El desquite (I)

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Por: Jorge Wejebe Cobo

CIA, Agencia Central de Inteligencia. Estados Unidos

Transcurría 1977, y en la Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana, recién instituida en su anterior embajada en un área aledaña al Malecón habanero, personal especializado traído de EE.UU, al igual que todos los materiales de la construcción utilizados rehacían el 5to piso destinado a servir de sede a la nueva Estación Local de la Agencia Central de Inteligencia (CIA).

Las puertas y ventanas del piso fueron blindadas y técnicas de punta protegían los equipos electrónicos de cualquier interferencia exterior. Además, el techo del inmueble se pobló de de antenas y equipos para la intercepción y recepción de mensajes.

El sistema lo completaba una compañía de marines que desde entonces cuida desde el interior, todo el inmueble y especialmente ese piso, solo franqueable a un selecto grupo de funcionarios, de acuerdo con los protocolos para el funcionamiento de la CIA en las embajadas estadounidenses.

Los oficiales designados a la nueva estación, de forma fija o temporal, eran aproximadamente una treintena, entre los que había jóvenes deseosos de iniciar una carrera exitosa y otros veteranos que esperaban un próximo ascenso o concluir su vida profesional.

A pesar de sus peligrosas profesiones, estos espías en Cuba a los mayores peligros a que se podían exponer eran a sufrir un accidente de tránsito, contraer una insolación en Varadero, no tolerar la comida criolla, tener poca tolerancia al ron Havana Club, o involucrarse sentimentalmente con algún o alguna nacional, amores prohibidos para el personal diplomático.

Como el resto de los funcionarios, vivían protegidos por sistemas de alarmas capaces de precisar hasta la entrada de un gato en sus residencias situadas en Miramar, uno de los más selectos barrios de La Habana, tan confortables que causarían envidia a más de un ejecutivo medio en cualquier ciudad norteamericana.

No obstante, la burocracia de la agencia cumplió con exactitud las normas que incluían a Cuba dentro de los países comunistas de riesgo, lo que tenía implícito una superior remuneración para los oficiales. Quienes estaban acostumbrados a los carros automáticos climatizados y con suspensión asistida, en alguna ocasión tuvieron que conducir los Ladas soviéticos de dura dirección y caja de cambios mecánica, desconocidos por varias generaciones de estadounidenses, pero que eran imprescindibles para pasar lo más inadvertidos posible en el tránsito de la Isla.

El retrato de Hitler

No obstante esas dificultades, hay que reconocer que los nuevos oficiales mantuvieron la inspiración por el trabajo. Sus miembros se consideraban el equipo del desquite definitivo por los fracasos de sus precursores de la anterior estación CIA que 20 años atrás, no pudo penetrar y diagnosticar las verdaderas intenciones del movimiento rebelde de Fidel Castro y después del triunfo del primero de 1959 fallaron una y otra vez, en misiones de apoyo a las fuerzas contrarrevolucionarias.

Las primeras redes secretas, organizadas desde 1959 por oficiales con experiencia en el espionaje contra los países socialistas y durante la Segunda Guerra Mundial fueron descubiertas y neutralizadas hasta hacerlas desaparecer por los incipientes servicios especiales cubanos durante los dos años que fueron dirigidas desde la embajada por la CIA y el FBI entre 1959-61.

El descalabro llegó al extremo en 1960 cuando fueron sorprendidos y detenidos tres oficiales con las manos en la masa de yeso con la cual cubrían micrófonos en un local destinado para la agencia de prensa china SINXUA, recientemente establecida en el país.

Un pintoresco caso fue el de William G Friedman un cincuentón oficial del FBI establecido bajo el manto de Agregado Legal Auxiliar, que también fue detenido junto a otro colega mientras instruían a un grupo de contrarrevolucionarios a los que dirigía y apoyaba para misiones terroristas como si se tratara de su equipo de pelota particular.

Entre las pertenencias de Friedman, ocupadas en un almacén de una firma norteamericana, además de cartas de felicitación dirigidas a él, firmadas por Director del Buró Federal de Investigaciones Edgar Hoover por sus años de servicios, aparecieron dos fotos dentro de marcos de metal dedicadas de su puño y letra al oficial por Adolfo Hitler y Hernan Goering, con sus respectivas firmas fechadas en 1936 y 39, junto con una pequeña bandera nazi de la época.

El entonces Ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, Raúl Castro en una conferencia en la televisión el 7 de agosto de 1960, mostró las pruebas del oscuro pasado de Friedman y de su condición de oficial del FBI. La administración norteamericana rechazó la acusación realizada por el dirigente cubano y expuso la delirante justificación de que las fotos en realidad eran dedicadas al hermano del oficial del FBI, que combatió en la Segunda Guerra Mundial como soldado y estuvo en Berlín en 1945.

Esa versión no explica cómo, el presunto hermano convenció a Hitler para que antes de darse un tiro lo recibiera en su refugio, cercado por los rusos, para firmarle un retrato fechado 10 años antes, o cómo dio con Goering, que para esa fecha estaba huyendo. Los dos oficiales del FBI fueron expulsados de Cuba el 16 de junio de 1960.

El ocaso de una estrella

Tampoco lograron éxito en planes de atentados contra dirigentes, a pesar de que los oficiales de la embajada entrenaron a miembros de sus redes en la utilización de armas para esos fines en el propio Hotel Nacional, en el centro de La Habana, sin saber que sus clases eran filmadas por la contrainteligencia cubana.

Cuando el rompimiento de relaciones entre Cuba y Estados Unidos en 1961 un frío día de enero, a ese grupo y a sus jefes no les quedó más remedio que hacer sus maletas, calarse los sombreros y regresar al país con la derrota a cuestas. Pero no eran los máximos culpables. Solo cumplieron con una doctrina aplicada con éxito en los golpes de Estado de Irán en 1953 y en Guatemala en 1954.

En esos dos países, gobiernos progresistas realizaron o intentaron medidas nacionalistas como una mayor participación del país en el negocio petrolero frente a los consorcios anglo-norteamericanos y una reforma agraria limitada a tierras ociosas en Irán y Guatemala, respectivamente.

Los equipos de la CIA que derrotaron a ambos gobiernos no tuvieron prácticamente oposición alguna. Se movían impunemente reclutando a militares, políticos, periodistas, organizando tropas mercenarias y hasta delincuentes comunes, repartiendo millones de dólares, trabajando a toda máquina y sin ocultar demasiado la mano de los servicios especiales estadounidenses.

Esa fue la estrategia que llevaría a la cúspide de su fama a Allen Dulles, Director de la CIA y considerado la estrella del espionaje norteamericano para la época y que aplicó al calco contra Cuba hasta llegar al desastre de Playa Girón en abril de 1961. Fue considerado el máximo responsable, lo cual le costaría el cargo y el pase a una discreta función honorífica de historiador de la agencia bajo la administración de John F. Kennedy.

Pero para los inicios de la década de 1980 para muchos de los nuevos jefes y oficiales de la CIA establecidos en La Habana, eso era historia antigua de la que supuestamente sacaron sus experiencias para aplicar otros métodos con igual dedicación, pero que también traerían resultados sorpresivos.

(Tomado de:  Cuba es Surtidor)

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