En busca de un sueño (I)

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Alejandro no es de los muchachos que con1 5 años ya se cree “hombrecito”; ha debido serlo a la fuerza, no solo porque tiene la libertad de decidir lo que quiera hacer con su vida, sino debido a la ausencia de alguien preocupado por ofrecerle un plato de comida al menos.

Su padre lo abandonó al nacer y su mamá no tiene tiempo de encargarse de él; pues, según ella, debe cuidar a otros tres hijos más pequeños. El resto de los familiares están en Miami y cumplen sus “obligaciones” filiales enviándole una ropita de vez en cuando.

Por Yohana Lezcano

Fiestas nocturnas, cigarro y alcohol, se convirtieron en la rutina de Ale. Cuando no tuvo más dinero, vendió sus pertenencias personales hasta contar solo tres piezas de vestir, luego empezó a robar lo que encontrara con tal de mantener su vida farandulera. Como siempre estaba borracho, golpeaba a su madre, quien respondía en el mismo lenguaje violento. Las agresiones físicas aumentaron hasta convertirse en el único modo de intercambio entre Alicia y su hijo.

Las propias pastillas prescritas por esquizofrenia le sirvieron varias veces a Alejandro para ligarlas con ron hasta que esta práctica cotidiana terminó en un intento suicida. Todo para captar la atención de su mamá.

Ale nunca había podido contar su historia frente a un grupo de personas, solo había alcanzado a asentir o denegar cuando era interrogado por pedagogos y psicólogos. Sin embargo, ese día habló en el taller.

“Sentí como si expulsara de adentro un peso enorme —recordaría luego—. Es muy difícil hablar de tu vida frente a muchachos que quizá puedan salir por ahí divulgándolo todo y riéndose de ti, pero me sentía en confianza, los veía como a mi familia y no tuve miedo de compartir lo que me pasó; por eso no me arrepiento, ahora me siento mucho mejor conmigo mismo y soy un poquito más feliz”.

Estas palabras de Alejandro condensan el anhelo de devolver la esperanza y salvar la felicidad, esencias que dan vida a un sueño: el proyecto Escaramujo. La iniciativa, coordinada conjuntamente por la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana y la Dirección de Menores del Ministerio del Interior, busca la recuperación, reflexión y transformación de las prácticas sociales desarrolladas por alumnos de las Escuelas de Formación Integral (EFI) de todo el país, instituciones de enseñanza especial para menores con conductas desajustadas y acciones asociadas a hechos delictivos.

En ese empeño, estudiantes y profesores universitarios realizan talleres de comunicación audiovisual concebidos desde la metodología de la Educación Popular.

“Más allá de desarrollar en los adolescentes habilidades y conocimientos básicos para la realización de materiales audiovisuales a través de los cuales los participantes construyan historias de acuerdo a sus experiencias —explica Aurora Rodríguez, estudiante de Comunicación Social—, Escaramujo trata de generar un proceso educativo, vivencial, emancipador y transformador, que apele a la construcción de un conocimiento colectivo sobre la base del componente afectivo”.

Para Tania del Pino Mas, profesora de la Facultad de Comunicación, los encuentros pudieran diseñarse teniendo como eje cualquier tipo de soporte comunicativo.

“Lo realmente importante es lograr la integración grupal y la motivación de los muchachos. Los diferentes momentos del taller están intencionados de modo tal que fomenten la participación y el trabajo en colectivo, siempre manteniendo como premisa la satisfacción de las expectativas de los participantes y respetando las normas acordadas por todos”.

La idea partió de un taller de comunicación audiovisual realizado con seis alumnos de la EFI José Martí, de La Habana, como parte de una tesis de diploma de la carrera de Periodismo. Gracias a los excelentes resultados investigativos, se decidió ampliar la experiencia a otras escuelas del país. Fue entonces cuando comenzó la segunda etapa, denominada Continuidades, con la implementación de cuatro talleres intensivos durante 15 días en las EFI de Villa Clara, Santiago de Cuba y nuevamente en la capital.

Continuidades: desandando caminos

Diana tiene un fósforo en la mano. Le parece algo tonto decir su nombre, edad, qué le gusta, qué no y cómo ve su futuro antes de que el fuego se apague. Tampoco considera que con 16 años deba estar sentada en círculos con los ojos cerrados imaginando una realidad ficticia y tomando las manos de los otros alumnos como si fueran sus amigos de siempre.

Le resulta extraño que esta vez no le den clases sus profesores habituales. Unos muchachos que bien podrían ser sus hermanos le hablan de la importancia de saber comunicarse de acuerdo a la situación dada. Pero a ella solo le interesa aprender sobre el periodismo, pues la ve como la única oportunidad de sentirse reportera y camarógrafa al mismo tiempo, el resto es solo un juego ridículo que la hace perder el tiempo.

“Las primeras sesiones eran las más difíciles —rememora Karla Domínguez, estudiante de Comunicación Social—. Estábamos muy nerviosos, no sabíamos qué iba a pasar. Los muchachos estaban muy desmotivados, niñas y varones se sentaban por separado según las reglas de la escuela. Ellos lo veían todo como cosa de ’fiñes’ y mostraban muchísimas dificultades para relacionarse entre sí”.

Asimismo, Nadia Herrada, estudiante de Periodismo, narra los momentos más complejos de la experiencia: “Todo era nuevo para nosotras. Por lo tanto, lo primero que intentamos hacer fue convertir aquello que nos resultaba extraño en familiar.

Nos relacionamos con directivos, profesores, instructores, cocineros y auxiliares de limpieza; participamos de las actividades de la EFI como si formáramos parte de su colectivo (y creo que lo fuimos); no dormimos las mañanas a pesar del cansancio de las jornadas anteriores con tal de no perdernos ni un segundo de lo que ocurría allí; teníamos que conocer muy bien la dinámica del centro para lograr una intervención efectiva sin alterar el ritmo propio de la escuela”.

Luego de tres días Diana continua retraída, mas no puede evitar que esas nuevas dinámicas comiencen a agradarle. Todo se trata de una competencia sana entre subgrupos que quieren regalarles a sus compañeros postalitas coloridas, bailes, canciones y muchos besos.

Aunque le cuesta admitirlo, la adolescente se siente diferente cuando asiste al taller, ya ha aprendido de una forma divertida los planos y movimientos de cámara que se utilizan en la televisión. Ella ha decidido, junto a sus compañeros, la elaboración de un noticiero sobre sus vidas en la escuela, y para ello, se han repartido roles de locutores, redactores, camarógrafos y presentadores.

Según la capitana Alina González Morell, psicóloga de la EFI villaclareña Ernesto Guevara, es realmente meritoria la función desarrollada con este tipo de jóvenes caracterizados por mantener un estado anímico muy variable:

“Casi todos nuestros alumnos provienen de familias disfuncionales, son los niños que no asisten a la escuela y comienzan a ser rechazados por los maestros, por sus propios compañeros y por la sociedad toda. De ahí que posean grandes problemas para trabajar en equipo y mantenerse concentrados en una misma tarea durante un tiempo prolongado. Hay que reconocer los buenos resultados con esta forma educativa diferente, matizada con la frescura y la responsabilidad de estos universitarios”.

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