El desquite (II) Espionaje contra Cuba

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Por: Jorge Wejebe Cobo

La agresividad con que inicio su trabajo la nueva Estación Local de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) establecida en 1977 la llevó al extremo de dividir la sociedad cubana en sectores estratégicos para seleccionar y estudiar a las personas indicadas en esas áreas con el fin de convertirlos en agentes en las esferas de la economía, la política, relaciones internacionales y comerciales con países capitalistas y la URSS, vínculos con los movimientos de liberación en Centroamérica, África y por supuesto que tuvieran acceso a la vida y movimiento de los máximos líderes del país, en especial Fidel Castro.

Los analistas de la agencia tomaron en cuenta errores pasados y abandonaron el sistema de redes de la década de 1960, de tan malos recuerdos a los veteranos porque crecieron fuera de control como clubes de admiradores de la agencia, que casi siempre se mencionaba para ganar más fácilmente a los nuevos colaboradores como prueba de poder con el que se enrolaban, lo cual fue una vía expedita hacia la cúpula de esas organizaciones para los agentes de la seguridad cubana.

Esta nueva etapa contaba con una base informativa altamente automatizada con la caracterización sobre funcionarios, dirigentes, periodistas, académicos y técnicos de todas las especialidades y cualquier cubano que viajaba al extranjero y caía bajo la observación de la CIA o tenían contactos con oficiales encubiertos en el país y eran evaluados como potenciales prospectos a ser contactados, por manifestar algún grado de disgusto con la Revolución o demostrar atracción por la vida fácil u otros indicios de interés.

Es muy posible que los organizadores de estos planes en 1977 hayan descorchado más de una botella de champán y brindado por el éxito de los chicos de la CIA, que volvían a La Habana con nuevas perspectivas, pero posiblemente pocos conserven todavía los corchos en sus vitrinas de trofeos donde se suelen exponer recuerdos de operaciones exitosas.

Amaneceres del Monte Barreto

A pocos kilómetros al oeste de la capital, siguiendo la línea de la costa, se encuentra la zona conocida como Monte Barreto, del que quedaban solo restos de vegetación por donde los primeros rayos del sol iluminan el perfil de espuma blanca de la rompiente de los bajos arrecifes para después difuminarse en tonalidades azules verdosas del mar con el avance de las primeras luces del alba, amaneceres que sorprendieron a generaciones de amantes que escogían el lugar para sus encuentros.

En los alrededores de la zona, en un edificio construido casi sobre el mar y que tuvo sus mejores tiempos, funcionaba una instalación de la contrainteligencia cubana desde la década de 1960.

Allí, un grupo de oficiales habitualmente extendían sus jornadas de trabajo y habían incorporado a su cotidianidad ver esas alboradas desde las desvencijadas ventanas de la otrora lujosa instalación, pero víctimas de la rutina, la mayoría había perdido la capacidad del asombro ante tanta belleza.

Pertenecían a una unidad del contraespionaje encargada de detener la ofensiva de la inteligencia estadounidense que se iniciaba. Fueron escogidos entre los mejores directivos y oficiales, la mayoría veteranos de los primeros años de enfrentamiento a las redes de la CIA y organizaciones contrarrevolucionarias.

Entre sus jefes resaltaba una atractiva mujer de poco menos de 40 años, trigueña de ojos y cabellos negros y a la que pudiera atribuirse algún ancestro árabe, la cual ya era una experimentada oficial que había olido la pólvora en los encuentros con infiltrados y, probablemente, fue la única mujer que sustituyó a su jefe muerto en un enfrentamiento con agentes de la CIA en la década de 1960 en el litoral de la costa norte de La Habana.

Pero también en tiempos más sosegados, ella dedicó años a los estudios universitarios y al análisis de los métodos utilizados por los servicios secretos estadounidenses contra Cuba y participó junto a otros colegas en establecer la estrategia o lo que pudiera llamarse la escuela cubana de contraespionaje para hacer frente a la inteligencia estadunidense y sus aliados. No pudo hacerse mejor selección para ese cargo.

La década de 1980 se iniciaba bajo la amenaza directa de invasión de la administración del Presidente Ronald Reagan, quien consideraba a Cuba la fuente principal de ayuda a los movimientos revolucionarios en Centroamérica, África y a la Nicaragua sandinista.

Frente a esa alternativa, las zonas costeras más vulnerables para desembarcos fueron fortificadas y preparadas para una resistencia popular prolongada, como el resto del país y sin contar con ayuda exterior alguna. Ese era el principio de la Concepción de la Guerra de Todo el Pueblo.

Paralelamente en la guerra secreta que libraban los órganos de seguridad cubanos también se disponían a enfrentar desde hacia tiempo a un desembarco muy diferente, pero no menos letal, con el arribo de los nuevos oficiales de la CIA con fachada de diplomáticos. Del éxito que obtuvieran dependería el avance o no de una escalada contra el país que podría llegar a la agresión armada.

En el edificio del Monte Barreto la contrainteligencia cubana aseguró que los recién llegados encontraran los aparentes colaboradores que buscaban en la cantidad y especificidad requerida, al estilo del más desarrollado marketing. La opción era amplia, ingenieros, médicos, intelectuales, empresarios, funcionarios, economistas, pilotos, periodistas, capitanes de barcos y hasta un empresario extranjero.

Todos con una presunta historia de insatisfacciones y desilusiones políticas que contaron en Cuba y en el exterior, las cuales iban desde las predilecciones por el modo de vida capitalista hasta los más creíbles fundamentos de una naciente desafección al régimen socialista.

Eran tantos, tan diferentes y originales en sus argumentos que fue imposible detectar por los analistas de la CIA el menor indicio de que la contrainteligencia del país llevara una operación de esa envergadura, que según los expertos estadounidense estaba fuera de las posibilidades reales de los cubanos.

Esa aparente realidad dio la luz verde al reclutamiento de los prospectos durante casi 10 años y la introducción en la Isla de los más modernos equipos de comunicación, producidas por los norteamericanos para el espionaje ante de la era de Internet a finales de la década de 1980.

(Tomado de: El Adversario Cubano)

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1 Comentario

Edilberto Sosa Rey. dijo:

El Trabajo Optvo de nuestros organos de la CI ,la inteligencia ect,an potenciado su trabajo y si en aquel comienzo de nuestra revolucion no fue ni ha sido facil para la CIA y sus lacayos sus niveles de penetracion hoy lo veo muy dificil,hoy estamos mas consolidados en la defensa de nuestra revolucion socialista,hemos aprendido a defendernos,traemos los principio de los manbises y el mioncada,la tesis de la sierra y giron,tenemos en nuestros corazones la sangre derramada en otras tierras del mundo eso nos fortalece,junto a nuestro FIDEL y RAUL,elPCC y el pueblo trabajador seguiremos dando la pelea cuba es necesaria para los cubano,un sueño no se trunca,un comentario humilde,tan humilde como el sentimiento de quien le escribe,un comentario,gracias.
Edilberto.

9 septiembre 2012 | 10:31 pm