El más martiano de todos los cubanos

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Una generación de jóvenes audaces, liderados por Fidel Castro Ruz, logró derrotar a una de las dictaduras más sangrientas y bien armadas de América Latina. El 1ro. de enero de 1959, desde el parque Céspedes de Santiago de Cuba, el Comandante en Jefe expresaba su compromiso con el pueblo cubano:

«Esta vez, por fortuna para Cuba, la Revolución llegará de verdad al poder. No será como en el 95 que vinieron los americanos y se hicieron dueños de esto. Intervinieron a última hora y después ni siquiera dejaron entrar a Calixto García que había peleado durante 30 años, no quisieron que entrara en Santiago de Cuba. No será como en el 33 que cuando el pueblo empezó a creer que una Revolución se estaba haciendo, vino el señor Batista, traicionó la Revolución, se apoderó del poder e instauró una dictadura por 11 años. No será como en el 44, año en que las multitudes se enardecieron creyendo que al fin el pueblo había llegado al poder, y los que llegaron al poder fueron los ladrones. Ni ladrones, ni traidores, ni intervencionistas. Esta vez sí que es la Revolución».

La dictadura batistiana había provocado al pueblo cubano alrededor de 20 000 muertos caídos en combate heroico, despilfarrado más de 2 000 millones de pesos y dejado una deuda pública de unos 1 000 millones. El panorama social era bastante complejo: un millón de analfabetos, 600 000 niños sin escuela y 10 000 maestros sin empleo. En todo el país había 95 hospitales, uno de ellos en el campo.

Solo una «Revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes» podía hacer frente a aquella crítica situación, agudizada por la dependencia y subordinación al gobierno de Estados Unidos. El triunfo revolucionario rompió el modelo neocolonial que se había instaurado durante más de medio siglo en el país y constituyó un duro golpe a la geopolítica imperial, que vio afectada por primera vez en la historia su hegemonía en América Latina y el Caribe. Habían perdido su apetecida «fruta madura».

Fidel logró materializar las ideas del autor intelectual del Moncada «de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América».

Desde la Sierra Maestra sabía que ese sería su «destino verdadero». En la carta que le escribió a Celia Sánchez, su abnegada compañera de lucha, el 5 de junio de 1958, dejó constancia del futuro que le deparaba como revolucionario:
«Al ver los cohetes que tiraron en casa de Mario, me he jurado que los americanos van a pagar bien caro lo que están haciendo. Cuando esta guerra se acabe, empezará para mí una guerra mucho más larga y grande: la guerra que voy a echar contra ellos. Me doy cuenta que ese va a ser mi destino verdadero».

A 90 millas de sus costas, el Comandante en Jefe tuvo que enfrentar con inteligencia a diez gobiernos estadounidenses, presididos por Eisenhower, Kennedy, Johnson, Nixon, Ford, Carter, Reagan, H. Bush, Clinton y W. Bush. Todos sin excepción intentaron destruir la Revolución Cubana y emplearon las más diversas tácticas para conseguir sus propósitos.

No existe ninguna otra nación en la historia que haya resistido durante casi 60 años a las agresiones de una potencia tan poderosa como Estados Unidos, en su obsesión de reconquistarla. Para ello han aplicado combinaciones de métodos, desde los más agresivos hasta los más sutiles: realización de acciones de sabotajes; organización de atentados contra sus principales dirigentes; aplicación de un bloqueo económico, comercial y financiero; aislamiento político internacional y regional; ruptura de las relaciones diplomáticas; creación y apoyo a bandas armadas; transmisiones radiales y televisivas ilegales; intromisión en los asuntos internos y ejecución de programas subversivos; además han mantenido el territorio ilegalmente ocupado por la Base Naval en Guantánamo.

A pesar de tanta hostilidad hacia Cuba y sobrevivir a 638 planes de atentado, Fidel siempre apostó por el diálogo y el mejoramiento de las relaciones con Estados Unidos. Se reunía con frecuencia con personalidades estadounidenses vinculadas a la política y la cultura, con senadores, congresistas, gobernadores, artistas y periodistas. Encantaba a todos por su cortesía y amplia cultura. Conversaba sobre diversos temas, defendía sus ideas con firmeza y trataba con respeto al pueblo norteamericano.

Sobran los ejemplos que ilustran que el Comandante en Jefe nunca inculcó ningún tipo de odio contra los estadounidenses. Al ofrecer las condolencias y ayuda a Estados Unidos por los ataques terroristas del 11 de septiembre del 2001, ratificó la posición que siempre asumió hacia el pueblo norteamericano:

«Hoy es un día de tragedia para Estados Unidos. Ustedes saben bien que aquí jamás se ha sembrado odio contra el pueblo norteamericano. Quizá, precisamente por su cultura y por su falta de complejos, al sentirse plenamente libre, con Patria y sin amo, Cuba sea el país donde se trate con más respeto a los ciudadanos norteamericanos. Nunca hemos predicado ningún género de odios nacionales, ni cosas parecidas al fanatismo, por eso somos tan fuertes, porque basamos nuestra conducta en principios y en ideas, y tratamos con gran respeto –y ellos se percatan de eso– a cada ciudadano norteamericano que visita a nuestro país».

Su figura universal trasciende fronteras, creencias e ideologías. Empleó todas sus energías para combatir la geopolítica imperial contra Nuestra América, y fue un incansable luchador por la unidad e integración de todas las naciones al sur del Río Bravo. Contribuyó con modestia al despertar de sus pueblos que llevaron a la presidencia a hombres y mujeres con posiciones revolucionarias y progresistas.

Gracias a sus esfuerzos ocurrió un cambio de época en América Latina y el Caribe a fines del siglo XX. Se logró derrotar el principal proyecto estratégico de dominación para el siglo XXI, denominado «Área de Libre Comercio para las Américas» (ALCA). Junto a otro gigante de la historia contemporánea, el Comandante Hugo Chávez Frías, también alcanzó concretar el primer mecanismo de integración basado en la cooperación y solidaridad, para satisfacer las necesidades y anhelos de los países latinoamericanos y caribeños: la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América-Tratado de Comercio de los Pueblos (ALBA-TCP). Se priorizaron múltiples programas sociales, los cuales permitieron que millones de personas salieran de la extrema pobreza, se alfabetizaran y recuperaran la dignidad como seres humanos.

Fidel siempre estuvo en la primera línea de combate, desde su puesto de Comandante en Jefe hasta soldado de las ideas.

Así se le recuerda en Cuba y el mundo, con su uniforme verde olivo, con guayabera o traje, defendiendo a los desposeídos, practicando deporte, dialogando, debatiendo, escuchando con atención, y quizá sin proponérselo consolidando la formación de la nación cubana y de la Patria Grande, soñada por los Libertadores.

Casi el 80 % de la población cubana actual nació y creció después del triunfo revolucionario, con Fidel siempre al frente, lo que explica el dolor que se sintió hace solo un año con su pérdida física. De todos los rincones del planeta se recibieron millones de mensajes de condolencias y muestras de cariño, solidaridad y admiración por Fidel.

Millones de cubanos rindieron homenaje a su máximo líder y más de siete millones firmaron el solemne juramento de cumplir el concepto de Revolución, como expresión de la voluntad de dar continuidad a sus ideas y al socialismo. Fidel sigue invicto y dejó una huella indeleble en el pueblo cubano, consciente de que «Revolución es luchar con audacia, inteligencia y realismo». De ahí que se hicieron realidad sus premonitorias palabras al llegar a La Habana, el 8 de enero de 1959, luego del triunfo revolucionario:

«Sé, además, que nunca más en nuestras vidas volveremos a presenciar una muchedumbre semejante, excepto en otra ocasión –en que estoy seguro de que se van a volver a reunir las muchedumbres–, y es el día en que muramos, porque nosotros, cuando nos tengan que llevar a la tumba, ese día, se volverá a reunir tanta gente como hoy, porque nosotros ¡jamás defraudaremos a nuestro pueblo!».

Y así fue, las imágenes por toda Cuba de hace un año lo reafirmaron, porque Fidel nunca defraudó a su pueblo. Siempre estuvo junto a él en los momentos más difíciles; de mayores riesgos; de agresiones y amenazas; de sueños y esperanzas; en la construcción de una sociedad más justa «por todos y para el bien de todos»; de lograr una nación independiente y soberana; de sembrar una conciencia revolucionaria y antimperialista; de confiar en los jóvenes; y en forjar un país de hombres y mujeres de pensamiento y acción, con la convicción que «ser cultos es el único modo de ser libres».

En una magistral síntesis, en conmemoración del aniversario 45 del desembarco de los expedicionarios del Granma, su hermano de sangre, luchas y victorias, el General de Ejército Raúl Castro Ruz, definió al líder histórico de la Revolución Cubana:

«Fidel es como el Martí de hoy, el Maceo de hoy, el Mella de hoy. No me refiero a las personalidades que siempre son únicas e irrepetibles, por lo que carecen de sentido las comparaciones; hablo del papel que le ha tocado desempeñar en los últimos 50 años. Ha sabido aprender de nuestra historia y actuar con similar talento político y capacidad organizativa que el artífice del Partido Revolucionario Cubano y la Guerra Necesaria; rescatar para estos tiempos, también difíciles, peligrosos y complejos, la intransigencia de Baraguá y el genio militar del Titán de Bronce; trasladar a las actuales circunstancias las ideas avanzadas y el dinamismo del fundador de la FEU y del primer partido marxista-leninista».

Ante los retos y desafíos actuales para los pueblos revolucionarios y progresistas del mundo, el pensamiento del Comandante en Jefe resulta imprescindible. Las semillas sembradas por nuestros mayores han germinado y recogido sus mejores frutos en el heroico pueblo cubano. Las presentes y futuras generaciones, guiadas por el más fidelista de los cubanos, Raúl, tendrán la responsabilidad de seguir forjando la Patria, preservar las conquistas alcanzadas e implementar las transformaciones necesarias para seguir adelante.

Convirtamos la tristeza que habita en las almas de los cubanos en reflexión, unidad y reafirmación revolucionaria. Que nada ni nadie nos quite el sueño de continuar construyendo una nación soberana, independiente, socialista, democrática, próspera y sostenible. Será la mejor manera que los agradecidos podemos homenajear al más martiano de todos los cubanos.

Granma

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