Guillermón, final

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Por Martha Gómez Ferrals

Guillermon moncada

El general de las tres guerras de independencia Guillermón Moncada –José Guillermo Moncada y Veranes-, casi con su último aliento garantizó el alzamiento del 24 de febrero de 1895 en el Oriente cubano. La palabra dada a José Martí y el compromiso con la Patria eran sagrados para aquel recio y valiente soldado, herido de muerte por la tuberculosis adquirida en su via crucis de seis años en cárceles españolas.
Un poco más tarde: el cinco de abril de 1895, a cuatro días del desembarco de Antonio Maceo, Flor Crombet y José Maceo por Duaba y seis antes del arribo de José Martí y Máximo Gómez por los riscos de Playitas de Cajobabo, expiró el patriota.
Su muerte en los albores de la Guerra Necesaria significó una enorme y dolorosa pérdida para la causa independentista. Fue amado y respetado en vida aquel emblema de titán, cuyo porte era tan formidable, en años mozos, por su altura, robustez y  gran coraje, que inspiró a sus compañeros de combate a llamarlo para siempre “Guillermón”, con noble aprecio.
Había nacido en Santiago de Cuba el 25 de junio de 1841, descendiente de esclavos, aunque se dice que el padre ya era liberto.
Poco después del comienzo de la Guerra de los Diez años el 10 de octubre de 1868, en el mes de noviembre, se incorporó a las fuerzas insurrectas bajo el mando del general Donato Mármol.
Siempre fue hacedor y arrestado. A pesar de tenerlo casi todo en contra, por su origen, aprendió a leer y escribir desde niño, luego adquirió el oficio de carpintero en la juventud, para ganarse el sustento. Era muy diestro en el uso del machete, instrumento agrario que usó luego magistralmente como principal arma en el combate.
Sus cualidades le hicieron destacarse rápidamente en la primera contienda libertaria. Combatió no solo en la región oriental, donde tomó parte en varias batallas que lo hicieron  brillar como soldado.
Acompañó a Máximo Gómez en sus incursiones por Camagüey, también estuvo bajo las órdenes de Antonio Maceo y Calixto García.
Sus contemporáneos  le dieron el sobrenombre de Caballero de la guerra, por su humanismo en el trato a los prisioneros y vencidos y el aprecio al honor y la palabra dada en el terreno militar y en la vida.
Sus victimarios jamás estuvieron a su altura, en cambio, y lo afrentaron con crueldad en su momento, como se verá.
El general Gómez puso por escrito su opinión de que, además de su valentía, se apreciaban en él sus dotes de mando y de estratega. Vaticinó que si no moría en combate, iría lejos. Lo cual se cumplió, porque aunque no vivió el tiempo que merecía, llegó a ostentar el cargo de General de Brigada del Ejército Libertador, primero ,y después el de mayor general.
Cuando se produjo el fatídico Pacto del Zanjón, estuvo entre los próceres que acompañó al general Antonio Maceo en la vertical protesta de Mangos de Baraguá. No aceptó jamás la claudicación ante España mediante un pacto que consideró humillante y ridículo.
Junto a otros jefes patriotas intentó continuar los combates en Oriente. Pero finalmente, el 10 de junio de 1978 dejó de pelear, al darse cuenta de que el agotamiento, la división y la desmoralización de las tropas cubanas, la traición incluso de algunos jefes, habían acabado por dar fin a las posibilidades reales de sostenerse en los campos de batalla, al menos en aquellos momentos.
Pero estuvo presto y de hecho se puso en acción junto a los Maceo y otros independentistas que convocaron a la llamada Guerra Chiquita de 1879 a 1880. Este nuevo intento liberador fracasó, y Guillermón acepta- junto a José Maceo, Quintín Bandera y otros corajudos jefes mambises-, un tratado llamado de Convergencia, firmado con la Metrópoli, ante garantes de otras naciones: Francia e Inglaterra.
Mediante ese acuerdo supuestamente se daba la posibilidad a los insurgentes de abandonar el país para vivir en el exilio junto a sus familias. Pero era una trampa de las autoridades coloniales. Mientras se dirigían en un navío hacia Jamaica, su pretendido destino, la nación peninsular interceptó el navío, los tomaron prisioneros y los llevaron primeramente a Puerto Rico y luego fueron remitidos a una prisión española en Islas Baleares.
Estuvieron confinados en las peores condiciones, bajo maltratos y vejaciones, separados de sus seres queridos desde 1880 a 1886, año en que fueron amnistiados. Guillermón regresó a Cuba por sus propios medios y continuó con sus ideales y aportes a la causa de la libertad.
Se incorporó a tareas patrióticas clandestinas comenzadas por Gómez y Maceo en 1884, a las cuales  se sumó en las postrimerías de esos afanes, en 1886, tras su liberación y regreso a la Isla.
Luego estuvo en la conspiración Paz del Manganeso (1890). Sus actividades se hicieron notar, nuevamente, y estuvo preso desde el primero de diciembre de 1893 al primero de junio de 1894.
Martí, consciente del valor de este insigne patriota, destinó fondos del Partido Revolucionario Cubano para pagar la fianza exigida por las autoridades coloniales para liberarlo. A partir de entonces el Maestro lo designó jefe de la región más oriental del país en los preparativos de la guerra del 95, la última etapa de la revolución cubana que era imprescindible cumplir para liberar la patria de la opresión colonial.
No hizo poco por esta última etapa, aunque apenas la vio arrancar, el legendario general de tres campañas que cumplió con creces la palabra empeñada.
Antes de morir en la localidad de Joturito, Alto Songo, en el Oriente agreste y bravío, confió la jefatura de su región al Mayor General Bartolomé Masó, y le entregó el mando de las fuerzas a él subordinadas directamente al Coronel Victoriano Garzón.

ACN

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