El amor toca a Antonio Maceo

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Por Andrés García Suárez

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Cuatro meses antes de cumplir sus 21 años, Antonio Maceo Grajales coronó su amor por María Cabrales, consumándolo en matrimonio, en 1866, dos años antes de comenzar la primera guerra contra la metrópoli española.  A esa substancia afectiva y sensual se sumó la comunidad de ideales patrióticos, por eso resultó imperecedero.

Al comenzar la guerra, Antonio y María acudieron a ella, como toda la estirpe Maceo-Grajales, una cita nada hermosa, pero sí muy patriótica,  tanto que la mayor parte de la familia murió en sus combates, en los bosques libertarios, o en el exilio forzado, o en las prisiones españolas en África, o por las heridas y las penalidades de esa beligerancia, pero todos luchando por la libertad de Cuba, como todos lo juraron ante Mariana que, enarbolando un crucifico, les pidió que “lo juraran arrodillados ante la imagen de Cristo, el primer hombre liberal que vino al mundo”.

Y María, la esposa, al marchar a la manigua, va con Caridad, la hija primogénita, y va embarazada de su segundo hijo. Va junto a Mariana y ambas sirven de enfermeras, no en abrigadas prefecturas sino en la manigua, siguiendo a las columnas mambisas, a pie y sufriendo semejantes calamidades. Por éstas fallecen la niña y los dos varones que siguieron, los hijos de Antonio y María; así fallecerán también,  luego, los de José, allí en la manigua, también como infantes-mártires. No tendrán ya más hijos. Éstos serán todos los que luchan por el mismo ideal.  Pero ellas, pese a todo, siguen siempre a la guerrilla insurrecta donde quiera que vayan. Curan a mambises y a enemigos, de herida o de enfermedades tropicales. Levantan la gloria de la mujer cubana. Y siempre siguen fieles, como esposas amantes, como compañeras de lucha e ideales, inseparables, como mujeres cubanas heroicas, como heroínas ejemplares de nuestra historia y de la historia de la humanidad. Van ellas iluminando con su misma luz a sus compañeros, sin flaquear nunca, sin quejas, como parte del mosaico maravilloso de héroes y heroínas salidos de Manajaguabo a liberar a la Patria.

Hay una anécdota que relata el General Loynaz del Castillo, que retrata vívidamente a María Cabrales, la esposa del General Antonio.

“María marchaba a pié junto a la parihuela que conducía a Antonio moribundo. Éste iba escoltado tan solo por una docena de hombres que comandaba José, su hermano tan corajudo como Antonio. Iban perseguidos tenazmente por una columna española que les seguía el rastro y ya les daba alcance. Les pisaba los talones cuando acudió a los disparos el General “Mayía” Rodríguez con una pequeña tropa.  Cuando el momento era más peligroso, cuando ya era inminente un fatal desenlace, al ver al recién llegado que estaba aún desorientado, María Cabrales, con una fuerza impensada en una mujer, con una energía de General, le ordenó a “Mayía”:

-“¡A salvar al General Antonio, o a morir con él!”

El vibrante llamado ha quedado incrustado  en la historia de la rebeldía mambisa como un símbolo del fiero y fiel espíritu de la mujer cubana, a su causa, a su jefe, a su hombre.

Luego del penoso Zanjón, lavada la deshonra por la honra de la Protesta de Baraguá que nos inspira aún hoy en día, Antonio y María,  la esposa; Mariana, la madre;  las hermanas y los hermanos que aún quedaban vivos, van a un nuevo agónico período de deambular por exilios. Van primero a peregrinar a Nueva York, a Nueva Orleans, luego a Cayo Hueso, a Jamaica donde quedará Mariana. Antonio y María irán a Costa Rica, ella lo sigue siempre, lo sostiene, lo alienta, y aquí quedará luego ella al frente de un Club Patriótico.

Mariana fallecerá en Jamaica. María y Antonio se despedirán en 1895 cuando éste parte hacia Cuba, a la Guerra de Independencia. Será su última despedida. No lo saben entonces, pero no se verán nunca más.

Ella lo sobrevivirá ocho años, después de concluir la guerra  y la intervención militar norteamericana en Cuba, sin haber reclamado jamás nada, ni honor ni ayuda alguna, en aquella República mutilada, sufriendo la ausencia de quien jamás hubiera amoldado su espíritu rebelde a la neo-colonización estadounidense, hasta que su corazón cansado de sufrir, se detendrá en 1905.

El ejemplo de María Cabrales no es sólo el de la esposa de un Héroe, no fue su reflejo, es Heroína ella misma.  Es el ejemplo magnífico de la Mujer Cubana de estos tiempos, no menos heroicos.

5 de Septiembre

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