De cuando La Habana fue amurallada

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Por Ángela Oramas Camero

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En este  2019, el 16 de noviembre, los cubanos celebraremos el 500 aniversario de la fundación de la capital, La Habana. En la memoria escrita hallamos hechos relacionados con su defensa, de cuando en el siglo XVII se dio la orden de rodear a la villa de San Cristóbal de La Habana con un enorme cinturón de piedra que la protegería de los enemigos, especialmente de los ataques de corsarios y piratas.

Concluidas las tres primeras fortificaciones, La Fuerza, El Morro y La Punta, así como los torreones de La Chorrera, Cojímar y San Lázaro, los gobernantes colonialistas pusieron en ejecución la obra de la muralla, que sería terminada al cabo de 123 años. Cuentan que pasados 44 años de la construcción ya se había convertido en verdadero estorbo, lo cual explicaremos más adelante.

Para alzar la muralla se trajo de España al ingeniero Bartolomé Sánchez, y el 3 de febrero de 1674 comenzaron en firme los trabajos, aunque paralizados por intervalos, y finalizados hacia 1797 con todos sus lienzos y baluartes.  Como principal mano de obra fue utilizada la esclava, la misma que tendría a su cargo efectuar el derribo, a las 7 a.m. del 8 de agosto de 1863.

La parte mejor acabada se extendió desde el castillo de La Punta hasta la Capitanía del Puerto.  En ese tramo lucharon con heroísmo las milicias habaneras y muchos esclavos contra los ingleses en 1762. Tras la batalla por la toma de La Habana se reconstruyó tal pedazo amurallado, y años más tarde allí se levantaron el Parque y la Maestranza de Artillería.

Al principio, la gruesa muralla sólo tuvo dos puertas: una al norte, la de La Punta, y otra al oeste, la de la Muralla.  Posteriormente se le añadieron otras que también adquirieron los nombres de los barrios y calles donde fueron ubicadas: la de Colón, las dos de Monserrate, la del Arsenal, la de la Tenaza, la de Luz, la de San José, la de Jesús María, y una más cercana de la ya conocida como de la Muralla.

Las aperturas de las puertas eran a las 4 y 30 de la mañana y los cierres a las 8 de la noche (luego esta hora fue cambiada por la de las nueve p.m.); eran anunciados con el disparo de un cañonazo en cada horario.  De día ellas favorecían la comunicación de la parte de la ciudad intramuros con la de extramuros, y de noche imposibilitaban todo tipo de tránsito o tráfico entre ambas poblaciones.

En cuatro décadas La Habana creció extraordinariamente, sobre todo se ampliaron las barriadas fuera de los muros, la también llamada parte moderna. Por ese tiempo la muralla se convirtió en gran obstáculo para la comunicación de los pobladores de uno y otro sitio y además comenzaba a no servir como defensa, pues ya existían las fortificaciones de La Cabaña, El Príncipe, Atarés, Número Cuatro, Santa Clara y San Nazario, las que unidas a los notables progresos de la artillería constituyeron un efectivo baluarte defensivo de La Habana colonial.

El derribo del anchuroso muro comenzó entre las puertas de Monserrate y su casi total destrucción ocurrió en el primer lustro de la República.  De todos los objetos relacionados con la muralla solo quedaron para el recuerdo: una puerta próxima a la actual estación Central de Ferrocarriles, varios paredones, dos garitas y el cañonazo de las nueve.

En realidad, la única puerta que queda es la de la Tenaza, cerca de la  Estación de los Ferrocarriles y frente al Museo de la Revolución está la garita del Ángel, nombre que adquirió de la iglesia cercana a ella.

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