El silencio, el respeto, el dolor

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Por Yuris Nórido

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La partida física de Fidel Castro conmovió al país. Millones de cubanos vivieron hace dos años jornadas de homenaje al líder indiscutible de la Revolución…

La mañana siguiente, después de conocer la noticia, fue luminosa y despejada en La Habana. Pero en una ciudad normalmente ruidosa y ajetreada reinaba ese día un silencio abrumador.

Estuve en el Parque de la Fraternidad, caminé por Reina, llegué a Infanta: en todas partes la gente hablaba bajito, como «digiriendo» la noticia. «Yo sabía que estaba enfermo —comentaba una señora en el portal del Palacio de la Computación—; pero esto me ha cogido de sorpresa. Yo nunca pensé que iba a llegar este día».

Como esa señora, mucha gente. Buena parte de nosotros habíamos nacido y crecido en la Cuba de Fidel. Fidel era una presencia permanente, un referente inmenso. En la Televisión, en los periódicos, en los carteles y vallas… en todas partes su perfil singular, su sonrisa abierta, el gesto sereno…

La voz de Fidel formaba parte esencial de la banda sonora de tantos años, su imagen era emblema, su pensamiento concretaba el de millones. Él fue guía e inspiración, símbolo de rebeldía y justicia.

«Fidel, me lo diste todo», decía un cartel en una ventana. «Gracias Fidel», escribió alguien en su puerta. «¡Fidel está conmigo!», se podía leer en el parabrisas de un automóvil. Sin esperar indicaciones de nadie, la gente comenzó a colgar las banderas cubanas en los balcones y aquí y allá aparecieron retratos del Comandante.

Cerca ya de la Plaza de la Revolución, aquel sábado soleado, una mujer le ponía flores a un busto de José Martí. «Se las pongo al maestro y es como si se las pusiera a su alumno mayor. Esos han sido los dos hombres más grandes que ha tenido Cuba. ¡Ojalá que Fidel descanse bien cerca de Martí!

Ella no lo sabía entonces, pero pronto su aspiración devendría homenaje de todo un pueblo. La última morada del Comandante estaría bien cerca de la del Apóstol, en el lugar más sagrado de la Patria.

Cuba Sí

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