“Cuba entre tres imperios, perla, llave y antemural”, en la sede nacional de la Sociedad Cultural José Martí.

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Por Harold Bertot Triana

Palabras pronunciadas en la

PRESENTACIÓN DEL LIBRO DE ERNESTO LIMIA

No puedo menos que agradecer infinitamente a Limia esta deferencia de presentar su libro por el Club martiano “Enrique Hart Ramírez” de la Sociedad Cultural José Martí, editado masivamente por la Editorial Verde Olivo, y el honor inmenso que me hace de presentarlo. También me disculparán todos los presentes si estas palabras no se ajustan en su contenido exacto a las “normas” de una presentación, de lo cual no sólo espero una benévola compresión, sino que me permitan compartir con ustedes pequeñas reflexiones sobre algunos temas que fueron naciendo al pie de la lectura y que no consideré desestimarlos en esta hora.

cuba-entre-tres-imperiosEl libro Cuba entre tres imperios, perla, llave y antemural, que se presenta por vez primera bajo el sello de la Editorial Verde Olivo – que no ha descuidado en hacer una bella entrega en su diseño y composición-, es un gran libro, por muchas razones que expondremos más adelante. Forma parte de un interesante y ambicioso proyecto que pretende abarcar la historia de nuestra Isla hasta el presente, en un esfuerzo que no estará exento de complejidades mayúsculas y no solo por los intereses y consecuencias que tendrían para el proyecto político e ideológico vigente, sino que una vez más Martí tuvo razón cuando insistió que “La historia que vamos viviendo es más difícil de asir y contar que la se espuma en los libros de las edades pasadas: esta se deja coronar de rosas, como un buey manso: la otra, resbaladiza y de numerosas cabezas como el pulpo, sofoca a los que la quieran reducir a forma viva”.

Mi acercamiento a este proyecto de Limia, que ya tiene dos libros, se inició por su segunda entrega, Cuba libre, la utopía secuestrada, publicada por Ediciones Boloña, que abarca los años desde que Gran Bretaña entregó La Habana a España hasta el año 1899. Es un libro bello y con una dignidad en tratar los problemas más duros y complicados de nuestra historia, sin virar la cara y encarándolos, parafraseando a Martí, como el carnicero a la res, con la manga al codo. El libro constituye un rompimiento con una forma de escribir la historia bastante perniciosa: es una lectura que se hace fácil.

Y es la lectura que uno siempre ha pretendido hacer de la historia de nuestra Patria, que se disfrute como en algún momento lo hemos hecho algunos de Jenofonte y su Anábasis, y con Cayo Salustio y la Conjuración de Catilina y La Guerra de Jugurta, que lograra encontrar en su exposición y maneras de tratar los temas más complejos con inteligencia y buena narración.

Yo creo que este es uno de los méritos fundamentales del libro. Se ha dicho, en algún momento, que Marx y Engels para hacer llevar las conclusiones de su concepción del mundo escribieron el Manifiesto Comunista con la finalidad de que cuestiones tan complejas pudieran ser comprendidas por todos, y que fuera de una lectura fácil, al pie de un hilar, a la salida de una fábrica. El libro de Limia trata de romper grandes muros de incomprensión de nuestra historia, transida en un gran porciento en la manera de contarla, de comunicarla a grandes masas.

Los acontecimientos que marcan el período que comprende este primer libro de Limia, tiene como trasfondo los albores de la era de producción capitalista, las diversas etapas de la acumulación originaria en España, Portugal, Holanda, Francia e Inglaterra. Como señalara Marx, es un momento de la historia en que se conjugan la necesidad de expandir hacia todos los confines de la Tierra el mercado mundial como producto del naciente régimen de producción capitalista, y la propia válvula que encuentra este régimen para su desarrollo y explosión sin límites con los “descubrimientos”. Ello es que lo que produce en los siglos XVI y XVII las grandes revoluciones producidas en el comercio con los descubrimientos geográficos y que imprimieron un rápido impulso al desarrollo del capital comercial, la multiplicación de las mercancías circulantes, la rivalidad entre las naciones europeas en su afán de apoderarse de los productos de Asia y de los tesoros de América y la implantación del sistema colonial. Pero como el propio Marx señalara también, fue precisamente con el descubrimiento de los yacimientos de oro y plata en América que sobrevino el exterminio, esclavización y sepultamiento en las minas de la población nativa, el comienzo de la conquista y el saqueo de las Indias Orientales y la conversión del continente africano en cazaderos de esclavos negros. Por ello en frase centellante Marx no pudo menos que advertir: “El capital viene al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros, desde los pies a la cabeza.”

En este escenario de acontecimientos mundiales, Cuba fue clave para las potencias que crisparon puños en el Caribe. Es en este contexto que se desarrolla el libro, del cual coincido con muchos tiene, entre otras, la virtud de acercarnos a la historia con los chispazos narrativos de una novela. En la misma medida la urdimbre del relato de las hostilidades entre las potencias por sus posesiones de ultramar, se tejen con una inteligente y oportuna descripción de la vida de Europa, donde un hábil discurso histórico, logra que la figura de reyes, corsarios y piratas, se asuman y hagan comprender en las características o mutaciones típicas de una clase, de un estamento o de un sector. Sin llegar a fatigar al lector se lee a un ritmo que no decae, un cuadro histórico preñado de acontecimientos, que sale victorioso en su finalidad didáctica, entre otras porque la perspectiva totalizadora de la época no deja de significar, junto al evento trascendente, el mundo cruzado por los maravillosos escenario de alianzas, antojos reales, batallas épicas, rutas comerciales, peripecias de la navegación, y la vida económica y el entorno cultural -en sus más finos matices- de los más disímiles puntos geográficos de Europa, América y África enrolados en las aventuras colonizadoras. Su forma de contar advierte con facilidad esta finalidad didáctica y pedagógica cuando supera las agobiantes citas al pie –en el texto solo aparecen las que Limia consideró necesarias-, que la mayoría de las veces llevan en sí la desgracia de desconectar por momentos al lector de un ritmo de escritura y termina por sumar escalones a una actividad que requiere concentración e inevitable agotamiento.

Me atrevería a significar que a ratos el recurso de la descripción exhaustiva de lugares, sucesos, parecen estar en la órbita del mejor estilo literario del realismo decimonónico –todos recordamos a Balzac-, donde tiene a veces el propósito de ambientarnos y conectar indirectamente estados de ánimos, definir personalidades, esperanzas, añoranzas. Tómese como ejemplo, el tan bien logrado momento de la llegada de Colón a la región de la Bahía de Bariay, en Holguín, y su encuentro con una naturaleza fascinante, que en su descripción fina y detallada –auxiliado en sus detalles por investigación recientes relacionadas en torno a la rehabilitación de la vegetación de este lugar- se agrega como un elemento determinante en una fresca narrativa histórica encarada sin complejos y expuesta con soltura, en los que otra vez no hace falta decir más, para comprender y asimilar con mejor sentido el estado de ánimo de aquel hombre, que encontró en lo novedoso de aquellas zonas geográficos algunos puntos de contacto que podían haberle provocado añoranza de Sicilia.

Un aspecto clave a insistir, es que Limia teje la historia apoyado en sólidas y recientes investigaciones desarrollados en distintos campos de la ciencia: arqueología, genética, etc. Por ello es auxiliado por estudios serios sobre evidencias arqueológicas y químicas referidas al primer poblamiento aborigen de la Isla, y su hipotética partida del sur de la Florida a través del canal Viejo de Bahamas, así como las formas de vida de estos aborígenes; la precisión histórica de invaluable significación sobre la verdadera ubicación de la segunda villa fundada por los colonizadores, que en la mayoría de los libros referidos a este período la ubican en Bayamo, y que fue en realidad establecida en un lugar no ubicado de la margen oeste del río Yara, cerca de la costa y de la actual Manzanillo, conocido como Villa de San Salvador el 2 de noviembre de 1513. Pareciera paradójico, si no fuera por la seriedad y el rigor que demuestra esta obra, que fuera precisamente un bayamés como Limia, quien asumiera “despojar” a Bayamo de este privilegio histórico.

Pero es obvio que Limia se propone no solo presentarnos otra manera de contar la historia, sino que sus resultados tienen un fuerte componente ideológico, y en ello el proyecto de Limia, comporta que se entienda sobre todo en dos perspectivas.

La primera se relaciona con lo que parece urgente y necesario en la Cuba de hoy: reconstruir y fortalecer una conciencia nacional en estos tiempos difíciles, turbulentos, y a veces con la percepción de ausencia de brújulas, de pérdidas de referentes nacionales, y que pueden ir hasta una contrastante indiferencia ante el himno nacional o hasta seguir portando con dignidad la identificación de nuestra ciudadanía. Pudiéramos convenir que estos temas tan sensibles comportan análisis integrales, y complejos, en una diversidad de coyunturas problemáticas de nuestra historia reciente y de nuestro vivir cotidiano, pero también pudiéramos convenir entonces que la solución estará, entre otras,  en el camino de reconstruir y fortalecer nuestra conciencia nacional. El libro de Limia, por lo menos lo que un joven como yo puede valorar, es que está hecho precisamente en esta dirección. Pero ojo, no se trata de que para este noble empeño la visión y la posición ideológica del autor tras esta finalidad entorpezca la construcción histórica. Han sido precisamente estas razones las que han creado barreras de incomunicación con nuestra historia, porque de todos es conocido que por disímiles factores, nuestra historia se desconoce en varios puntos. Estas oquedades a veces se transfiguraron en rechazos a revivir o desconocer símbolos, monumentos, construcciones, a hombres y personalidades o sucesos, sin que la vida y los acontecimientos se conecten al curso diverso de los acontecimientos culturales e históricos. Este desconocimiento hace precisamente que, entre gambetas y caños, aparezca en el todo general de nuestra historia, de nuestras verdaderas tradiciones, identidades y sentido de la vida, un proceso ahistórico e hipostasiado. Y todo ello ha tenido como consecuencias rigidez en la mirada a los procesos históricos, demarcar y considerar ramplonamente sobre ella a personajes buenos y malos, convenientes y no convenientes, redescubrir a unos y olvidar a otros, que hace la historia de nuestros pueblos lamentable, mitológica y abstracta, con el peligro que se cierna sobre el horizonte de nuestras esperanzas la sanción de este veneno con efectos vinculantes.

Pudiéramos estar de acuerdo, en que es cierto que algunos hombres defendieron en nuestra historia causas no legítimas para los procesos actuales, y que otros son anónimos en dignas posturas sin alguna trascendencia importante en el curso de los procesos históricos, pero no olvidar que incluso entre notorias abyecciones, viles amagos, y los de a poco, la historia se compone de varias piezas y se refunda en un concierto de voluntades individuales. Las tribulaciones, los heroísmos, las traiciones, la mano amiga, el troglodita, no hacen otro favor que mostrarnos la obra del hombre, de aquel que flaquea, del que está a medio camino y del que bate alas hacia lo más alto. La historia del hombre, es bueno insistir, se cuenta de restas y de sumas, y no solo se mira de costado. Arroparse bajo una visión cercenada de la historia -ya parece no ser un secreto para nadie-, frustra y echa por la borda precisamente comprometerse con una visión crítica de la historia y asir una historia como nuestra y capaz de hacerla carne y cotidiana. El hombre va construyendo su historia, pero indudablemente estos procesos contribuyen a que no levante la cabeza y no sean consciente de ello, y que la prisa y la cultura de lo inmediato sepulten antecedentes, tradiciones y descienda hasta cada ser individual para impulsarlos hacia delante, con un cerebro que perplejo encontrará a ratos un vacio, un espacio temporal y espacialmente “sin historia”.

La segunda perspectiva se relaciona con una preocupación del que esto escribe, de no comprender cabalmente la distinción indiscriminada, y a veces imprecisa, que a ratos se hace de lo que es “científico” e “ideológico” o “valorativo” en la construcción histórica, o de la necesidad de hacer historia desde posiciones “científicas”, libre de ideologías o de valoraciones.

En la ciencia social la pretensión de hacer una historia libre de ideologías, responde al impulso positivista que toma como arquetipo del modelo de ciencia de las ciencias naturales, la aspiración a una “exactitud” que cree conseguirse con una historia en estado “puro”, aséptica de toda valoración si se reduce a lo meramente descriptivo, al relato al mejor estilo deportivo de los hechos, o a la copia “exacta” de los hechos. Ya sabemos a que responde esta tendencia en la actualidad, y porqué la necesidad en nuestra Cuba de hoy de brindarnos estos arquetipos para contar nuestra historia. Solo baste mencionar el relato fácil que se hace de nuestra historia en el período prerrevolucionario y de una Cuba “dorada” de los años 50. Pero, además, constituye un discurso que se vende y no debemos comprar, por sencillas razones de orden filosófico, y por ende, de orden ideológico. Esto nos permite comprender sin necesidad de abundar en ello, que hasta la supuesta “neutralidad” en la historia, hay una toma de posición ideológica frente a la comprensión de los acontecimientos históricos. Por ello es necesario insistir en que “lo ideológico” se relaciona con “lo científico” en la historia de un modo muy estrecho, casi imperceptible de distinguir, pese a todo pretendido grado de objetividad que debe reinar en la exposición de los acontecimientos.

La historia se mueve en una doble condición en sus construcciones: en la explicación y en la extracción de su significación. Por eso el dato, el hecho aislado, ese que se ha querido presentar en estado “puro”, -y que a ratos parecen átomos que flotan y se hacen crónicas-, la historia se sirve de estos acontecimientos históricos y los conecta y engrana en un relato a través de modelos, teorías, y por ende metodologías, que pretenden explicar el curso de los acontecimientos, sus tendencias, regularidades históricas, sus posibilidades y sus variopintos escenarios de desarrollo, y extraer de ello la significación, el simbolismo, el sentido. Pero entonces no olvidar que cada teoría o concepción sobre lo social, de la que se sirve el relato histórico para construirse, ayudada por conceptos y categorías, representa una idealización o abstracción de disímiles relaciones sociales para representar y entender la realidad social, en el marco de proyectar sus transformaciones, o solamente como construcciones contemplativas, que responden en el fondo a concepciones, intereses y necesidades de hombres condicionados por su condición de clase, por el nivel cultural, científico y económico de su época, y por lo tanto por una concepción filosófica particular del mundo. Es ello lo que explica, entre otros factores, que la relación entre ciencia e ideología en la teoría social, y por ende en la historia, se fusionen en un todo dialéctico. En tales contornos se hace fácil explicar porqué el providencialismo de un Agustín de Hipona o un Osorio, o la reconstrucción hagiógrafica o los anales reales y monásticos, que exaltaban dinastías cristianas envestidas por un superior, y que eran historias vistas con el prisma de la religión sobre reinos y vida de reyes,  como hicieron Beda el Venerable, Isidoro de Sevilla, Froissart o Matteo Villani.

Por esta razón es fácil también advertir la concepción del mundo de la cual se hace Limia para explicar la historia de Cuba. Y no es nada más y nada menos que el método que asume una historia crítica y la construye con la ayuda de otros campos de las ciencias sociales, en la exacta comprensión integradora y totalizadora de Marx. Y asume de esta construcción la culminación de una buena parte de la historia de Cuba con una significación militante, de servicio al lado de las ideas que son necesarias trasladar a todos para rearmar la conciencia nacional y para la preservación de ideales y concreciones históricas tan imprescindibles para este país, como la independencia y la soberanía. Son estos los dos ejes temáticos sobre los cuales gira la significación histórica del todo el proyecto de Limia, y que se sirve también para tomar partido en la valoración de los hechos históricos, dentro de la objetividad y el rigor con que presenta los acontecimientos históricos, y es lo que puede explicar que su obra, con toda intención y sin sonrojo, califican entre las que refuerza lo que pudiéramos llamar nuestra “ideología científica” del independentismo y la soberanía nacional.

Sin ánimo de adelantar en exceso cuestiones novedosas del texto, tomemos por ejemplo uno de los temas más reveladores del libro y que trata sobre la supuesta “extinción” de los aborígenes por los colonizadores y el régimen de vida impuesto, en los que se auxilia de los más modernos estudios genetistas de investigadores cubanos que corroboran la falsedad de esta creencia y la confirmación de la existencia de un proceso de mestizaje entre castellanos, negros y aborígenes y la perdurabilidad de su herencia cultural en diversas manifestaciones de la vida.

Vean ustedes a los embates ideológicos a los que se somete la objetividad científica de investigaciones y la constatación de hechos, enmarcados y colocados en un relato histórico, y no solo la explicación de los hechos, sino la significación y sentido extraídos de estos –en los que muchas veces se superponen a la propia explicación, o llevan el pulso de una explicación dirigida a preñar de un sentido u otro-, como en términos de ideologías políticas o religiosas se valora la figura del Padre Bartolomé de las Casas, o la importancia de negar la extinción del aborigen en Cuba, basado en sólidos conocimientos científicos, frente a tendencias racistas y discriminatorias que aun no dejan de ser páginas pasadas y reducen al “indio”, al aborigen, al negro, y lo colocan como continuidad de eslabones primitivos, inferiores, cuando pretenden descolocarlo como sujetos históricos en procesos de transformaciones históricos, y pretenden elevar un tipo de hombre “blanco” superior al resto y por ende con mayor capacidad de tomar decisiones y con preponderancia “natural” o “predestinado” a mandar o dominar sobre el resto.

En el primero de los casos, Limia es concluyente en su juicio sobre el Padre de las Casas. En el segundo Limia asume con su énfasis de entendernos también en el aborigen, la herencia martiana de defensa y de colocar al indio en una dimensión cultural y civilizatoria de incalculables proporciones para la humanidad. Y ello es una actitud, insistimos, basados en sólidos conocimientos científicos, que está en el ritmo y la sintonía martiana de la reivindicación perenne del indoamericano.

Por todo ello, y mucho más, la obra de Limia, sin necesidad de recurrir a la muletilla: “desde el punto de vista marxista”, es en sus conclusiones y modo de abordar la historia, marxista. Y no se trata de aceptar ciegamente un metodología o concepción para explicar nuestra historia, sino que el verdadero contenido revolucionario y crítico de la historia, supone una comprensión y entendimiento de la historia a partir de una comprensión integral en los marcos de sus determinaciones sociales, económicas y políticas, y del desarrollo de otros campos del saber social. Y en esto está la clave del marxismo para la construcción histórica. Esto llama la atención a que no se debe apelar a la absolutización en la explicación histórica y sus matices como un rebote lineal y mecánico a las condiciones materiales o económicas, sino que precisamente la perspectiva de la concepción materialista de la historia hace énfasis como un aspecto a tener claro, como punto de partida, que una compresión cabal de la historia no se agota con significar el rasgo cultural, tradicional, étnico, o el carácter de determinados hombres como determinantes solamente de la historia, si este no comprende enmarcarlo en una compresión histórica de sus determinaciones de relaciones económicas en última instancia. Este elemento para la comprensión de la historia fue decisivo. El marxismo colocó por primera vez los pies de los hombres sobre la tierra, y los despojó de métodos para pensar que inexorablemente llevaban a crear historias noveladas, que ubicaban omnicomprensivamente en los labios de una mujer, en las intenciones de hombres cultos, en las apetencias de guerreros, o en la nariz de una Cleopatra, si recurriéramos a una expresión de Saint-Beave, los factores que omnicomprensivamente condicionaban el curso de la historia.

Por ello, y sin necesidad de abundar más en ello, el libro de Limia asume la perspectiva histórica del marxismo en la historia del pensamiento universal, y lanza la clarinada de que su enseñanza y aprendizaje, fuera de los contornos universitarios de las facultades de Filosofía, no debe incluirse en la lógica de una “asignatura” a rebasar, ni invitar a comprender sus verdades y soluciones con los ojos cerrados. Ni basta con destacar y remarcar a sus fundadores, para declarar la existencia de su pensamiento, al modo en que se etiqueta por la propaganda del consumo a sus productos, como el simple enunciado de que hablamos de “los genios”, de las “mentes más lúcidas de su tiempo”, sin con ello nos apartamos de la esencialidad de su pensamiento, y de asimilar las herramientas metodológicas y conceptuales que brinda en el orden del conocimiento teórico y filosófico para la comprensión y explicación de los fenómenos sociales que estudian las distintas ciencias sociales, de la posibilidad de conducir el pensamiento en los contornos filosóficos de una concepción general del mundo, y del arma ideológica en que se convierte para la lucha política en la construcción socialista, cuyo reto está en enriquecer sus conclusiones o replantearlos a partir de las actuales condiciones que plantea el capitalismo global, y los lógicos reacomodos y reconceptualización que la práctica ha impuesto a los modelos alternativos.

Esta presentación quiere terminar entonces con una invitación a leer este importante texto y, en una felicitación a su autor en este noble empeño.

Muchas Gracias.

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