El pasado se rompe en el Kennedy Center

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Por Mauricio Escuela Orozco

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Los intentos por aislar a la cultura cubana se remontan a la época de la colonia, cuando Domingo del Monte y su grupo de intelectuales fueron malmirados y perseguidos, comenzando así una diáspora del arte que tuvo en Heredia a su cantor y en el padre Varela a su mártir quizás más olvidado. Cuba y los Estados Unidos comparten un pasado, resuena, en ambos, la historia de encuentros y desencuentros. Cierto que el poderío del norte intentó ensombrecer la dignidad del sur, pero, ¿acaso no fue en esos estados, donde siempre vivió gente honrada, amante de la libertad, donde hubo un Lincoln?

José Martí, lo vemos en la película de Fernando Pérez, como muchos otros cubanos llevaron el brazalete negro, con motivo del asesinato del presidente que venciera al Sur esclavista y diera el paso trascendental de libertar a los negros. Lo que sucede en el Kennedy Center es la continuidad de ese vínculo, sinergia, intercambio de culturas y trasvase necesarios para que dos países hermanos terminen sus diferencias.

Porque, sí, aunque unos pocos lo quieran transformar en imperio, los Estados Unidos es un país, buena parte de él sureño, latino, mezclado, mestizo hasta la médula, donde hallaron cobijo las más diversas causas justas a contrapelo de muchos de sus plutócratas. José Martí admiró la grandeza de hombres que, como Washington, se retiraron a su finca sin más ambiciones que haber cortado el yugo con el Imperio Británico. Hoy, cubanos y estadounidenses admiran, quizás de soslayo, tras casi sesenta años de distancia, lo bello de ambos imaginarios. Hay en la Habana algo de Nueva York y viceversa, ni nosotros somos una amenaza, ni ellos el monstruo. Las metáforas a veces dañan más que restañar las heridas de la historia.

En el Kennedy Center se fragua lo que será nuestra relación fraterna, no basada en el dinero, sino en el respeto, en el amor, en la dejación de los odios y los fundamentalismos.  Somos los pueblos quienes pedimos vivir más y mejor, los que nos vemos en el espejo de la historia, siendo casi iguales, compuestos por hombres y mujeres que sueñan los mismos sueños.

Fue el presidente Kennedy quien impuso el actual bloqueo contra Cuba, y ¡cosas del destino!, su nombre sirve para romper lo hecho. Aquel tuvo que elegir entre la invasión y un mal menor, pero que devino en freno total para nuestro desarrollo. Algún día se sabrá de veras qué sombras pasaron sobre cubanos y norteamericanos para separar lo que siempre debió unirse. Si en nuestras mentes está la imagen de aquellos marines defenestrando la estatua de José Martí, también debe recordarse la inclinación de Obama con la rosa blanca, los pastores por la paz, la cantidad de gente anónima que viene a vernos y nos sonríe, que quiere coger una guagua o bañarse con un jarrito. Personas sin un puesto en el Congreso, pero que votan por el restablecimiento de relaciones y el respeto a una Cuba soberana y de identidad propia.

A veces uno siente que Estados Unidos fue convertido en imperio a contrapelo de sus propios ciudadanos, Cuba no olvida a las víctimas del Maine y, aunque arrancó el águila imperial, dejó a los ángeles reposando junto a las aguas del malecón. Los criollos peleamos contra los ingleses en 1762 y luego a partir de 1776 estuvimos junto a los bravos que dijeron ¡no más!, a las leyes de un rey que a distancia se reñía con medio mundo, en medio de su manifiesta locura. Aquel Jorge III, dijo de los Estados Unidos cuando aún eran Trece Colonias, que también había chivos que nacían con seis patas.

Nuestro Céspedes, en la primerísima declaración , se inspiró en su Jefferson de “creemos y sostenemos que todos los hombres nacen iguales en derechos”, nosotros, como Martin Luther King, hemos dicho muchas veces “We shall over come!”, y partimos cuando el huracán Katrina como los primeros, porque Louissiana, nuestra Habana del norte, estaba llena de cadáveres, de hombres y mujeres nobles, de un señor que pedía a gritos por una ventana por los médicos cubanos.

A los Estados Unidos lo llamaron chivo de seis patas, pues en el tiempo de los reyes era la primera gran república, a nosotros nos llamaron locos cuando, pequeños, dijimos ¡independencia o muerte!, y muchos tomaron el camino de la muerte o el destierro, o la pobreza, como tantos millonarios cubanos. Algunos terminaron en el frío norte, sin zapatos para el invierno, asistiendo a los discursos de un joven Martí que hablaba con fluidez la lengua inglesa y prometía pan y libertad, y guerra necesaria sólo para ser prósperos. ¿Cómo hubiera encarado el Apóstol el presente?

Lo que sucede en el Kennedy Center es la continuidad de las ideas de aquel que diera tantas arengas y llamara hermanos a los obreros de Nueva York, de ese que está replicado, cayendo, en dos estatuas idénticas en La Habana y la ciudad de las derribadas Torres Gemelas. Cuba no es una amenaza, ni Estados Unidos debe serlo para nosotros. En medio de acústicos contratiempos, el Kennedy Center rompe el silencio.

Cubahora

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