Cuando lo absurdo se hace cotidiano

Lea más de: , ,

Por Daniel Guerra

donald-trump-orden-ejecutiva-firma-foto-agencia-1Luego de haber presenciado, el pasado 16 de junio de 2017, el show anexionista orquestado en el teatro miamense, tristemente célebre por llevar el nombre de“Manuel Artime”, otrora jefe civil de la Brigada 2506 durante la invasión mercenaria por Playa Girón, aprecio que con lo que ha trascendido de un extremo a otro de este mundo a boca de la gente y por los diferentes medios de comunicación y plataformas digitales, se certifica con creces que Donald Trump estuvo realmente muy mal asesorado en el tema Cuba.

En la solemnidad de estas horas que vivimos en que la cólera sacude lo magnánimo, las reacciones y la solidaridad ante la conjura no se hicieron esperar, fue inmediata en quienes sabidos de su deber —que es mucho— les inspiró la dignidad y el orgullo de ser cubano o amar a esta Isla, para que la afrenta no interponga la vida cotidiana de una nación que se empeña, a golpe de no pocos sacrificios, en actualizar y consolidar su modelo económico y social.

A dónde querrán llegar con el desespero de la anexión y la resignación los concurrentes legisladores anticubanos junto a un grupillo de esbirros, terroristas y contrarrevolucionarios que allí se dieron cita para alabar promesas de castigo y exacerbaciones al capitalismo que Cuba jamás retomará.

Cuánto odio se pretende urgir a un asunto viejo, por una añosa política ultraderechistas que jamás desancló su viejas prácticas para intentar resurgir como “los salvadores”, bajo un intenso lobby de presión política y chantaje, de cuyo linaje no le es posible ocultar la estela de hechos de terrorismo y de actos plagados de constantes provocaciones que han dado al traste con un sinnúmero de daños humanos y económicos infligidos al pueblo cubano a lo largo de su historia.

Cuba y los Estados Unidos tras dos años de haber puesto empeño serio y comenzado a andar el camino —largo pero necesario— hacia la normalización de sus relaciones, se encuentran a la vera de un grupo que se aferra al pasado, nada menos que a quienes la impotencia los agolpa a un final lacónico que nunca podrán presenciar porque sencillamente la inmensa mayoría apuesta a lo contrario, bien norteamericanos, de un partido u otro; bien cubanos, dentro y fuera de la Isla.

Cuando un pueblo se levanta guiado por hombres y mujeres con decoro, ni la cobardía ni todos los males del mundo pueden contra él, por mucho que lastimen. ¿Cómo podrán entonces los Estados Unidos ignorar a las autoridades gubernamentales cubanas, abiertamente elegidas y reconocidas por su propio pueblo, para diferenciar una categoría de ciudadano de otra y hacerles llegar la cacareada ayuda a un sector que no surgió en contraposición? No me cabe la menor duda, más subversión e injerencia, ¿piensan que así lograrán dividir lo que en seis décadas no han podido?, mejor que despierten del letargo, a menos que sea esa la manera de hacer política y de incrementar sus arcas personales los políticos de ultraderecha a costa de los contribuyentes. ¡Vaya premura!

La unidad del pueblo cubano junto a sus líderes es infranqueable; a las autoridades norteamericanas que pretenden poner condiciones a la continuidad de las relaciones bilaterales no les quedará de otra que dejar las cosas como van, camino al respeto, la convivencia y el entendimiento, pero sin injerencias ni amenazas.

Leyendo la prensa estadounidense a la sazón, encontré varios artículos contra la decisión emprendida por el mal asesorado presidente Donald Trump, particularmente en el diario The New York Times, uno titulado Moviéndose para hundir el legado de Obama, Donald Trump reprimirá a Cuba. “Los cambios afectarán a ambos países, haciendo más difícil y costoso para los estadounidenses viajar y hacer negocios con Cuba. La población de la isla probablemente pagará el mayor precio, particularmente aquellos cubanos cuya forma de vida depende del turismo y las crecientes oportunidades de negocio que ha traído la apertura”.

Contrario a esa premonición me ha sido hermoso ver —por estos días— el empuje vigoroso de los patriotas que defienden palmo a palmo su terruño y su revolución, y el silencio sepulcral de otros que se apegan a corrientes ideológicas que los ubican ni más allá ni más acá, en formulaciones e incentivos de lo nuevo y no precisamente lo bueno.

Ellos ignoran que a la raíz va el hombre verdadero, y no lo es quien no ayude a la paz y la concordia, los cubanos lo saben, como también que cuando lo absurdo se hace cotidiano, te das cuenta que está en Miami, allí donde la ultraderecha y sus acólitos engendran lo malsano, desde donde los alaridos no son más que falsas promesas para seguir “viviendo del cuento” —con perdón del programa de la televisión cubana— y amasan fortuna un grupo de políticos arcaicos.

En la gente incapaz de amar y sí capaz de odiar está la ralea. Pecan contra la isla los que fomentan y propagan oposición y odio, y eso en Cuba lo sabemos bien. Hoy recuerdo a Martí: “La razón es nuestro escudo y donde ella campea florece la fe”, entonces sueñan los que piensan que dando un giro contrario al camino emprendido o haciéndolo pedregoso provocarán el tan anhelado cambio político en Cuba, enviando dólares a los pequeños negocios privados, no, esa política está irredimiblemente destinada al fracaso y de promulgarse tendrá justamente el efecto contrario.

No olvidemos que aunque el actual inquilino de la Casa Blanca afirmó a sus acólitos que “cancelará el acuerdo completamente desequilibrado del gobierno anterior con Cuba”, lo cierto es que la nueva proyección de su política hacia la Isla no entraña una reversión total de la histórica reapertura de las relaciones diplomáticas entre ambos países iniciada en diciembre de 2014 y que la retórica anticubana de Donald Trump rememora políticas fracasadas del pasado, no encontrará ecos y sí férrea oposición de sectores sociales, políticos, económicos y empresariales de los Estados Unidos, convencidos de que los pasos hacia la normalización de relaciones es la dirección correcta.

Los cubanos dignos, esos que no desdeñan sus raíces, sean del sector estatal o no, de un segmento u otro de la sociedad cubana, siguen construyendo sueños y edificando la patria nueva desde la “continuidad de su justo proyecto social”, en ese empeño mayor de formar sentido de vida y de actuación honesta y comprometida con su tiempo, para reafirmar a los acérrimos enemigos de la Revolución Cubana, que ni por asomo piensen que es tarea fácil amansar la marea revolucionaria.

Cubahora

Hacer un comentario

Este sitio se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, que estén fuera de contexto o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social. Recomendamos brevedad en sus planteamientos. Todos los campos son obligatorios.