Derechos Humanos: La manipulación en el discurso político estadounidense

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El 10 de diciembre de 1948 la ONU proclamó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, pero, como bien ha apuntado Fernando Martínez Heredia, desde su propio título esta fue «engañosa y pretensiosa», pues «cómo iba a ser “universal” si se negó a reconocer la igualdad entre las naciones, para no condenar la inmensa llaga mundial que era el colonialismo, esa culpa tremenda de la modernidad capitalista que para desarrollar su sistema y multiplicar sus avances saqueó a fondo, aplastó culturas, esclavizó a decenas de millones de personas, destrozó formas de vida y de producción, explotó sin tasa el trabajo, prostituyó organizaciones sociales y erosionó el medio ambiente a escala universal… Al negarse a denunciar el colonialismo y el neocolonialismo, aquella mezquina Declaración no tuvo en cuenta a la mayoría del mundo, y tampoco los artículos 1 y 55 de la propia Carta de Naciones Unidas». 1

En 1966 la ONU aprobó el Pacto Internacional sobre Derechos Económicos, Sociales, Culturales, que proclamó en su artículo 1 el derecho de todos los pueblos a su libre determinación, su libre condición política y su desarrollo económico, social y cultural. «En ningún caso –decía el artículo 2– podría privarse a un pueblo de sus propios medios de subsistencia».

Junto a este instrumento fue aprobado también el Pacto sobre derechos civiles y políticos, pero ambos tuvieron que esperar diez años para entrar en vigor. 2

Ya desde la época en que James Carter era presidente de Estados Unidos (1977-1981) el tema de los derechos humanos fue utilizado por Washington como instrumento de política exterior y punta de lanza para imponer su esquema de dominación a Cuba –como parte de una estrategia mucho más amplia dirigida contra el sistema socialista a nivel mundial–, alcanzando niveles de virulencia durante la administración de Ronald Reagan. Ello fue así, al tiempo que poco importaron a estas administraciones la violación de los derechos humanos por dictaduras sangrientas en diversos rincones del mundo, mientras los gobiernos de estos países fueran fieles a los intereses de Estados Unidos, en especial en la lucha contra el comunismo.

El 26 de julio de 1978, Fidel haría una de las intervenciones más críticas contra la retórica sobre los derechos humanos que, en buena medida, se había encañonado contra la Revolución Cubana. En esa ocasión el Comandante en Jefe expresó:

«¿Con qué moral pueden hablar de derechos humanos los gobernantes de una nación donde conviven el millonario y el pordiosero, el indio es exterminado, el negro es discriminado, la mujer es prostituida y grandes masas de chicanos, puertorriqueños y latinoamericanos son despreciados, explotados y humillados?

«¿Cómo pueden hacerlo los jefes de un imperio donde se imponen la mafia, el juego y la prostitución infantil, donde la CIA organiza planes de subversión y espionaje universal, y el Pentágono crea bombas de neutrones capaces de preservar los bienes materiales y liquidar a los seres humanos, un imperio que apoya a la reacción y la contrarrevolución en todo el mundo, que protege y estimula la explotación por los monopolios de las riquezas y los recursos humanos en todos los continentes, el intercambio desigual, una política proteccionista, un despilfarro increíble de recursos naturales y un sistema de hambre para el mundo?

«¿Cómo pueden hacerlo los representantes de una sociedad capitalista e imperialista cuya esencia es la explotación del hombre por el hombre y con ella el egoísmo, el individualismo y la ausencia total de solidaridad humana?

«¿Cómo pueden esgrimir esa consigna quienes entrenan y suministran militarmente a los gobiernos más reaccionarios, corrompidos y sangrientos del mundo como Somoza, Pinochet, Stroessner, los gorilas del Uruguay, Mobuto y el Sha, de Irán, para citar solo algunos casos?

«¿Cómo pueden hablar de tales derechos los que mantienen estrechas relaciones con los racistas de Sudáfrica, que oprimen, discriminan y explotan a 20 millones de africanos; los que suministran cuantiosas cantidades de sofisticadas armas a los agresores sionistas que desalojaron al pueblo palestino de sus tierras, y se niegan a devolverle a los países árabes los territorios arrebatados por la fuerza?

«¿Cómo puede hablar, en fin, de derechos humanos, el gobierno imperialista que mantiene una base militar por la fuerza en nuestro territorio, y somete a nuestro pueblo a un criminal bloqueo económico?». 3

Este doble rasero que ha caracterizado la política exterior de Estados Unidos con relación a los derechos humanos tuvo que ser reconocido –aunque de manera muy laxa– por la exsecretaria de Estado Hillary Clinton, de la siguiente manera:

«La defensa de la democracia y los derechos humanos ha sido el corazón de nuestro liderazgo global durante más de medio siglo, aunque ocasionalmente hayamos transigido respecto a esos valores en beneficio de intereses estratégicos y de seguridad, e incluso apoyado a dictadores anticomunistas moralmente objetables durante la Guerra Fría, con diversos resultados». 4

Esa situación no ha cambiado mucho en la actualidad, los dobles estándares en la manera en que Estados Unidos juzga a otras naciones por el tratamiento de los derechos humanos continúan teniendo las mismas lógicas de la Guerra Fría. Solo así es posible explicarse por qué Estados Unidos ataca a Cuba y Venezuela y, sin embargo, calla sobre la situación de los derechos humanos en países en los que con mucha frecuencia se asesinan a periodistas, aparecen fosas comunes con cientos de cadáveres, se practica el crimen político, la ejecución extrajudicial, la desaparición forzosa, se reprimen las manifestaciones con gases lacrimógenos, armas de fuego y balas de goma, y hasta puede que jamás sus ciudadanos hayan votado en elecciones. Ello solo nos puede llevar a una conclusión: la preocupación fundamental de Washington jamás ha sido los derechos humanos, sino su hegemonía. Por otro lado, resulta imposible que un régimen imperialista como el de Estados Unidos, pueda promover fuera de sus fronteras la democracia y los derechos humanos que no garantiza a sus propios ciudadanos.

La concepción burguesa potencia un enfoque meramente individualista sobre los derechos humanos5, soslayando los deberes de las personas con el resto de la sociedad e incluso, desconociendo el ámbito colectivo de disfrute de algunos derechos, como el de los pueblos a la paz, al desarrollo, a la libre determinación y a la solidaridad internacional. Es bajo esta lógica que en Cuba se han violado durante más de 50 años los derechos humanos, y no precisamente por el gobierno de la Isla –como continuamente señalan los medios occidentales–, sino por el gobierno de Estados Unidos, que ha practicado un genocidio contra el pueblo cubano desde 1962, cuando fue decretado el bloqueo económico, comercial y financiero con el propósito de crear hambre, desesperación y el derrocamiento del gobierno revolucionario.

Ese bloqueo constituye una violación masiva, flagrante y sistemática de los derechos humanos, en virtud de lo que establecen los artículos 1 y 2 del Pacto Internacional sobre Derechos Económicos, Sociales, Culturales. Las cifras de los daños económicos son astronómicas, pero los daños humanos causados son incalculables e imposibles de resarcir. A los que se suman 3 400 fallecidos y 2 099 discapacitados por otras agresiones y actos terroristas auspiciados por diversas
administraciones estadounidenses contra Cuba desde el triunfo de la Revolución.

¿Acaso el gobierno de Estados Unidos no está violando el más elemental derecho humano a la vida cuando impide a través del bloqueo que Cuba compre los medicamentos que salvarían o aliviarían el sufrimiento de niños cubanos con distintos padecimientos? ¿Acaso no se violan, incluso, los derechos humanos de los ciudadanos estadounidenses cuando se les impide viajar libremente a Cuba?

Y es que los derechos humanos son universales, indivisibles e interdependientes, algo que «olvidan» continuamente las potencias occidentales, en especial Estados Unidos, pues la concepción burguesa de los derechos humanos supuestamente «privilegia» los derechos civiles y políticos, en detrimento de los derechos económicos, sociales y culturales. ¿Cómo podría un analfabeto o un indigente ejercer el voto o la libertad de expresión? No es posible hablar de democracia y derechos humanos sin justicia social.

Si algún día Estados Unidos abandonara la política de instrumentalización de los derechos humanos en Cuba, como parte de su estrategia de cambio de régimen y se dedicara a pensar seriamente en cómo ayudar a garantizar esos derechos humanos en la Isla, en su propio país y en el mundo, no solo levantaría de inmediato el bloqueo económico, sino que encontraría a 90 millas de sus costas al mejor aliado para enfrentar el gran reto que hoy significa poder asegurar los derechos humanos a millones de personas, en especial el más elemental de ellos, el derecho a la vida, hoy más amenazado que nunca.

(Tomado del libro 5 temas polémicos sobre Cuba, Ocean Sur, 2016)

Notas
1 Fernando Martínez Heredia, Derechos Humanos y resistencias y luchas populares, en: A la mitad del camino, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2015, p.287.

2 Ibídem, p.288.

3 «Discurso de Fidel Castro en el Acto Central por el XXV aniversario del asalto al Cuartel Moncada, celebrado en Santiago de Cuba el 26 de julio de 1978», Granma, La Habana, 27 de julio de 1978.

4 Hillary Rodham Clinton, Decisiones Difíciles, Simon-Schuster, Nueva York, 2014, p.373.

5 Una concepción objetiva y justa de los derechos humanos, al tiempo que potencie y proteja el disfrute individual de derechos y libertades –la más amplia realización del ser humano–, debe tener presente que el individuo no puede desarrollar su personalidad y ejercer sus derechos ajeno a las relaciones sociales y en detrimento de los intereses de la sociedad.

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