El ajiaco #santiaguero

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Rafael Duharte Jiménez *

La maravillosa metáfora sobre “nuestro nacional ajiaco” que Fer­nando Ortiz utiliza para explicar los complejos procesos de mestizaje biológico y cultural que tuvieron lugar en la olla-isla de Cuba a lo largo de varios siglos, cobra un particular interés cuando la usamos para acercarnos a nuestro ajiaco regional.

Una mirada al proceso histórico de esta región de Cuba, a orillas de cuya larga bahía de bolsa fundó Diego Velázquez la villa de Santiago en el verano de 1515, puede mostrarnos algunas de las características del caldo de civilización que durante quinientos años ha ido cristalizando entre las montañas de la Sierra Maes­tra y el mar Caribe.

Los arqueólogos han documentado una densidad de población abo­rigen muy alta en el oriente cubano a la llegada de los conquistadores, de lo cual puede inferirse que la huella indígena en nuestra cultura local es mucho más relevante que en la región central u occidental de la Isla.

A comienzos del siglo XVII las autoridades coloniales fundaron el poblado indígena de San Luis de los Caneyes, el cual mantuvo un diálogo de varios siglos con la ciudad de Santiago. El mismo fue, a lo largo del tiempo, el sitio de refugio de los santiagueros durante los ataques de corsarios y piratas; lugar de recreo y patria del mango de bizcochuelo, para nosotros el mejor del mundo.

La emigración española durante los primeros siglos de la colonización procedió de diversas zonas de la península ibérica y las islas Canarias; sin embargo a fines del siglo XVIII comenzó a arribar a Santiago un río de catalanes para los cuales “hacer América” terminó siendo no pocas veces poner una bodega en la ciudad; fueron tantos los catalanes en el comercio santiaguero decimonono, que catalán llegó a ser sinónimo de comerciante; la impronta catalana en la cultura santiaguera contemporánea fue también notable.

¡De manera que cuando en San­tiago se habla de raíces hispanas hay que tener en cuenta que estas remiten de manera especial a Cataluña!

Según el historiador caneyense José María Callejas, autor de la primera historia de Santiago de Cuba, en el año de 1522 entró por el puerto de Santiago el primer cargamento de negros africanos. De manera que el “ingrediente africano” ingresó en el ajiaco local apenas siete años después de la fundación de la Villa.

En su novela histórica Doña Guio­­­mar. Tiempos de la Con­quista, Emilio Bacardí nos describe con increíble derroche de imaginación el momento en que se desencontraron españoles, indígenas y africanos en suelo santiaguero:

Desnudos como la naturaleza los creó, lo mismo los unos que las otras, pisaron tierra, y fueron dirigidos ha­cia la Plaza de Armas. Subieron la cuesta precisa para llegar a ella, y como rebaño inconsciente e insensible, marcharon acompasadamente, reluciéndoles la negra piel, húmeda del abundante sudor que les chorreaba por el cuerpo. (1)

El proceso de africanización de Santiago no tuvo lugar sin embargo hasta la primera mitad del siglo XIX, cuando el fomento de cafetales e ingenios por los franceses y criollos haitianos provocó la entrada masiva de

esclavos. Aquel fue el fin del mundo de los hatos y corrales que había durado aquí la friolera de más de doscientos años. Fue entonces que las fiestas de mamarrachos re­sultaron dominadas por la percusión africana y se poblaron con tumbas francesas y cabildos de nación; al tiempo que los dioses que viajaron en las cabezas de los negros des­de África se abrieron un espacio a codazos en el santoral católico, en un proceso que muchos años más tarde los antropólogos llamarían sin­­­cretismo.

¡Los franceses, los africanos y la terrible economía de plantación, re­diseñaron la cultura local, contribuyendo de forma significativa al perfil definitivo del santiaguero!

El mulato francés Hipólito Pirón en su libro La Isla de Cuba ofrece un estupendo comentario sobre los ha­bitantes de Santiago en tiempos de la plantación:

Tienen imaginación, el instinto de la poesía y el gusto por la música. Por naturaleza poco trabajadores e industriosos, disfrutan ampliamente, cuando poseen alguna fortuna de la felicidad de no hacer nada. (2)
Un capítulo especial en la historia del ajiaco santiaguero merece­rían las minas de cobre, allí junto al cerro del Cardenillo, a los pies de la virgen de la Caridad del Cobre, convivieron con negros y mulatos, en distintas épocas, grupos de alemanes, mexicanos, ingleses y chinos; de suerte que este rincón se con­virtió en una especie de crisol de culturas.

La Guerra Grande catalizó positivamente el tránsito de lo criollo a lo cubano, luego de diez años de lucha a lo largo de los cuales la flor y nata de la juventud criolla blanca  se enroló en la División Cuba, los negros y mulatos libres se fueron masivamente a la  manigua y hasta los chinos de las minas de cobre se convirtieron en mambises; después de una década de lucha por la independencia y la abolición de la esclavitud, allá en lo hondo “del puchero”  cristalizó una masa nueva.

La identidad santiaguera parece haber cuajado en buena medida en el curso de la centuria decimonona; todo parece indicar que al finalizar esta se habían fraguado los principales elementos positivos y negativos que desde entonces identificarían al santiaguero dentro del contexto de la cultura cubana.
A comienzos del siglo XX el poeta Enrique Hernández Miyares apreciaba en los santiagueros un rasgo que al parecer ya nos distinguía:

En ninguna parte de la Isla— per­dóneseme que diga la verdad— se mantiene como en Santiago de Cuba, el vivo entusiasmo  revolucionario. El Himno de Bayamo se escucha de pie, con la cabeza descubierta. (3)
Muchos años después otro poeta, Regino Pedroso, retomaba la misma idea durante una visita a la ciudad:
Quizás si la distancia y las montañas han contribuido en gran parte a mantener allí, casi como un culto primitivo, nuestras mas heroicas tradiciones. (4)

¡Estamos quizá ante el principal secreto de la cultura santiaguera, la rebeldía que ha nutrido durante muchos años el patriotismo y el espíritu revolucionario del santiaguero!

A lo largo del siglo pasado nuestro ajiaco continuó enriqueciéndose al recibir toda una serie de grandes y pequeñas emigraciones de españoles, haitianos, suecos, jamaicanos, dominicanos, puertorriqueños, árabes y judíos. Aunque las motivaciones de unos u otros se movían dentro de un espectro de intereses muy amplio, todos veían a Santiago como un destino de esperanza. La mayoría de estos perdieron aquí sus ilusiones y terminaron haciendo sus maletas; algunos sin embargo se aplatanaron e integraron al denso caldo de cultura que desde hacía siglos borbollaba en el fogón santiaguero.

(Historiador, especialista de la oficina del Historiador de la Ciudad de Santiago de Cuba).

Tomado de Granma

http://www.granma.cu/cultura/2015-07-23/gracias-santiago

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