El efecto #Obama

Lea más de: , , , ,

Luego de casi noventa años llegó a Cuba, este 21 de marzo, un presidente de los EE.UU. Coincidentemente ese día, 127 años atrás, desde Nueva York José Martí publicaba “Vindicación de Cuba”, una declaración de principios ante la campaña de desprestigio de la realidad y los valores de los cubanos que tenía lugar en los medios de comunicación norteamericanos. Desde ellos se atacaba la integridad, la resistencia y la justeza de la causa mambisa, se describía un pueblo de “vagabundos y miserables” en medio de la preparación para la guerra necesaria. Otro texto: “La verdad sobre los Estados Unidos”, también martiano y que no fue de los citados por Obama durante su visita a Cuba, vio la luz hace 122 años. Publicado en el periódico Patria, este artículo podría servirnos como guía facilitadora para un profundo análisis crítico de los no “casuales” mensajes que han ido adornando la melodía sediciosa que acompaña las palabras del presidente.

Solo 34 días transcurrieron desde los anuncios de Raúl y Obama, el 17 de diciembre de 2014, para que el 21 de enero de 2015 el presidente estadounidense pidiera al Congreso que se trabajara por poner fin al bloqueo y abogara por el cierre de la cárcel ilegal de Guantánamo. Sin duda alguna, un cambio importante en su política si tenemos en cuenta que, durante la campaña por su primer mandato, las posiciones asumidas por la maquinaria electoral referían que el tema Cuba no ocuparía un peso en la agenda de política exterior del mandatario. Entonces, ¿qué cambió?

En el ya mencionado pedido al Congreso, Obama enfatizaba: “…cuando uno hace algo que no funciona durante 50 años es hora de probar algo nuevo, (…) nuestro cambio de política hacia Cuba tiene el potencial para terminar con un legado de desconfianza en nuestro hemisferio…”; una recurrente idea, presente también en sus palabras del llamado 17D. Con su solicitud respaldaba, además, la declarada “política de compromiso” en la cual el intercambio “pueblo a pueblo” se revelaba como catalizador de un cambio en la Isla a partir de la acción multiplicadora en el orden cultural y, por ende, ideológico de miles de norteamericanos caminando en nuestras calles.

En la histórica Cumbre de las Américas, en abril del 2015, en Panamá, se encontraron los mandatarios de la Cuba revolucionaria y de EE.UU. Latinoamérica alzó su voz con estremecedores discursos que reconocían lo acontecido como un resultado de la gran victoria del pueblo cubano por su resistencia durante 50 años; y con la ovación a las esclarecedoras palabras de Raúl, sellaría el respaldo regional a la posición asumida por Cuba. Se interponía nuevamente una barrera para la reinserción del norteño vecino en los asuntos de la región y se demostraba la imposibilidad de aplicar cínicamente, en los nuevos escenarios, la política de la “zanahoria y el garrote”, sin que ello implicara la resistencia de los latinoamericanos. En el propio abril de 2015, la jauría anticubana de Miami demuestra la intolerancia política hacia los nuevos contextos y sus fieles servidores de la construida y ridícula contrarrevolución en la Isla se manifiestan reconociendo su derrota; ante la eliminación de Cuba de la lista de países terroristas. Más o menos por ese tiempo, las encuestas en los principales medios de prensa de los EE.UU. demuestran el amplio apoyo al giro actual de las políticas de Obama y por si no bastara, el periódico The New York Times sitúa a Cuba en el lugar dos entre los 50 países más atractivos para visitar.

Luego de varias rondas de conversaciones, medidas adoptadas por la Casa Blanca, diálogos regulatorios, memorándum de entendimiento etc., el 25 de febrero de 2016, catorce meses después del 17D, fue multada la compañía estadounidense Halliburton por violar las regulaciones y trabajar con Cuba, lo que desmonta el mensaje triunfalista de Obama y muestra la hostigante y cotidiana presencia del bloqueo. Una semana antes de la llegada del mandatario, el cuarto anuncio de medidas que realiza el Gobierno norteamericano se dirige a la “trasformación” de las relaciones comerciales, al “empoderamiento del pueblo cubano” y marcan una distancia particular entre el apoyo al sector empresarial cooperativo, privado y estatal en el país.

Resulta evidente que estas medidas, que, en algunos casos amplían el alcance de las que se habían adoptado antes, desconocen y limitan el efecto multiplicador que brinda el sistema estatal para la atención a las mayorías sociales en Cuba y su acceso a las principales conquistas que ha reconocido Obama en su visita. Por otro lado, para minar la unidad se insiste en colocar una cuña entre los roles que ambos frentes asumen en el entorno económico cubano y que han sido descritos dentro de la actualización de nuestro modelo socialista. De manera resumida, los cambios reales en la política de EE.UU. hacia Cuba, y no los publicitados dentro de la inteligente palabrería del presidente norteamericano, han sido parciales y todavía vulnerables en el tiempo, se ha querido dar la impresión de “voltear la hoja”, cuando en realidad, en la práctica se ha hecho bien poco.

Por suerte, nuestros medios no se han hecho totalmente parte de todo el despliegue sensacionalista que ha caracterizado como es costumbre la visita de la familia presidencial, en este especial caso a la isla caribeña. Salvo algunos razonamientos incompletos, preguntas algo superficiales y temerosas de llamar las cosas por su nombre, ha sido una buena cobertura. El imponente show, resultado de un componente monolítico, entre espectáculo y formas de hacer política —que por estos días vuelve a tener a Obama como protagonista— demuestra los ya denunciados modelos, que, alejados de lo tradicional y de lo honesto, sitúan una nueva realidad a la que no nos hemos adaptado los cubanos y que se dirige al alejamiento de lo esencial, al entretenimiento y a la manipulación de la conciencia de los que somos sus receptores. Lo más complejo, en lo adelante, será velar al decir de Martí: “el excesivo amor al Norte, la expresión, explicable e imprudente de un deseo de progreso tan vivaz y fogoso, que no ve que las ideas, como los árboles, han de venir de larga raíz, y de ser de suelo afín, para que prendan y prosperen”.

Tras la novedosa semántica de los términos, la extraordinariamente buena retórica del presidente, la semiótica de cada signo que emplea en la comunicación, su entrenamiento para lucir y posar ante cámaras de los periodistas, no han sido pocos los cubanos que han quedado aturdidos y han sucumbido ante la nueva sinfonía política que Obama ha estrenado durante su visita. No ha atacado “groseramente” al Gobierno de la Isla, ni ha cuestionado nuestro sistema político; pero, en cambio, lo ha comparado con el norteamericano, planteando en torno a ello algunas cuestiones en las que creen los estadounidenses. El mandatario lo ha enfocado como un problema de honestidad, utilizando calculadamente un pensamiento martiano. Con ello ha dejado de reconocer la totalidad del ideario del hombre que supo ver, antes que otros, el peligro que cernía el creciente imperio sobre Nuestra América.

Oportunistamente y coqueteando con el símbolo político cubano —en español claro y contundente— ha llamado a la sociedad civil a “superar las barreras”, ofreciendo un “saludo de paz”, antecedido por la mención tampoco casual del poema “Cultivo una rosa blanca” de nuestro Héroe Nacional.

Barack Obama se ha cuidado de mostrar el brillo de un barniz, que aparenta profundos conocimientos sobre el desarrollo da la vida de los cubanos; pero ha descuidado en su estrategia seductora, la testaruda picardía que poseemos como parte de nuestra idiosincrasia, suficiente para descubrir la tentación, incluso, cuando viene acompañada del más fino humor criollo. No deja de asombrar que el mandatario, dentro de sus sesiones de preparación para esta visita haya obviado información relevante sobre muchos temas importantes, entre ellos los declarados por Cuba como indispensables para la normalización de relaciones diplomáticas, o las preguntas lanzadas por el canciller cubano el pasado 17 de marzo, que continúan sin respuesta. Sin embargo, destinó parte de su “precioso tiempo” a los más de 2 millones de seguidores que en las redes sociales posee el programa “Vivir del Cuento”, como resaltó durante el foro con empresarios en La Habana.

Son muchos los mensajes inconclusos que aparecen en una relectura de los juicios del mandatario en los espacios a los cuales asistió durante su estancia en el país. Sobresalen entre ideas truncas e inexplicadas, el hecho de declarar que “el destino de Cuba no va ser decidido ni por EE.UU., ni otra nación” y tres líneas después referir que “haciendo lo que hacemos alrededor del mundo, he dejado claro que los EE.UU. van a continuar pronunciándose a favor de la democracia incluyendo el derecho del pueblo cubano a decidir su futuro”. O más adelante, al enfocar al tráfico ilegal de personas, que calificó de “violación flagrante de los derechos humanos”, omitir por qué no es eliminada la “Ley de Ajuste Cubano”, o el “Programa Parole” que alienta la emigración ilegal de los cubanos.

Por otra parte, al responder al emplazamiento hecho por el Gobierno de la Isla sobre el tema Venezuela, el presidente enfocó que a todos “nos interesa un país que responde a las aspiraciones de su pueblo y aporta a la estabilización de la región, ese es un interés que todos debemos compartir”. Ninguno de los elementos trasciende en aspectos lacerantes de la seguridad nacional de los Estados Unidos, por tanto, cabe entonces preguntarse: ¿qué objetivo se persigue al prorrogar por un año la vigencia de la arbitraria y agresiva orden ejecutiva 13692 de 2015 que declaró “emergencia nacional” por considerar que Venezuela constituye una amenaza” inusual y extraordinaria para la seguridad nacional y la política exterior de los EE.UU.”?

Muchos cubanos esperamos las respuestas “honestas” en esta dirección, o sobre otros temas como las millonarias sumas que continúan aprobándose para planes subversivos encaminados a la desestabilización interna ya no solo de Cuba sino de otros países.

Las palabras dirigidas al foro empresarial y a la sociedad civil apuntan al deslumbramiento con el ya gastado “sueño americano”, realmente pesadilla para no pocos de los habitantes de ese país. También lo son los términos “emprendedor”, para sustituir cuentapropista; votantes, para sustituir electores; capacitación e infraestructura comunicacional, para opacar la imposibilidad de Cuba a conectarse al tendido de cables submarinos cuando al resto de los países del área se le generan estas facilidades; así como el llamado a la unidad mundial contra el terrorismo, para disfrazar la responsabilidad de los distintos gobiernos norteños, incluyendo el suyo, en el fomento de la violencia en el planeta y los conflictos armados, que se han profundizado producto a la escalada belicista posterior a los atentados del 11 de septiembre.

Obama ha reconocido que todos somos americanos, algo que forma parte de un trillado discurso que no se acompaña en la práctica hegemónica, geopolítica e imperial de su administración y dedicó palabras a dibujar algunos de los lazos culturales que nos unen como pueblos. Con visión reduccionista u oportunista —quizás ambas— no ha hecho alusión al desarrollo desigual de las dos Américas, acentuado en el último siglo por las políticas que sucesivamente han puesto a la región como traspatio del norte y han bloqueado mediante el saqueo y la neocolonización el verdadero camino hacia el progreso. Tampoco advierte en su lógica las probadas diferencias entre los modelos colonizadores provenientes de Inglaterra y España, sobre todo este último, que singulariza la deformación estructural de nuestras economías, profundizadas por la doctrina neoliberal en los últimos tiempos.

Se ha cuidado de no pronunciar muy seguido el término cubanoamericanos y con historias de vida que provienen de una trágica narrativa, profundiza en la necesidad de la “reconciliación nacional” para luego elevar el ego de los criollos al defender que, por la inteligencia del cubano, “los cambios han de venir desde adentro” y que en esa dirección EE.UU. contribuirá como “aliado y amigo”.

Acentúa el respaldo del pueblo norteamericano, recibido por generaciones de revolucionarios cubanos; pero no es de su interés mencionar el espaldarazo a cada intento independentista por parte de los diferentes gobiernos. Omite las reiteradas campañas de difamación en la prensa estadounidense sobre las realidades cubanas, no señala tampoco ninguna de las probadas intervenciones de la inteligencia estadounidense y los círculos de poder en la frustración de varios de los más importantes intentos independentistas de la historia de la nación caribeña. Refiere que con su visita pretende dejar atrás los últimos vestigios de la guerra fría en las Américas; al tiempo que alienta y diseña —junto a sus agencias especializadas— los intentos de desestabilización de varios países en la región, que desmienten abiertamente esta postura y reaniman el nunca abandonado Plan Cóndor.

¿A qué juega Obama?, debiéramos preguntarnos todos. Con excepción del bloqueo, ¿dónde quedaron en sus declaraciones los temas que han señalado el pueblo cubano y sus legítimos representantes como determinantes para avanzar en la normalización de las relaciones diplomáticas? Parafraseando a Martí en el mencionado artículo: “La verdad sobre los Estados Unidos”, lo que promueve Obama no es más que un culto abierto a la yanquimanía, para evitar que los cubanos opinen, con asomos de razón, sobre la república codiciosa, y la sensualidad creciente de los EE.UU.

“Un buen oído oye en la sombra los pasos de los tejedores silenciosos” —advertía el Apóstol en el “Remedio anexionista”. Como ha señalado Esteban Morales: “Cuba continúa estando dentro del proyecto de expansión imperial de los Estados Unidos y ahora la Isla, con las condiciones que ha logrado crear en el orden material y cultural, en más de cincuenta años, sumado a sus condiciones naturales, incluso mejoradas, resulta como nunca antes, un ´estado holgura´ de esa expansión norteamericana. Ese proyecto nunca ha sido abandonado por los sectores de poder en los Estados Unidos y es compartido por muchos ciudadanos norteamericanos y también por algunos cubanos de aquí y de allá, que lo ven con la mayor naturalidad”.

 No se trata de optar por el pesimismo, ni dar la espalda a la oportunidad que significa avanzar en la actualización del modelo económico y social sin las ataduras que siguen existiendo hoy. Tampoco negarnos al intercambio entre pueblos y gobiernos sobre la base del respeto mutuo. La clave está en no desconocer la fortaleza que acompaña a nuestras conquistas como nación, no descansar en la voluntad al decir del poeta de “empujar un país”; en entender que este momento fruto de la intransigencia y la testaruda resistencia de los cubanos dignos, impone también la defensa de los principios y de la historia, ante un reiterado llamado, para nada ingenuo, de no quedar atrapados en el pasado.

Tomado de AHS

http://www.ahs.cu/el-efecto-obama/

Hacer un comentario

Este sitio se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, que estén fuera de contexto o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social. Recomendamos brevedad en sus planteamientos. Todos los campos son obligatorios.