Donald Trump: un títere del sionismo

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Por Miguel Angel García Alzugaray

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En medio de fuertes medidas de seguridad, Estados Unidos inauguró por fin su embajada en Jerusalén para dar paso final al reconocimiento de la milenaria ciudad como capital del Estado de Israel.

“Hoy abrimos la embajada de los Estados Unidos en Jerusalén, Israel”, dijo el embajador frente al presidente israelí, Reuvén Rivlin, el primer ministro, Benjamín Netanyahu, y la delegación estadounidense encabezada por la hija del presidente Donald Trump, Ivanka y su marido Jared Kushner, según reportó la agencia de noticias EFE

Entretanto Trump, eufórico como no se le veía hacía mucho, celebró la inauguración de la embajada estadounidense en Jerusalén y defendió el derecho de Israel a fijar su capital.

Sin embargo, cientos de personas se concentraron en las inmediaciones de la nueva embajada en una manifestación contra la arbitraria decisión del gobierno norteamericano que viola múltiples resoluciones de las Naciones Unidas al respecto.

Al propio tiempo, miles de palestinos protestaban en la frontera entre Gaza e Israel, quienes amenazaban con avanzar hacia Jerusalén, en el marco de la llamada Marcha del Retorno, convocada por la Autoridad Palestina.

Al cierre de este artículo, decenas de palestinos habían muerto y varios miles estaban heridos, incluyendo mujeres y niños. El Gobierno israelí señaló que no permitirá el avance de los grupos palestinos que se congregaron en la frontera y que continuará monitoreando la situación.

Muchos analistas internacionales se asombran de la facilidad con que Israel y la Casa Blanca pisotean el Derecho Internacional. Otros más críticos se preguntan quién manda realmente en Washington que aplaude en vez de condenar este nuevo genocidio de su aliado sionista.

Israel y sus doctrinas

Como un vulgar pandillero de barrio, Israel apoyado por su hermano mayor EE.UU. viene haciendo y deshaciendo a su antojo. Como Estado artificial, creado por un grupo de familias judías adineradas de varias nacionalidades del mundo, han cometido violaciones de todas las leyes internacionales, los acuerdos con los árabes y disposiciones amigables propuestos por pueblos como Palestina, Líbano y Siria para alcanzar la paz duradera en la región de Medio Oriente.

Con diversas excusas expansionistas se han anexado, a través de la fuerza guerrerista, territorios de los países vecinos con la complacencia de los organismos internacionales. Asimismo, han encontrado el mecanismo para que países poderosos estén arrodillados a sus servicios y esto lo han hecho adquiriendo grandes monopolios estratégicos de los medios de comunicación, bancos, industrias de manufacturas y alimentos, compañías explotadoras de hidrocarburos, industrias militares y ciencias avanzadas, y entre lo insólito, cotizan hegemónicamente en la bolsa de New York.

No es extraño que los primeros pasos en la educación de un niño israelí sea la instrucción militar, de expansión y de acumulación de capitales para seguir gobernando al mundo.

Todo joven mayor de dieciocho años, además de pasar el servicio militar, una vez al año debe ir por un fin de semana a custodiar las fronteras y divertirse ultrajando a los palestinos.

La doctrina estatal israelí se sustenta en los principios ideológicos de la fundación de los Estados Unidos, es decir: primero, eliminación de los originarios o nativos para implantar una nueva cultura de los inmigrantes; segundo: sentirse herederos de Dios y conquistar territorios por encima de los tratados y acuerdos internacionales con métodos de amenaza y coerción; tercero, acumular capital para comprar territorios en todo el mundo y construir sus asentamientos; cuarto, controlar los medios más avanzados en tecnología militar y de comunicación para someter a quienes intenten frenar sus pretensiones de dominio mundial; quinto, provocar tensiones entre países para vender productos militares; sexto, eliminar a enemigos que pongan en riesgo la “seguridad democrática” de su país; séptimo: transformar las mentiras en verdades a través de los “falsos positivos” o la siembra falsas evidencias; octavo, distraer a la comunidad internacional con supuestas acciones de paz cuando en el fondo se están preparando para alguna incursión armada en territorio de los países vecinos.

Quizás hasta se parece a la expansionista Doctrina Monroe, solo que no de América para los americanos, sino del mundo bajo los pies de Israel.

Algunos podrán preguntarse: ¿quién manda a quién? ¿Estados Unidos manda en Israel o es Israel quien gobierna en Estados Unidos? La respuesta es que son la misma identidad. Para funciones internas del gobierno estadounidense, Israel es su Estado número 53, incluyendo a Isla Vírgenes y Puerto Rico, con la diferencia de una posdata: Israel fue reconocida por la comunidad internacional como un país; por lo tanto, goza de autonomía.

Es un error relacionar el holocausto de los judíos en la segunda guerra mundial con la creación del Estado de Israel, cuando la pretensión primaria del gobierno de Estados Unidos aprovechando esa circunstancia histórica, fue la creación de un espacio estratégico para tener presencia en la región árabe, pues ya lo tenía en Asia, Europa y toda América.

La Tesis Judía de crear un Estado Judío nació desde los laboratorios gubernamentales–militares de Estados Unidos bajo los gobiernos de Theodore Roosvelt, Woodrow Wilson, continuado por Franklin Delano Roosvelt, y puesta en marcha por Harry Truman y Dwight Eisenhower. Esta tesis se fortaleció por países amigos que contribuyeron a la fundación de organismos como la ONU y OTAN, y que dieron sustento jurídico internacional y el reconocimiento de la creación del Estado Judío.

El influyente lobby sionista de los Estados Unidos

Cuando el presidente estadounidense Harry Truman emitió la orden presidencial para reconocer al estado de Israel, su secretario de estado Marshall manifestó abiertamente su oposición. Declaró que “el presidente había decidido por razones domésticas”. (James Trager. The People’s Chronology. 1992).

Truman fue reelegido al final de ese mismo año con el firme apoyo del lobby judío en Estados Unidos. A partir de este hecho el lobby de Israel, más tarde, se estableció como una herramienta que produce el “doble cuerpo” en la política exterior de EE.UU.: una política exterior para proteger a Estados Unidos y otra para proteger a Israel, aunque a veces entren ambas en contradicción aparente.

Sin embargo, más que un lobby, el sionismo en EE.UU. es parte de la estructura de poder para dirigir el imperio yanqui.

No es lo mismo un “lobby”, que por muy poderoso que sea se supone que existe para influir o hacer labor de cabildeo desde fuera, que formar parte del propio poder. El “lobby”, representado fundamentalmente por el American Israeli Public Affairs Committee (AIPAC), puede seguir existiendo como mecanismo de relaciones públicas, pero es solamente parte del juego. Y hablo de sionismo, no de judaísmo, pues aunque los dirigentes de Israel tratan de identificar los dos términos como si hablaran de lo mismo, para mí está claro que el primero expresa una categoría política y el segundo una condición religiosa. Hay muchos judíos que son antisionistas.

Desde hace tiempo se discute la exigencia de los gobernantes de Tel Aviv para que los palestinos y los árabes reconozcan la condición de Israel como “Estado confesional judío”, lo que conllevaría la exclusión o desconocimiento de un 20% de su población que está compuesta por palestinos que profesan la religión musulmana o cristiana. La exigencia sionista puede estar dirigida a que se acepte una futura expulsión de esta población árabe como culminación de las operaciones de “limpieza étnica y religiosa”, que vienen practicando desde hace más de medio siglo para dejar un “Estado puro”.

Ya hace años la Organización de las Naciones Unidas había declarado, con razón, que el sionismo era una forma de racismo.

Hasta los años cuarenta, los sionistas habían mantenido vínculos privilegiados con los británicos, que propiciaron en 1917, la constitución de un “Hogar Nacional” para el pueblo judío en Palestina, una tierra que no les pertenecía. Este fue el antecedente directo de la creación en 1948, del Estado de Israel. Pero desde 1942, cuando la Agencia Judía dio a conocer el Programa de Biltmore, se venía produciendo un traslado de los intereses sionistas hacia EE.UU. y el centro de actividad de sus organizaciones pasó de Londres a Nueva York.

Decenas de miles de judíos alemanes y europeos que habían emigrado a EE.UU. huyendo del fascismo, estaban escalando posiciones en los medios masivos, en las actividades culturales y en los estamentos científicos y financieros. Igualmente comenzaron a introducirse en posiciones políticas influyentes. Ya en 1944, se consideraba que contaban con el apoyo de 77 senadores y 318 representantes en el Congreso.

Desde esa época, aunque hubo altos y bajos en el apoyo y el compromiso de los gobiernos estadounidenses con los intereses sionistas, el poder de éstos se fue extendiendo y consolidando, por encima de uno u otro partido. Sin embargo, fue posiblemente durante el gobierno del presidente George W. Bush cuando se pudo apreciar con más claridad que el lobby había pasado a ser parte integrante del poder establecido.

Un grupo significativo de judíos sionistas estadounidenses y de estadounidenses pro sionistas, participaron en la elaboración después de finalizada la Guerra Fría de las principales ideas recogidas en el conocido “Proyecto para el Nuevo Siglo”, un programa para el pleno dominio mundial. Muchos de ellos pasaron a ocupar cargos en su administración neofascista: Paul Wolfowitz, Richard Perle, John Bolton, Elio Cohen, Lewis Libby, Dov Zekheim, Stephen Carbone…, una verdadera pandilla de delincuentes políticos.

Ellos fueron los hombres de Cheney y Rumsfeld en la implementación de la “guerra total contra el terrorismo”, desatada a partir del ataque a las Torres Gemelas en septiembre de 2001, acción que no pudo realizarse de forma más oportuna para poder instrumentar sus planes y a partir de la cual lanzaron su campaña para intimidar y someter al mundo.

Así, los sionistas y pro sionistas fueron levantando una gigantesca ola de mentiras para preparar una guerra que iba en contra de los verdaderos intereses del pueblo estadounidense.

Si el gobierno estadounidense hubiera optado por la negociación, se habría evitado una criminal guerra que costó cientos de miles de muertos al pueblo iraquí y la destrucción de una buena parte del país, pero los sionistas pensaban que si ello ocurría se fortalecería al país árabe al cual los dirigentes de Israel siempre consideraron “una amenaza para su seguridad.” El objetivo sionista no sólo era deponer al gobierno de Saddam, sino destruir el país, retrasar un siglo su posible desarrollo y tal vez dividirlo. Todavía están en eso.

Por intereses sionistas, ahora convertidos en punta de lanza del poder imperialista, el pueblo norteamericano ha debido pagar sin embargo un alto precio. Además de miles de jóvenes estadounidenses muertos, heridos y mutilados, la montaña de muertos iraquíes significa una montaña de resentimientos y odio acumulado entre árabes y musulmanes. Esta guerra costó cifras incalculables de millones de dólares, lo cual ha sido un factor en el desencadenamiento de la crisis económica que todavía sacude el país.

El próximo objetivo es Irán. Habrá que ver si después del desastre de Iraq y los descalabros militares en Siria gracias a la ayuda de Rusia los sionistas pueden imponer sus criminales propósitos y desatar otra guerra que se aprecia como de terribles e incalculables consecuencias… también para el pueblo estadounidense.

Donald Trump y sionismo 

Donald Trump en su declaración respecto al traslado de la Embajada norteamericana a Jerusalén, mencionó al presidente Truman, y está haciendo lo mismo que él: decidir por razones domésticas para estabilizar su gobierno que ha estado amenazado por múltiples factores de luchas de poder internas.

El paso dado por Donald Trump es una apuesta de alto riesgo por todo lo que implica en la práctica; el no reconocer al mismo tiempo los derechos palestinos de considerar Jerusalén un territorio palestino. Simbólicamente, es el núcleo de la gran disputa entre palestinos e israelíes y la administración de Donald Trump la incorporó como una promesa de campaña.

Y no podría ser de otra forma. Considerar Jerusalén como la capital de Israel fue una decisión de política exterior adoptada en 1995 y respaldada en una ley aprobada por el Congreso en Washington durante la administración Clinton. Pasaron más de dos décadas y mientras el conflicto palestino–israelí se tornaba más violento y complejo, después del atentado a las torres gemelas, en 2001, Estados Unidos se embarcó en las invasiones a Afganistán e Iraq, el derrocamiento del gobierno en Libia, y a través del expediente del terrorismo en un maquiavélico plan para destruir a Siria.

Reconocer Jerusalén como capital del estado de Israel es una síntesis de lo que aún no se reconoce en Naciones Unidas como la peor decisión política en su historia. Desde que se instauró el estado de Israel en mayo de 1948, se gestó la equivocación de no facilitar la instauración inmediata de un estado palestino con la misma convicción que se proclamaba a Israel como un nuevo estado.

Poco menos de 70 años más tarde, en noviembre de 2017, en vez de rectificar el error histórico, se comete esta segunda equivocación, ya no patrocinada por Naciones Unidas y la comunidad internacional, sino como decisión unilateral de Estados Unidos.

Lo ocurrido ahora es un tremendo golpe al status quo mundial, y del efecto político surgirá lo que hasta el momento ha sido el elemento más postergado, una nueva estructura de equilibrios de poder en la región que sea real, y más condicionada por los factores internos que por los ajustes de cuentas entre las potencias que han influenciado en la formación de naciones en toda esa región.

La situación en el Medio Oriente y en la región ampliada, es el reflejo acumulado de la mayor anomalía de los acuerdos post segunda guerra mundial. Como foco de tensión internacional permanente, Jerusalén como capital de Israel es de seguro un paso muy explosivo.

Por ello, con más razón debemos preguntarnos: ¿Pueden las bases jurídicas internacionales de los organismos de la ONU ponerle fin a las pretensiones y agresiones bélicas de Israel contra Palestina, Líbano y Siria? ¿Será posible que estos organismos internacionales decreten en una resolución la materialización definitiva del Estado Palestino? ¿Estos organismos internacionales alguna vez podrán decidir y obligar al Estado de Israel a devolver los territorios del Golán a Siria, de las Granjas de Shabaa y las colinas de Kfer Shouba al Líbano, y todo el territorio ocupado por colonias judías incluyendo Quzs a Palestina?.

¿Será posible que el MOSAD y la CIA dejen de perseguir y asesinar a los líderes de estos pueblos? ¿Cuánto debemos esperar para ver triunfar por fin la justicia y la equidad en esta convulsa región del planeta?

En mi modesta opinión, para alcanzar estas justas reivindicaciones, los Estados Unidos deben dejar de ser primero lo que son: un sanguinario imperio, títere del sionismo internacional.

 

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1 Comentario

Pedro R.Castro dijo:

Nada que añadir excelente articulo !! de 5 estrellas.

17 mayo 2018 | 11:39 am