Contra la amnesia colectiva

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Los que mueren por la vida no pueden llamarse muertos

Alí Primera

Entre los primeros mensajes que llegaron a mi correo, el 1ro de enero, estuvo el de este amigo que ahora público invitándome a hacerme eco de una de las causas más nobles a la que podemos sumar nuestra creación. Soy de los que no conciben el jolgorio del paso de un año a otro sin pensar en la patria —la de la revolución cubana, la de la integración latinoamericana, la de la justicia, y hasta la supervivencia de la humanidad. Sé que no están de moda las ideas, ni la solidaridad en el mundo globalizado consumista, que trata de pintar como retrógrados a los que luchan —siempre han intentado quitarse de encima a los rebeldes con sus modas de evasión y sensiblería efectista, hueca; y así mismo sé que una red de herejes crece a cada instante a favor de los pobres de la tierra, enfrentando el descerebramiento mediático universal. Por eso, con ese placer de ser útil, felicito a mis amigos con este mensaje de un hermano, que incluye un fragmento de poema y un artículo que me rebotó firmado por Ricardo Alarcón, para extender la cadena de voces por la libertad de los cinco (ya se sabe que René, aunque entre nosotros, sigue con el alma presa, hasta tanto no salgan sus hermanos). También va en este mensaje el recuerdo enamorado para Nelson Mandela y las luchas suyas que hicimos nuestras contra el racismo, y un recuerdo para nuestros hermanos que murieron combatiendo por esos sueños justicieros en África, y también para los que regresaron ilesos (aunque no hay guerra de la que se sale sin heridas al menos en el alma) y hoy andan como los más humildes hermanos, celebrando entre algún traguito, un pedazo de puerco asado, bailando o jugando dominó. Para esos héroes que se nos han vuelto cotidianos también el abrazo de estas ideas.  Aquí va el mensaje del amigo:

“He guardado este mensaje para compartirlo contigo en las tempranas horas del 2014, siendo el primer impulso electrónico, no tanto el último deseo a favor de difundir la causa de estos cubanos que permanecen injustamente retenidos en los Estados Unidos de Norteamérica, lejos de su familia, Gerardo el más condenado de todos —2 cadenas perpetuas— no ha podido enterrar todavía a su señora madre quien murió aquí en La Habana hace unos años, mucho menos se le ha otorgado el privilegio de besar a su esposa Adriana y sembrar la semilla del hijo que ya no podrán regalarle la vida.
Este hombre, como los otros René, Antonio, Fernando y Ramón, amanecen hoy primero de enero —no se sabe cómo— caminando por nuestras calles, se confunden con los demás porque no quieren ser héroes ni prestar su cuerpo para estatuas de los parques, solo tienes que abrir la ventana y hacer lo que tengas a tu alcance por su liberación definitiva. Entre muchos lo estamos logrando. Cuento contigo.”
Te dejo un poema, un soldado, una libertad.

[…] Pero los símbolos que ellos hicieron
No tenían libro: los que hicieron las cosas
No tenían nombres, o al menos sus nombres
No los sabía nadie. Las fechas que llenaron
Estaban vacías como una casa vacía.
Ahora sabemos lo que significan Cuartel Moncada, 26,
Lo que significan Camilo, Che, Girón, Escambray, octubre.
Los libros lo recogen y lo proponen.

El viento inmenso que lo afirma barre las montañas


y los llanos.
Donde los que no tienen nombre,
O cuyos nombres no conoce nadie todavía,
Preparan en la sombra llamaradas
Para fechas vacías que veremos arder.

Roberto Fernández Retamar

Tomado del Blog El Diablo Ilustrado

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