El alma del Movimiento

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Por Narciso Amador Fernández Ramírez

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Monumento a Abel Santamaría en Encrucijada, su tierra natal.

Cuando Abel conoció a Fidel, llegó a su apartamento de 25 y O, en el Vedado, y le dijo feliz a su hermana Haydée: “¡Yeye, Yeyé, conocí al hombre que cambiará los destinos de Cuba. Se llama Fidel Castro y es Martí en persona!”.

Del encuentro con Fidel, fue Yeyé quien dejó, quizás, el mejor de los testimonios: “(…) hasta ese momento Abel era la persona que yo había conocido con más condiciones para dirigir una acción; y aquella gran fe de Abel en Fidel, aquella gran pasión (…) no cabe la menor duda de que influyó mucho también (…) No hay días en que no pensemos en el amigo que perdió Fidel al perder a Abel. Abel no solamente fue compañero y segundo de Fidel. Abel fue el más leal de los amigos. Tal vez Abel fue la primera persona en esta tierra que vio los valores extraordinarios de Fidel”.

Este hecho sucedió el primero de mayo de 1952 en el cementerio de Colón y a partir de entonces ambos dirigentes se harían inseparables. Fidel confiaría en Abel los asuntos y tareas más importantes del incipiente grupo insurreccional y el encrucijadense se convertiría en el alma del Movimiento.

Abel Benigno Santamaría Cuadrado nació el 20 de octubre de 1927 en Encrucijada, poblado de la antigua provincia de Las Villas, hace ahora 91 años. Hijo de emigrantes españoles, desarrolló toda su infancia en su pueblo natal y en el cercano batey del central Constancia, que hoy lleva su nombre, y desde la más tierna infancia demostró sus dotes de niño inteligente y luego de ser un joven de fina sensibilidad y humanismo.

Con su hermana Haydée, Yeyé, partió a La Habana y tras el Golpe de Estado del 10 de marzo de 1952 pasó a desempeñar un rol relevante en la lucha insurreccional que comenzó a gestarse contra el gobierno dictatorial de Fulgencio Batista, como parte de la vanguardia organizada de la llamada Generación del Centenario.

Apenas transcurridos seis días del cuartelazo militar, el 16 de marzo de 1952, Abel –quien por entonces militaba en el Partido Ortodoxo-, hizo pública una carta denuncia al régimen que había usurpado el poder por la fuerza.

En una de sus partes, además de criticar la posición vacilante de la dirigencia ortodoxa, afirma: “La inactividad consume, y no podemos dejarnos de consumir de ninguna forma. ¿Para qué, en este momento, dogmas y doctrinas, si lo que necesitamos se llama acción, acción? Basta ya de pronunciamientos estériles, sin objetivos determinados. Una revolución no se hace en un día, pero se comienza en un segundo. Hora es ya: todo está de nuestra parte, por qué vamos a despreciarlo?”.

Inserto en la vorágine de la Revolución, Abel se convirtió en el brazo derecho de Fidel y su hombre de entera confianza. Su hermana Haydée resaltaba sus cualidades innatas de organizador y su carácter dulce y recto a la vez, que lo hacían merecedor del cariño, respeto y autoridad de sus compañeros.

También Jesús Montané, cercano colaborador de Fidel en aquellos inicios, ponderaba la integridad de Abel, su profunda formación martiana y el dominio que mostraba de las ideas marxistas, ideología de la que se consideraba un seguidor desde sus años mozos en su Encrucijada natal.

thumbnail-fidel-y-abelPor indicaciones de Fidel, marchó Abel Santamaría hacia Santiago de Cuba a preparar condiciones para la futura acción que se preparaba en el más absoluto secreto. Allí alquiló la Granjita Siboney, junto a Ernesto Tizol, y bajo el pretexto de fomentar una cría de pollos la fue acondicionando para esconder allí las armas y esperar a los futuros asaltantes.

La noche del 25 de julio de 1953 fue de intensa actividad para el segundo al mando del Movimiento, quien se multiplicó para atender los múltiples detalles e inconvenientes que sobre la marcha se fueron presentando. Aún tuvo tiempo para invitar a un viejo matrimonio español, vecinos del lugar, y llevarlos a Santiago de Cuba a conocer el Morro santiaguero.

Previo al ataque, Abel le propone a Fidel ir al lugar de mayor peligro para proteger la vida del jefe revolucionario, lo que le fuera negado. Se le encomendó la tarea de atacar y tomar el Hospital Civil Saturnino Lora, aledaño a los muros del cuartel Moncada.

Abel intenta una vez más convencer a Fidel: “No vamos a hacer como hizo Martí, ir tú al lugar más peligroso e inmolarte cuando más falta le haces a todos”, ante lo cual Fidel, comprendiendo la preocupación del segundo jefe de la acción, le pone las manos sobre los hombros y persuasivo le explica: “Yo voy al cuartel y tú vas al hospital, porque tú eres el alma de este Movimiento y si yo muero tú me reemplazarás”.

Lo sucedido en el Hospital y el gesto altruista de Abel de seguir combatiendo para que Fidel y sus hombres pudieran escapar y salvar la vida, es bien conocido. Su hermana Haydée recordaba que en los momentos en que todo estaba perdido y había que prepararse para afrontar lo peor, Abel le dijo: “es mejor saber morir, para vivir siempre”.

La actitud de Abel en las mazmorras del Moncada fue digna y con valentía soportó todas las torturas físicas y las vejaciones, incluyendo que le arrancaran los ojos y le dieran un bayonetazo en uno de sus muslos antes de ser inmisericordemente asesinado. Todo lo soportó con estoicismo. Sabía, como dice una de las más vibrantes estrofas de nuestro himno, que “morir por la patria es vivir”.

Estaba próximo a cumplir los 26 años de edad. Silvio Rodríguez le dedicó una hermosa canción a su memoria: Canción del Elegido, y la poetisa matancera Carilda Oliver compuso unos bellos versos titulados Conversación con Abel Santamaría.

Por su parte, Fidel, en el juicio del Moncada, afirmó: “Abel Santamaría, el más generoso, querido e intrépido de nuestros jóvenes, cuya gloriosa resistencia lo inmortaliza ante la historia de Cuba”.

Cubahora

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