Cuba prerrevolucionaria: De guardia rural y otros demonios

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La vida de familias como la de Pedro Nodal cambió con el triunfo de la Revolución, cuando el campesinado cubano se convirtió en prioridad para el país./Foto: Internet

Un hecho, entonces cotidiano antes de la Revolución, refleja cómo era la vida en las zonas rurales de nuestro país, en especial en los lugares más intrincados donde los terratenientes locales, siempre apoyados por la Guardia Rural, realizaban las acciones más grotescas y abusadoras para con los campesinos de esos lugares. La historia nos llega en la propia voz de una familia de caficultores del Escambray.

El dos de marzo de 1940, en una finca llamada Santa Sabina de las Furnias, donde actualmente se encuentra el poblado escambradeño de Crucesitas, ocurrió este hecho real que narra el caficultor Pedro Nodal a quien dejamos el crudo relato…

“Mi padre, Pedro Antonio Noda,l y mi tío Serafín San Pedro hicieron un contrato de arrendamiento de unas tierras con el propietario del lugar, José Luis Arrojo. El contrato preveía pagar al dueño la tercera parte de los productos y ganancias que obtuviéramos con nuestro trabajo en esa tierra. Este podía renovarse cada vez que las partes lo acordaran.  Tal señor Arrojo, cuando le convenía, se ponía el uniforme de capitán de la Guardia Rural, aunque no estaba en activo, y realizaba lo que le servía a sus intereses.

“Yo era un muchacho -recuerda Pedro Nodal- pero también ayudaba a mi familia a desmontar aquel monte firme, a chapear y a sembrar. Levantamos un ranchito para poder acampar allí la mayor parte del tiempo y con mucho esfuerzo levantamos una colonia de 20 mil matas de café, un platanal y un malangal, trabajando como mulos día y noche.

“Cuando llegamos a las 36 mil matas de café renovamos el contrato con Arrojo. Y entonces comenzó el pleito, en la tercera oportunidad de renovar el contrato el señor quería recibir la mitad de la producción y la ganancia, ya no se conformaba con la tercera parte que era lo habitual en este tipo de convenios, sobre todo cuando no daba ni un guatacazo en las labores, ni ponía a nadie de su gente a ayudarnos. Mi papá no aceptó esas condiciones y recurrimos a los tribunales de justicia, pero ya se sabe a quiénes protegían esos jueces.

“Así que después de muchas carreras, mucho papeleo y muchos pagos a los abogados, la sentencia vino contra nosotros e incluía el desalojo de mi familia, ello implicaba que Arrojo se quedaba con todo el producto de nuestro trabajo.

“Llega el momento del desalojo, por estos primeros días de marzo, pero de 1940; aquello metía miedo de cómo el lugar estaba lleno de guardias rurales y de gente armada, todos bajo las órdenes del terrateniente Arrojo. Primero desalojaron a otras familias vecinas que también tenían contratos de arrendamiento que el dueño de las tierras no respetó, eran aparceros de la misma finca, los Jaureguí, los González…, y luego, llegaron a nosotros.

“Estaba presente un juez y el alguacil leía el documento judicial del desalojo. Un grupo de la gente civil empezó a darle candela a nuestra casita, con todas las cosas nuestras dentro. Mi papá no pudo más y gritó:

Bendito sea Dios, ¿ustedes saben lo que es hacer esto?  ¡Esto es criminal! ¡A este señor lo que hay es que matarlo…!

“Y diciendo eso fue a sacar su machete de trabajo de la vaina, pero aún no lo había extraído cuando Arrojo le disparó un tiro que lo hirió gravemente. La bala le entró por el brazo izquierdo, le pasó el pecho por ese lado y le salió por la espalda. Se salvó de milagro porque lo llevamos en una parihuela -una camilla hecha de un saco con dos palos a los lados-, durante horas caminando, leguas y leguas a pie, conteniéndole la sangre con trapos quemados apretados en las heridas, hasta llegar a un auxilio médico. Ese brazo le quedó lisiado para siempre, continúa el hijo, y como él era zurdo tuvo que aprender a usar el machete a la derecha para poder seguir trabajando, una vez que se recuperó del balazo.

“Lo perdimos todo. La candela lo arrasó todo en la casa. Los sembrados, las 36 mil matas de café, y las otras siembras: de plátanos, malanga, frijoles…, más 400 quintales de café ya recogidos. Arrojo se quedó con todo y no nos dio ni un centavo. Pusimos en garantía una caballería de tierra que mi familia tenía por La Sierrita, y nos dieron un pequeño préstamo de dinero. Allí en ese lugar que era más piedra que tierra levantamos una siembra de café, en tiempos en que el quintal lo pagaban a seis pesos. Sólo vimos la luz cuando triunfó la Revolución. Yo no sé si los vecinos de Crucesitas y de La Sierrita, los más viejos, se acuerdan de estas cosas porque ahora vivimos en un paraíso, pero como dicen “con las glorias se olvidan las memorias…”

Así, termina este campesino su infeliz historia publicada, por este redactor, hace ya algunos años en el libro El Escambray en ascenso. Hay cosas tan espantosas ocurriendo todavía en este mundo tan vapuleado, que a veces es necesario sacarlas a flote, es la vía de compartir con quienes nos leen sobre cuánto tenemos por proteger. Nuestras conquistas han sido  posibles solo gracias a la Revolución socialista. ¡De verdad!

5 de Septiembre

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