Guerra del 95: Una contienda de leyenda

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Por Elena Milián Salaberri 

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Fue un domingo de carnaval, 123 años atrás: el apogeo de la fiesta sirvió de escenario al furor de una contienda que, por esperada, no dejó de sorprender; el Partido Revolucionario Cubano, fundado por José Martí, aglutinó voluntades y marcó la diferencia para la historia.

La orden, dada por el Apóstol, había llegado a Cuba, exactamente a las manos de Juan Gualberto Gómez, camuflada en la tripa de un tabaco. En la distancia mordaz del tiempo, parece cosa de novela, pero una vez más la realidad superaba a la ficción, con el curioso modo de propagar tamaña disposición.

Es que detrás de la arrancada de una guerra, pendiente desde lo trunco de la emprendida en 1868 y de la Guerra chiquita de 1879, hubo no poca labor. Emergió en la palestra un hombre joven, civil hasta su efímera carrera de mambí.

Era Martí, el cubano que tanto hizo en pos de la unidad dentro y fuera de Cuba hasta lograr aunar los bríos y pareceres de “pinos nuevos” y emigrados, además de domar el ímpetu de los generales de las gestas pasadas, no sin esfuerzos y desavenencias.

Llegada la orden, imagino cuánto desvelo en tiempos de correos lentos, sin autos ni internet… hasta lograr que en un día, ese 24 de febrero de 1895, se produjeran en la nación 36 levantamientos, si bien la historiografía comenta la fecha como el Grito de Baire, patentado por el decir de los principales jefes y del propio José Martí.

Quizás fueron las palabras de Saturnino Lora: “Ha llegado el momento de romper las cadenas que nos tienen uncidos al férreo carro de la tiranía y, en prueba de ello, demos un Viva Cuba, pero es preciso que sepáis que con el filo de nuestros machetes y las balas de nuestros rifles y cañones hemos de defender la Patria, y si una muestra queréis de ello aquí la tenéis como loor a nuestra causa sacrosanta”.

No sé, hubo un acuerdo tácito en eso —discutido pero pacto al fin— para referir así la fecha que marcó una guerra de cuatro años, en la cual Cuba perdió la cuarta parte de su población, entre acciones militares y la Reconcentración de Weyler, y aunque Estados Unidos intervino en la guerra hispano-cubana con el pretexto de la voladura del Maine y ocuparon militarmente el país en 1899, la contienda tuvo  mérito indiscutible.

En ese período de batalla, famosa fue la Invasión de Oriente a Occidente, protagonizada por Máximo Gómez y Antonio Maceo, sin restar brillo a otros próceres ni dolor a la muerte de nuestro Héroe Nacional, que la víspera de su caída dijo: “En el armónico concierto que conforman Yara, Bayamo y Baire, cada cual con luces propias, marcando pautas y rutas a seguir, Cuba algún día tendrá en cuenta a hombres y a pueblos tan generosos; si México tuvo su Dolores, Cuba tiene su Baire”.

Artemiseño

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