El general Ramón #Leocadio Bonachea y la Protesta de Hornos de Cal

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Raúl Rodríguez La O

En las luchas revolucionarias por la independencia absoluta de Cuba contra sus opresores es necesario destacar siempre la im­portancia y trascendencia que tuvo y aún tiene cada vez más la viril e histórica Protesta de Baraguá, protagonizada por el ge­neral Antonio Maceo el 15 de marzo de 1878, al rechazar re­sueltamente el Pacto del Zanjón firmado en Camagüey el 10 de febrero de ese mismo año.

Sin embargo, no sería justo ignorar y dejar de reconocer en toda su dimensión la digna y valiente actitud asumida en Las Vi­llas tras los acuerdos del Zanjón por el entonces teniente co­ronel Ramón Leocadio Bonachea Hernández. Este, nacido en la ciudad de Santa Clara el 9 de diciembre de 1845, se alzó en Ca­magüey en los días posteriores al 10 de octubre de 1868 y también rechazó dicho deshonroso pacto.

Continuó combatiendo con su heroico destacamento y fue perseguido y acosado por más de 20 000 soldados españoles durante 13 meses más, hasta que obligado por las adversas circunstancias y siguiendo el consejo honesto del general Serafín Sánchez Valdivia y otros patriotas que temían su asesinato, depuso las armas mediante la Protesta de Hornos de Cal, el 15 de abril de 1879, cerca del poblado de Jarao, Sancti Spí­ritus.

Con dicha Pro­testa manifestó su oposición decidida al Pacto del Zanjón y su firme disposición, a seguir la lucha en otra oportunidad hasta alcanzar la total independencia de la Isla.

Era necesario salvar los principios, la honra y dignidad de los cubanos, y así lo proclamó Bonachea:

“Acta. En el lugar denominado Hornos de Cal, inmediato al poblado del Jarao, a 15 de abril de 1879, el general cubano Ra­món Leocadio Bonachea reunió en su presencia a los jefes, oficiales y demás patriotas que hasta la fecha han estado sirviendo a sus órdenes, y les dirigió la palabra haciéndoles presente que cuando a principios del año próximo pasado tuvo conocimiento de las estipulaciones hechas en el Zanjón, no las aceptó por considerarlas perjudiciales para el país, y porque mantenía la creencia de que no contentos los habitantes en su generalidad con la dominación española ni con la preponderancia que en virtud de ella habían de ejercer en los pueblos de Cuba los hombres procedentes de la Península y especialmente los mi­litares y empleados, pronto se reunirían a su alrededor pa­triotas en nú­mero suficiente, y se organizarían fuerzas más o menos numerosas que harían recobrar a la Revolución la pu­janza de sus mejores tiempos.

En tal concepto e inspirado sólo por su amor a la patria, continuó luchando por la libertad e independencia de ella, arrostrando todos los peligros y dificultades consiguientes al aislamiento a que había quedado reducido después de verificadas las mencionadas estipulaciones (…) ha creído conveniente y beneficioso para el país deponer las armas, abandonar la actitud hostil y retirarse de la Isla con aquellos de sus compañeros que así lo deseen, pudiendo los demás tornar a sus hogares, aprovechando las palabras, las promesas y la buena fe del gobierno, que se muestra dispuesto a dar a todos acogida y protección franca; con la cual aspira a que, restablecida la tranquilidad en el territorio, puedan sus conciudadanos dedicarse a la reconstrucción de sus fincas (…).

Declara en consecuencia, que sus intenciones son conforme a las explicaciones aquí contenidas, y que su resolución de dejar las armas y retirarse obedece solamente al deseo de no interrumpir la reconstrucción del país sin beneficio alguno para la causa de su independencia, bajo la inteligencia de que de ninguna manera ha capitulado con el gobierno español, ni con sus autoridades, ni agentes, ni se ha acogido al convenio celebrado en Zanjón, ni con éste se halla conforme bajo ningún concepto”.

Este patriótico texto fue finalmente firmado por Bonachea y otros de sus compañeros, entre ellos, el general Serafín Sán­chez Valdivia.
De este modo salió de Cuba en ese propio mes de abril rum­bo a Jamaica —luego de exigir por cuestión de honor una certificación donde se hiciera constar que no había aceptado dinero de las autoridades españolas—, con su esposa Victoria Sar­duy y las dos hijas pequeñas nacidas en la manigua, junto a otros combatientes que lo acompañaron al exilio y que habían luchado a su lado durante ese difícil periodo posterior al Zanjón y a la Protesta de Baraguá.

Tan pronto llegó a la capital jamaicana se incorporó a los preparativos de la Guerra Chiquita, encabezados por el general Ca­lixto García Íñiguez, quien conociendo su abnegada resistencia en el periodo ya mencionado posterior al Zanjón, lo había as­cendido a General de Brigada y luego de División, aunque Bo­nachea nunca recibió esos ascensos que tanto lo hubieran estimulado, ya que los hombres que en la Isla lo combatían y veían con malos ojos su ejemplar e intransigente conducta revolucionaria, no se lo habían informado. Fue solo entonces que recibió personalmente dichos ascensos con la firma de Calixto García en nombre del Comité Revolucionario Cubano de Nueva York.

Bonachea no pudo incorporarse a ese nuevo intento por li­berar a Cuba de España. Pero como era un hombre de honor, leal a los principios y a la palabra empeñada, no descansó un minuto en los preparativos de una expedición para volver a combatir por la independencia de Cuba. Desarrolló una intensa labor de propaganda y agitación política en la prensa, mientras recorría diferentes países con el objetivo de recaudar fondos pa­ra comprar armamentos, municiones y todo lo necesario a favor de la unidad de los independentistas cubanos, ra­zón por la cual fue blanco de una intensa y sistemática actividad de es­pionaje por parte de las autoridades españolas y de la Agencia Pinkerton norteamericana, que conociendo sus cualidades, pen­samiento y capacidad organizativa, no le perdían la pista, según decenas de documentos en poder del autor, localizados en el Archivo Histórico Nacional de Madrid y que se pueden con­sultar en su libro Ramón Leocadio Bonachea y la independencia de Cu­ba, Editorial de Ciencias Sociales, La Ha­bana, 2007.

Luego de vencer enormes dificultades de todo tipo y burlar constantemente a los espías y agentes españoles que lo perseguían, se trasladó hacia la República Dominicana, de donde tu­vo que dirigirse a Jamaica por presión del presidente Ulises Heu­reaux (Lilís), quien en coordinación con el Capitán Ge­ne­ral de Cuba, trató de impedir sus actividades independentistas. Por fin, desde el muelle de Montego Bay, en Jamaica, pudo salir ha­cia Cuba en la madrugada del 30 de noviembre de 1884 a bordo del “Roncador” acompañado por 14 expedicionarios, entre ellos  cuatro marinos griegos.

El objetivo era desembarcar por la parte central de la Isla, pero los vientos arrastraron la embarcación y fueron a parar a Las Coloradas, en Belic, Niquero, el 2 de diciembre del mismo año. Fueron delatados y capturados en alta mar el día 3, cuando intentaban reembarcarse hacia su verdadero objetivo. Los trasladaron a Manzanillo, y de allí a San­tiago de Cu­ba, donde fueron sometidos a un juicio sumario en el cual condenaron a Bonachea y cuatro más a ser pasados por las armas y al resto a condenas de 15 y 20 años de prisión.

El 7 de marzo de 1885 se cumplió la sentencia de muerte por fusilamiento en la explanada del Morro de Santiago de Cuba. En el Retablo de los Héroes, en el Cementerio Santa Ifigenia de dicha ciudad, reposan los restos mortales del general Ramón Leo­cadio Bo­nachea y sus cuatro compañeros junto a los de los generales José Ma­ceo, Guil­lermón Moncada, Flor Crombet y otros tan­tos distinguidos pa­triotas.

Un día antes de ser fusilados, Bonachea dirigió una digna carta a Fernando Figueredo Socarrás y José Dolores Poyo, en la cual podemos leer, entre otras cosas:

“Condenado a última pena vuestro amigo y hermano entregará su alma al creador mañana a las 8; muero con la gran fe del cristiano, con la resignación y el valor que debe morir todo hombre digno y mucho más por lo que es.

“Cuando salí de Jamaica fue en convalecencia de una gran en­fermedad (…) Aún continúo enfermo, pero esto no quita para que en esta hora esté con todo el vigor del hombre digno. Me acompañan a la tumba Plutarco Estrada, Pedro Cestero, Ce­deño y Oro­pesa; los demás habían salido a presidio (…) Yo mue­ro tranquilo con respecto al pan que necesitan mi señora y sus 4 niños. Confío en que mis amigos y hermanos del heroico Cayo, me la consuelen y me la ayuden sobre todo en la educación de mis hijos (…)”

No había cumplido 40 años Bonachea, intransigente en su Protesta, incansable en su lucha por la libertad, digno y entero ante el pelotón de fusilamiento, consecuente siempre con sus principios. Su vida y el ejemplo que dio merecen ser más conocidos entre nosotros.

Tomado de Granma

http://www.granma.cu/cuba/2015-04-14/el-general-ramon-leocadio-bonachea-y-la-protesta-de-hornos-de-cal

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