Derechos Humanos y resistencias y luchas populares

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Por Fernando Martínez Heredia

El miércoles fue el aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, proclamada por la ONU en 1948, y pasé el día en un taller internacional dedicado a discutir ese tema, sesenta años después. Lo inauguró el ministro de Relaciones Exteriores y lo cerró el presidente de la Asamblea Nacional. Hasta ahí pudiera ser uno de esos días que no queda más remedio que perder, poner cara de interesado y desear que termine temprano. Pero no fue así. Por la gran calidad de lo que dijeron ambos oradores, y porque los participantes que vinieron de América Latina, Estados Unidos y Europa a reunirse con nosotros eran luchadores sociales, intelectuales, artistas, religiosos, periodistas, parlamentarios comprometidos realmente con la defensa de las personas y los pueblos. Los organizadores fueron la Red “En defensa de la Humanidad”, capítulos de Venezuela y de Cuba, y la Comisión Nacional Cubana de la UNESCO.

El resultado fue un día muy intenso, cargado de ideas y emociones. Se sucedieron los análisis, las denuncias y condenas, la crítica descarnada y la esperanza, las ideas acerca de qué hacer y las convocatorias a actuar. No nos perdimos en las trampas que ponen los usos diplomáticos ni intentamos contemporizar para lograr ser perdonados. Tomamos a las declaraciones formales y los instrumentos legales para valernos de ellos como una ayuda más en la defensa de los derechos de los seres humanos. Al final aprobamos una Declaración del Taller, que ya está puesta en la prensa digital. Quisiera compartir entonces algunos comentarios acerca de este tema de los derechos humanos.

 Tres años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, el mundo estaba grávido de demandas de que a aquella gigantesca matanza planetaria le siguiera una nueva época más favorable para las personas y los pueblos. Pero muy pronto se comprobó que los poderosos del mundo trataban de mantener a salvo sus intereses, sus ganancias y su dominio. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) nació en 1945 con la pretensión de reunir a los Estados en un foro de entendimientos de beneficio común y tutelar la paz mundial, pero aquel designio de los poderosos le marcó también de inmediato a la ONU límites férreos.

La Declaración del 10 de diciembre de 1948 era engañosa y pretensiosa desde su propio título. Cómo iba a ser “universal” si se negó a reconocer la igualdad entre las naciones, para no condenar la inmensa llaga mundial que era el colonialismo, esa culpa tremenda de la modernidad capitalista que para desarrollar su sistema y multiplicar sus avances saqueó a fondo, aplastó culturas, esclavizó a decenas de millones de personas, destrozó formas de vida y de producción, explotó sin tasa el trabajo, prostituyó organizaciones sociales y erosionó el medio ambiente a escala universal. La modernidad capitalista que postuló el carácter “científico” del racismo y estableció diversas formas de naturalización de la desigualdad entre los seres humanos. Al negarse a denunciar el colonialismo y el neocolonialismo, aquella mezquina Declaración no tuvo en cuenta a la mayoría del mundo, y tampoco a los artículos 1 y 55 de la propia Carta de las Naciones Unidas.

El instrumento aprobado de manera tan solemne escogió ser heredero de una tradición, la de 1776 y 1789, que legisló desde la libertad del individualismo para minorías que pusieron a salvo cuidadosamente cuestiones que les eran esenciales, como la propiedad privada en todas partes o la condición de esclavo en los Estados Unidos. Que los poderes más directamente herederos de esa tradición no habían cambiado en nada básico se demostró después de 1948 de manera fehaciente. Francia, que había masacrado salvajemente en 1945 a los argelinos que pedían que la victoria de la libertad sobre el fascismo se extendiera a ellos, le cobró a Argelia su guerra por la independencia con más de un millón de muertos y una orgía inacabable de torturas. Estados Unidos, que alardeaba entonces de no ser una potencia colonialista, violó en Viet Nam todos los derechos humanos imaginables, y le cobró a ese pueblo sus combates por la independencia y la libertad con cuatro millones de muertos y la destrucción intencionada de una parte de su suelo.

Han tenido que ser entonces las resistencias y las luchas de los pueblos del mundo las que les den a las declaraciones sobre derechos humanos carne, realidad, identificación con anhelos y proyectos de las mayorías y posibilidad de ser realmente universales. Y los pueblos han cumplido su parte con creces. Primero con quince años de revoluciones –desde China hasta Cuba–, resistencias, exigencias y peleas por la autodeterminación a lo largo del llamado Tercer Mundo, a las que se sumaron la imposibilidad europea de mantener los imperios coloniales después de 1945 con una hegemonía mundial de Estados Unidos en el campo capitalista y el gran salto en el número y los cambios en la composición de los miembros de la ONU. Esas fueron las realidades que determinaron que la organización aprobara en 1960-1961 una Declaración para poner fin al colonialismo y creara un Comité de Descolonización.

Solo en 1966 la ONU aprobó el Pacto Internacional sobre Derechos Económicos, Sociales y Culturales, que proclamó en su artículo 1 el derecho de todos los pueblos a su libre determinación, su libre condición política y su desarrollo económico, social y cultural. “En ningún caso –decía el artículo 2– podría privarse a un pueblo de sus propios medios de subsistencia”. Junto a este instrumento fue aprobado también el Pacto sobre Derechos Civiles y Políticos, pero ambos tuvieron que esperar diez años para entrar en vigor.

Hacer realidad la opción de derechos humanos desde los pueblos y para los pueblos ha dependido de ellos mismos. Menciono el caso de Cuba. En enero de 1959, el 50% de los niños en edad escolar no asistía a ninguna escuela. Solo la revolución triunfante pudo inscribir con decoro –porque estaba dándoles a todos los niños la oportunidad real de estudiar– en los Objetivos de la Enseñanza Primaria:[1] “Los niños de los últimos grados de la escuela primaria deben saber que existen la ONU y la UNESCO y cuáles son sus finalidades; deben, además, aprender y asimilar dentro de lo posible la Declaración Universal de Derechos del Hombre, ya que estos Derechos constituyen una proclamación de los deberes de los Estados ante el destino de la persona humana.” Y tres líneas más abajo decía: “…la comunidad, para el niño de hoy, comienza con el vecindario y se extiende sobre el mundo entero.” Qué bien aprendieron los niños cubanos la lección de la revolución: cientos de miles combatieron por la soberanía y la autodeterminación de Angola, la independencia de Namibia y el fin del apartheid en Sudáfrica. Desde 1989, todos los 7 de diciembre rendimos homenaje a más de dos mil que dieron sus vidas para que esos derechos se convirtieran en realidades.

Otra cuestión que me parece crucial es que el tema de los derechos humanos forma parte de un conflicto fundamental que los trasciende: si la Humanidad podrá o no convertir en vida plena, liberación de opresiones y felicidad para las personas y los pueblos los colosales avances que en tantos campos se han conseguido, y cuyo goce es hoy negado a las mayorías. A mi juicio eso solo será posible si triunfa y se desarrolla la alternativa del socialismo como modo de vida, relaciones humanas y organización social. Esto implica que el socialismo debe identificar bien su naturaleza y cumplir requisitos excepcionales. Para utilizar una síntesis extremada, el socialismo está obligado a desplegar una nueva cultura, no solo opuesta sino diferente a la del capitalismo, desde sus puntos de partida y en sus instrumentos, relaciones, instituciones y proyectos.

En la ONU de 1948 nadie se atrevió a votar en contra de la Declaración. Pero Sudáfrica y Arabia Saudita se abstuvieron, por razones obvias. La URSS, Ucrania, Yugoslavia, Polonia, Rumanía y Checoslovaquia se abstuvieron también, en protesta por la no condena del colonialismo y otras ausencias de la Declaración. Pero los que habían escogido la negación del capitalismo no fueron consecuentes en proponerle al mundo entero un camino de luchas por la justicia y la libertad, una nueva cultura de liberación, ni en practicar el internacionalismo, que es uno de los requisitos sin los cuales no se formará esa nueva cultura.

Los imperialistas tuvieron que ir aceptando, a regañadientes, que los derechos humanos formen parte del derecho internacional, y que se forjen instrumentos legales y exigencias sociales y de opinión pública a favor de ellos, pero lo hicieron al mismo tiempo que promovían o respaldaban el crimen, las torturas y el genocidio a escala universal. Desde mediados de los años setenta mostraron su astucia y efectividad en la guerra ideológica y su hipocresía al comenzar a utilizar el tema de los derechos humanos en su provecho. Pronto Estados Unidos se autodesignó supuesto defensor de esos derechos, para criminalizar a gobiernos defensores de la soberanía nacional y los derechos de sus pueblos, y también a movimientos populares. Despojados de su sentido humano y social, los derechos humanos se volvieron un instrumento y un asunto de política exterior, y los controles totalitarios sobre la información y la formación de opinión pública que ejercen los imperialistas levantaron un gigantesco edificio de confusiones y manipulaciones.

Los derechos humanos se convirtieron desde entonces en un territorio en conflicto. Como latinoamericano, expreso mi mayor admiración hacia miles de activistas de derechos humanos que defendieron las vidas y la integridad de las víctimas de los regímenes represivos, denunciaron los crímenes y exigieron derechos, corriendo muy graves riesgos y enfrentando innumerables dificultades, y también hacia los miles que han seguido bregando para que se respeten los derechos humanos y se establezcan y respeten estados de derecho en sus países, desde entonces hasta hoy. Ellos han hecho respetable la figura cívica de los derechos humanos, y le han dado concreción en un terreno importante al discurso democrático en América Latina.

Por su parte, el imperialismo ha tratado de reducir este tema a simple herramienta de su estrategia, colocada por encima del derecho internacional. Por definición, vulneran los derechos humanos aquellos que se opongan al dominio imperialista, y se les somete a un desprestigio sistemático que justifique que puedan ser agredidos, derrocados o aniquilados. Es impresionante que se hable y se discuta con aparente seriedad en los foros e instituciones internacionales acerca de un requisito que no se les exige a los países llamados desarrollados. Estos “derechos humanos” son una propiedad privada más del capitalismo, y una de las armas que utiliza en su guerra cultural mundial.

Desde 2001, el imperialismo impuso su ideología de “lucha contra el terrorismo” como un consumo general obligatorio, y a su sombra se puso por encima de toda ley, glorificando descaradamente la violación de los derechos individuales y de las soberanías nacionales, la agresión a países y su ocupación militar permanente, la tortura institucionalizada, la matanza cotidiana de civiles y otras atrocidades. Pero frente a ese mal que amenaza la vida de todos y al planeta se han levantado numerosas expresiones de resistencia. En América Latina, varios poderes revolucionarios, un arco muy amplio de movimientos populares combativos y gobiernos que benefician a amplios sectores de población con políticas más justas de redistribución, impulsan emprendimientos nacionales y defienden sus autonomías frente al imperialismo forman un conjunto que ha creado una coyuntura favorable y avanza en el establecimiento de nexos y órganos regionales. En esta nueva situación, los derechos humanos siguen siendo un territorio en disputa.

Ante el nuevo aniversario de aquel documento de 1948 habría que preguntar: ¿qué derecho tenemos a esperar que la gente crea en una Declaración que tiene sesenta años de pronunciada, en el marco de una organización mundial que tiene sesenta y tres años de fundada, si ni una ni otra tienen fuerza ni prestigio para defender sus vidas, y mucho menos para hacerlas vivibles y mejorarlas? Una vez más, las dueñas legítimas de este tema son las prácticas cívicas y la estatura moral de los que reivindican todos los derechos humanos para todos los que habitamos este mundo. Somos nosotros los defensores de los derechos humanos y los que tenemos derecho a invocarlos. El 10 de diciembre constituye un pequeño alto en el camino y un día de reunión y recuento, para seguir peleando.

La Habana, diciembre de 2008

[1] Bases y normas legales reguladoras de la Reforma Integral de la Enseñanza y Ley no. 680 del Gobierno Revolucionario, del 23 de diciembre de 1959. En José Bell, Delia L. López y Tania Caram: Documentos de la Revolución cubana. 1959, Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 2006, p. 226.

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