El “silencioso fundador”

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Por Yaíma Puig Meneses

jose_de_la_luz_y_caballeros“Sin manipular en un laboratorio no se aprende Química. Sin un buen profesor que ilustre las materias, no se aclaran ciertos puntos matemáticos. Sin la viva voz del maestro no se pronuncia bien una lengua extraña”, había plasmado alguna vez en un informe.

Se llamaba José de la Luz y Caballero, ilustre educador y mentor de pensadores cubanos con arraigados sentimientos patrióticos, y había muerto en la mañana del 22 de junio de 1862. A su sepelio, según recogen documentos de la época, asistieron unos 500 carruajes y más de 6 mil personas.

“Él había dado a su Patria toda la paciencia de su mansedumbre, todo el vigor de su raciocinio, toda la resignación de su esperanza.” Escribiría José Martí dos años después de la muerte de ese gran  hombre, cuyos postulados y entrega han trascendidos los siglos y marcaron el actuar de generaciones en la Isla.

“¿Qué es la gloria verdadera y útil, sino abnegarse, y con la obra silente y continua tener la hoguera henchida de leños, para la hora de la combustión?”, diría el Apóstol también sobre él en otra ocasión.

Maestro por excelencia y formador de consciencias, engrandeció sobremanera el sentido de la nacionalidad cubana desde su pedagogía, escribió libros de texto y artículos en las publicaciones de la época, así como realizó traducciones y compuso discursos.

El “silencioso fundador”, lo llamaría en algún momento el Héroe Nacional de Cuba, conocedor de cuánto había revolucionado Luz y Caballero en la Isla las ideas cognitivas al poner en práctica en sus enseñanzas el precepto de la experimentación como principio del conocimiento, partiendo de que el hombre conoce a través de las sensaciones. Consolida así la razón frente al escolasticismo y el mecanicismo, dotando a sus alumnos de conocimientos, no en forma de conceptos preconcebidos, sino interpretativos, para estimular el pensamiento.

Para él, la educación se basaba en la activa participación de los alumnos y le confería un papel preponderante a la atención de las necesidades y motivaciones de los niños.

No en vano sería considerado por muchos como uno de los más —sino el más— notable pedagogo cubano del siglo XIX, no solo debido a su método educativo, también por su trascendente papel en la formación de la conciencia y la nacionalidad cubana; de sus aulas egresaron alumnos como Ignacio Agramonte, Juan Clemente Zenea, Manuel Sanguily, Enrique Piñeiro y Rafael María de Mendive.

Tal vez uno de sus textos más sorprendente fue “Aforismos”, compuesto por breves notas que registró durante su vida. “Instruir puede cualquiera, educar solo quien sea un evangelio vivo”, podría decirse que es este el más recordado y conocido por diferentes generaciones de cubanos; en él se sintetizan claramente sus concepciones respecto al magisterio y su papel real en la educación.

“Hombre más que instituciones suelen necesitar los pueblos para tener instituciones, y cuando se necesitan los echa al mundo la providencia”; “Para todo se necesita ciencia y conciencia”; “Antes quisiera ver yo desplomadas, no digo yo las instituciones de los hombres, sino las estrellas todas del firmamento, que ver caer del pecho humano el sentimiento de la justicia, ese sol del mundo moral”; son otras de las máximas que nos ha legado.

En su figura se entrelazan sabiduría, ideología, política, humanismo… Fiel seguidor de las metodologías y doctrinas inculcadas por quien fuera su maestro, el ilustre Félix Varela, jamás cesó en su afán de habituar a sus discípulos a pensar por sí mismos, con lo cual estaba seguro podrían adquirir las verdaderas y necesarias herramientas para convertirse en hombres de pensamiento humanista y profundo, pero sobre todo en hombres de bien.

Cubahora

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