Derechos Humanos: Un Sol eterno

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Por Miguel Terry Valdespino

Pioneros de la escuela Juan Pedro Carbó Serbia. Foto: Otoniel Márquez

Pioneros de la escuela Juan Pedro Carbó Serbia. Foto: Otoniel Márquez

No hace falta leer diarios de ninguna tendencia en específico para darse cuenta lo mal que anda el asunto de los Derechos Humanos en un mundo donde la ambición parece haber tomado por asalto casi todos los espacios donde un ser humano respira.

Sin ir más lejos, hace apenas unas fechas leí acerca del negocio en que se ha convertido la venta masiva de esclavos en Libia, un país al que la OTAN concurrió a bombazos de todo calibre con el ánimo de defender, entre otras cosas, los sacrosantos Derechos Humanos “pisoteados” por Muammar el Kadaffi.

Entonces a Occidente le importaron los excesos del líder libio, ahora parece no importarle en absoluto el hecho de que los negros libios y de otras naciones cercanas, como sus antepasados de siglos ya distantes, terminen encadenados y con precio a su anatomía en incontables plazas de ventas. ¿Seres humanos vendidos como esclavos en pleno siglo XXI? Ni lo dude. Es una vergüenza absolutamente real.

Igual les sucede en Israel, donde no solo los palestinos son sometidos a toda clase de escarmiento, sino también los negros judíos, apabullados sin misericordia por gente que dice ser sus “hermanos de religión”, por gente desmemoriada de las que el poeta Luis Rogelio Nogueras escribió cierta vez: ¡Ah, qué pronto olvidaron el vaho del Infierno!.

Lo anteriormente narrado es apenas un botón de muestra. Pero es también un ejemplo claro de la manera tan “particular” en que ciertos paladines de la libertad entienden el valor de los Derechos Humanos, una suerte de “haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago” verdaderamente lamentosa y digna de una severa trompetilla.

Por otra parte, cómo es posible que un ser humano, muchas veces un pequeño inocente aquejado de un dolor o una herida de vida o muerte, se plante en la puerta de un hospital y allí mismo le pregunten si tiene Seguro Médico, para –en caso de no tenerlo- mandarlo a morirse a la mismísima calle.

¿Cómo es posible que seas un anciano o una mujer embarazada y no tengas un centavo para pagar el alquiler de tu vivienda, y la Policía llegue y a caja destemplada te lance escalera abajo o te tire al medio del pavimento?

¿Cómo es posible que seas un niño de físico endeble y debas trabajar como bestia por más de doce horas para no morirte de hambre? Y, ¿cómo es posible que seas una niña de ocho años y ya puedas ser la esposa oficial de alguien porque una “Ley” desmadrada permite semejante “derecho”?

¿No lo saben los que masacraron a Iraq, los que bombardearon Libia, y quieren perpetuar la miseria en la América de abajo “en nombre de la Libertad”, como pronosticaba el gran Simón Bolívar? ¿No lo saben ellos, que blasonan de saberlo todo, o resulta que tienen vista fija sobre Cuba?

Martí, con esa visión que lo llevó a ser un hombre de todos los siglos, aseguraba en frase bien conocida: “Dígase hombre y ya se dicen todos los derechos”. Blanco, negro, mestizo, niño, mujer, hombre, anciano, europeo, africano, asiático, judío, católico, protestante, ateo…” El Sol sale para todos sin distingos miserables. Los Derechos Humanos deberían ser como el Sol, más bien como un Sol eterno.

El Artemiseño

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