El desquite III (Final)

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Por: Jorge Wejebe Cobo

reclutaba generalmente a sus presuntos agentes cubanos en lujosos hoteles de Europa y Canadá, para lo cual montaba una cuidadosa escenografía con el fin de impresionar a los “conspiradores”. Los oficiales reclutadores solicitaban que sirvieran los más sofisticados platos y bebidas y prometían un futuro promisorio a sus nuevas captaciones. Les daban palmadas en el hombro y con un brindis sellaban los tratos que eran filmados en secreto.

Aunque no siempre se ciñeron a esos esquemas. Un especialista en temas del Movimiento de Países No alineados fue abordado en Nueva Delhi, India, en 1983 de una forma original y posiblemente única. Su vecino, un natural del país, empleado de una firma norteamericana, se esmeró en ganarse la amistad del cubano a quien visitaba acompañado de su inseparable mascota: un perro pastor alemán, al cual le prodigaba un gran cariño y atención.

Una noche acudió a su casa llorando y le pidió ayuda para abrir una fosa en el patio de su residencia para enterrar a su perro. En medio de la noche, mientras cavaban la tumba, el indio dejo de llorar y le expresó al agente cubano que un funcionario de la embajada norteamericana en la India le tenía una propuesta y lo invitaba a asistir a un complejo residencial de esa sede, con las máximas garantías de seguridad.

Pocos días después el colaborador se convertía en otro de los dobles agentes cubanos que alcanzaban su meta. Nunca se determinó si la muerte del can fue natural o premeditada.

Durante casi 10 años esas operaciones fueran exitosas y aceleraron el reclutamiento de los prospectos de la CIA, así como la introducción en la Isla de los más modernos equipos de comunicación, producidos por los norteamericanos para el espionaje antes de la era de Internet, en la década de 1980, entre los que se destacó la planta RS 804 con un valor de cerca de un cuarto de millón de dólares, que transmitía vía satélite.

Los oficiales radicados en la Sección de Intereses de EE.UU eran encargados de abastecer con equipos de comunicación, dinero y todo tipo de medios a los agentes reclutados en el exterior. Para esto tenían que escoger los lugares y dejar esos medios enmascarados en falsas piedras, cajas de maderas inservibles, en lugares apartados, como cunetas, bajo puentes, basureros y todo tipo de lugar resguardado y a salvo de miradas indiscretas.

En la práctica casi todo el personal operativo de la Agencia en La Habana durante casi 10 años, desde 1977 y hasta 1987, trabajaba para la atención de casi una treintena de agentes que en realidad eran colaboradores de la contrainteligencia cubana, quienes les fueron presentados como jugosas carnadas a la inteligencia estadounidense, que no tardaba en morder los anzuelos.

Agentes cubanos en el sector de la medicina recibieron la encomienda de buscar información sobre la capacidad de respuesta del sistema de salud cubano ante la aparición de enfermedades contagiosas, como el dengue y la conjuntivitis hemorrágica, meses antes de manifestarse brotes de esos padecimientos en 1982. De la primera enfermedad murieron 111 pacientes, la mayoría niños.

Además la CIA solicitó a otros supuestos agentes que facilitaran la compra y validación de tanques para almacenar amoniaco fuera de los parámetros de seguridad requeridos en sus estructuras y válvulas, lo que hubiera podido producir graves consecuencias por escape de ese gas y provocar el envenenamiento de miles de personas.

El mayor peso de los requisitos iba dirigido a fomentar la guerra económica contra el país, haciendo más efectivo el bloqueo, al identificar proveedores de materias primas, alimentos, tecnología y todo tipo de renglones que Cuba comerciaba con terceros países, principalmente europeos, para aplicar las leyes del embargo o sabotear los productos y tecnologías importadas.

A varios colaboradores relacionados con el tráfico aéreo se les solicitó insistentemente información sobre vuelos oficiales y rutas de dirigentes cubanos, principalmente sobre el líder Fidel Castro en sus viajes al exterior.

Para satisfacer esos requerimientos, la contrainteligencia cubana realizó una cuidadosa labor, entretejiendo una urdimbre hecha a la medida de cada agente con datos falsos o envejecidos, mientras otras informaciones eran verídicas pero de escaso valor.

Un verano caliente
Curtis W. Kamman, un diplomático de 48 años, era en 1987 el Jefe de la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana y el 29 de enero de ese año al final de su misión se encaminaba a una inesperada entrevista convocado por la Cancillería Cubana. Seguramente no pudo dejar de pensar en las febriles actividades de los oficiales de la CIA adscriptos a su personal, pero difícilmente se imaginó la sorpresa que le aguardaba.

Fidel Castro lo recibió y después de los saludos de cortesía le dijo ”Nosotros hemos llegado a la conclusión de lo que más le interesa al Gobierno de Estados Unidos en relación con esta Sección de Intereses, no es una motivación de orden político, es una motivación de orden hostil, es una motivación de inteligencia y si usted quiere lo digo con palabras todavía más precisas: el espionaje.” Y como para evitar un mayor embarazo al diplomático y pérdida de tiempo le solicitó se ahorrara sus justificaciones.

Al parecer todo siguió igual, pero de junio a agosto de 1987 la televisión cubana incorporó una programación, jamás vista en ningún otro país.

En varios capítulos fueron desclasificados agentes que denunciaban el trabajo de la CIA, contaban sus historias como dobles agentes y cada una de sus declaraciones eran acompañadas de filmación secreta de cada uno de los oficiales de la inteligencia norteamericana, sorprendidos dejando equipos de comunicación en carreteras, en lugares apartados para ser utilizados por sus supuestos colaboradores.

Actuaron en ese original, pero verídico serial de espionaje, 89 oficiales de la CIA captados en plena faena, muchos permanentes y otros en tránsito en el país. Sus fotos fueron reproducidas a toda página por la prensa cubana con el historial de cada una de sus acciones secretas.

Ante las denuncias, el Departamento de Estado protestó, pidió seguridad para sus diplomáticos supuestamente calumniados e inundó el mundo con esa versión y limitó la repercusión de la denuncia cubana, ya que contaban con el control casi absoluto de los medios de difusión masiva. Esperaron que fueran expulsados sus diplomáticos del país, como era usual en sus acciones contra el entonces campo socialista y la URSS, para acrecentar la campaña contra la Isla.

Pero la respuesta fue creativa e inesperada.. El gobierno cubano anunció que como los diplomáticos estadounidenses eran agentes desenmascarados, pero ya inútiles, no serían expulsados por lo que se quedaron con las maletas hechas y sin trabajo.

No fueron molestados y posiblemente para evitar el aburrimiento y ocupar su tiempo libre debieron elaborar largos informes explicativos de los fracasos que compartieron con el centro principal de la Agencia en EE.UU, hasta que poco a poco fueron retirados de La Habana, acompañados de una aureola negra de derrota que hacia lo interno prevaleció entre los encargados de trabajar contra la Isla en los servicios especiales norteamericanos.

Según se cuenta, profesores encargados de la formación de los oficiales del espionaje estadounidenses explican el éxito de los servicios de seguridad de la Isla en la década de los ochenta como el mayor golpe recibido por la Agencia desde su fundación en 1947, en el campo del espionaje.

Por segunda vez desde 1961, cuando los miembros de la primera Estación de la CIA, abandonaron el país con el fracaso a cuestas, veinte años después los que consideraron que serían los encargados del desquite de aquel primer fracaso, corrieron igual suerte.

Ha pasado un cuarto de siglo de estos acontecimientos y la oficina de la seguridad cubana que enfrentó la ofensiva de la CIA, en el entorno del Monte Barreto, en el oeste de La Habana, hace años fue desmantelada y solo los iniciados o los veteranos que la integraron y regresan al lugar pueden recordar con nostalgia y orgullo aquellos convulsos años en que, en tan pequeño espacio, convivieron en armonía el amor y la guerra secreta que libraron en defensa de la patria.

(Tomado de: Cuba es surtidor)

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