#Cuba: Conjugando el verbo debatir

Por José Armando Fernández Salazar

Después de tantos años de campañas de educación y participación en procesos políticos, cualquiera pensaría que en Cuba hemos alcanzado madurez en la cultura del debate.

El cubano, por naturaleza, tiende a formarse una opinión de todo lo que le rodea u ocurre. Ahí entran la pelota (y más recientemente el fútbol), el acontecer internacional, el estado del tiempo, las artes en sentido general y temas tan sorprendentes como la física cuántica, el tratamiento al cáncer o la psicología. Nuestros paisanos no solo se hacen una idea de todos estos asuntos, por lo regular tienden a expresarlos en público y darlos como científicamente válidos.

Ello tiene que ver con los sedimentos de nuestra nacionalidad, un proceso histórico cuya descripción escapa a los propósitos de este comentario, pero también deja entrever que la mayoría de las veces, cuando exponemos nuestros criterios, no tenemos en cuenta la opinión de quienes nos escuchan, ya sea por voluntad propia u obligación.

Dice un sabio hindú, que el ser humano tiene dos orejas y una sola boca porque es más importante escuchar que hablar, pero muchas veces estas palabras no encuentran tierra fértil para crecer por estos lares.

El país se ha abocado en un proceso de reflexión colectiva sano y necesario, que tiene ahora una nueva fase en la discusión de los documentos emanados del VII Congreso del Partido. Como antes ocurrió con los Lineamientos de la Política Económica y Social del Estado y el Gobierno Cubanos, ahora se le propone al pueblo debatir sobre las prioridades del desarrollo nacional hasta 2030 y la conceptualización de nuestro modelo socialista.

Detrás de las líneas de cada uno de estos documentos hay abundantes horas de análisis y consultas entre expertos y dirigentes y, además, el propósito de establecer una base institucional sólida que asegure la continuidad del proyecto revolucionario cubano una vez que, como consecuencia del orden natural, ya no se encuentre su dirigencia histórica.

La discusión de estos documentos en centros laborales y de estudio coincide con el segundo proceso de rendición de cuentas de los delegados a sus electores, otro espacio que se presenta propicio para el debate y que, sin embargo, muchas veces es desaprovechado, porque se convierte en un encuentro lleno de formalismos o en un muro de las lamentaciones o de las justificaciones.

En cada uno de estos momentos no falta quien se autotitula como representante de la mayoría y se vale de sus dotes de orador autodidacta o su pérdida del miedo escénico para convertir en colectivas las preocupaciones o ideas individuales. Tampoco faltan los francotiradores, que son aquellos que se mantienen alertas a cada intervención para saltar con un discurso lleno de consignas y justificaciones, cuando le parece escuchar un tono demasiado rebelde o inquisidor. Y por supuesto, en el lado opuesto están los incendiarios, que gustan de echarle leña al fuego, o prenderlo, y luego se dedican a mirar los toros desde la barrera.

Peor están aquellos que, aún inconformes o disintiendo, optan por el silencio, por desidia, falta de valentía o desilusión.

El intercambio de opiniones, transparente y respetuoso, oxigena a las sociedades y alimenta con nuevas ideas el espíritu de las naciones. Proteger este ejercicio de participación ciudadana significa abrir los micrófonos a quien quiera participar en nuestro proceso revolucionario de una forma constructiva, y además velar porque las palabras no se las lleve el viento y se conviertan en hechos tangibles de nuestra cotidianidad.

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