, el cual será operado por instancias de los tres niveles de gobierno: federal, estatal y municipal.

De inmediato serán revisadas las condiciones de los albergues y se adoptarán medidas de seguridad por funcionarios estatales de Baja California y el municipio de Tijuana.

La Secretaría del Bienestar y el Instituto Nacional de Migración (INM), a cargo de Tonatiuh Guillén, serán los encargados de atender la contingencia. La primera institución entregará y controlará los recursos, y la segunda se hará cargo del nuevo albergue instalado en El Barretal, tras el cierre de la Unidad Deportiva Benito Juárez debido a cuestiones sanitarias.

La decisión forma parte de la estrategia de López Obrador para no entregar recursos en directo a entidades y municipios, para no fomentar su mal uso y en cambio supervisar su aplicación mediante los llamados “superdelegados”, quienes vigilarán en qué planes y programas se aplican.

López Obrador suscribió el día de su toma de posesión las bases de entendimiento para construir un Plan de Desarrollo Integral para Centroamérica, de conjunto con los mandatarios de Guatemala, Jimmy Morales, y de Honduras, Juan Orlando Hernández, y el vicepresidente de El Salvador, Óscar Samuel Ortiz.

En una declaración política firmada por las partes se explica que las medidas se adoptarán a fin de prevenir la migración irregular, atendiendo sus causas estructurales, según confirmó la agencia Prensa Latina.

Pero los arreglos entre países pueden demorar y si el camino de llegada fue difícil, el de retorno sería peor. Mientras caminaron unidos eran una fuerza indestructible que les protegía, separados no pueden franquear la frontera.
Es una odisea la de esta gente pobre procedentes de naciones con gobiernos ricos pero corruptos.

En la caravana se escuchan relatos míticos de personas que cruzaron por los narcotúneles que, según los narradores, convierten a Tijuana en un queso gruyer. Otros pasan como “mulas”, cargando con 25 kilogramos de droga en sus espaldas por 2 100 dólares.

Tijuana es, como se mire, el fin de la caravana. Aunque el nuevo gobierno mexicano los auxilie, deberán nutrirse de paciencia, pues intentar el cruce es un suicidio. Trump no se ablandará, como pensaron algunos ingenuos, ante la imagen de los hambrientos, ni los enfermos, ni el hedor de los campamentos. Su política migratoria, que tampoco es nueva en Estados Unidos pero sí mas publicitada, nada tiene que ver con la compasión humana.

Cubahora

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