Continuidad

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Por Raidel Santana Delgado

Apostol

Ricardo Santana fue el combatiente que sacó a Fidel de entre las balas durante la retirada del Asalto al Cuartel Moncada, el 26 de julio de 1953. Durante años él mantuvo la historia sin muchos ecos, por modestia, hasta que poco a poco se fue develando que aquel “artemiseño” había sido quien recogió al jefe de la tropa y le llevó a la Granjita Siboney de regreso junto a otros compañeros. Le había salvado la vida. Un integrante de la Generación del Centenario, de los jóvenes magníficos que alumbraron el Moncada, y de los que luego continuó haciendo Revolución. Nos llega ahora, cuando el Apóstol cumple 165 años, una muestra de la continuidad hermosa de la obra de aquellos muchachos: su nieto, Raidel Santana, es un joven impetuoso y amante de la historia de Cuba y le ha escrito a Martí con la mirada y el alma sobre los deberes de estos tiempos para con la Patria. Razones de Cuba, convocado, lo comparte.

28 de enero de 2018.

Maestro:

Ayer estuve leyendo varios de sus escritos. Como suele suceder una energía invisible a los ojos comenzó a recorrer todo mi cuerpo. Me detuve en varios fragmentos que despertaron mi atención. En el discurso que pronunció el 27 de noviembre de 1871 en conmemoración al terrible asesinato de los estudiantes de medicina decía: “Otros lamentan la muerte necesaria: yo creo en ella como la almohada y la levadura, y el triunfo de la vida”. ¿Qué se supone que yo debería hacer, hoy que tengo tantas ganas de pasar buenos ratos junto a usted y que quiero contarle tantas cosas? La única salida que encuentro es esta, escribirle una primera carta donde le pueda hacer llegar mis criterios acerca de usted y de nuestra bellísima y amada Isla.

Le cuento que si es cierto lo que dijo: “(…)la salud de la libertad prepara a la dicha de la muerte”[1], hoy en Cuba todos mueren dichosos.

Sí, Maestro, lo que oye, somos libres desde hace mucho tiempo. La verdad es que nos costó trabajo, incluso algunos de los que combatieron con usted después vendieron sus ideas de una patria libre, justo como usted pensaba, le entregaron el país a los Estados Unidos. Fueron años tristes. Todos los esfuerzos parecían haber sido en vano. Por ese entonces, entre algunos jóvenes que comenzaron a destacarse por sus ideas liberadoras sobresalió uno, que creo sería muy oportuno para usted hacerle la visita. Su nombre era Nicanor y muy joven decidió cambiárselo por Julio Antonio.

Algunos piensan que hasta ese momento no se había visto un seguidor tan profundo de sus ideas, Maestro. Julio Antonio Mella trató de revivir sus convicciones de una cuba libre y se declaró abiertamente un luchador antiimperialista. Hizo tantas cosas con tan solo 25 años que el traidor Machado, acobardado ante el joven, lo mandó a matar.

Pero usted tenía razón: “(…) cuando un hombre grandioso desaparece de la tierra, deja tras de sí claridad pura, apetito de paz, y odio de ruidos”1. Este joven encendió las antorchas de la libertad, de una juventud que tenía como principal misión continuar con lo iniciado por nuestro Padre Carlos Manuel de Céspedes y sus ideas. Hubo muchos esfuerzos, pero no fue hasta los primeros años de la década del 30 que pudimos ver a otro joven con opciones claras de lograrlo, fue Antonio Guiteras Holmes. Este traía en la sangre el ADN de los hombres de su época. Maestro, me contaron que se alzó en las lomas de la Sierra y que tenía pensado asaltar un cuartel que llevaba el nombre de uno de nuestros grandes guerreros: Moncada; pero el nuevo gobierno para evitar daños mayores y crear una fachada, le entregó un cargo en el nuevo gobierno presidencial. Logró firmar muchas leyes que favorecieron al pueblo. No descansó ni un segundo. Solo tuvo 100 días para defender sus ideas. Cuando se dio cuenta que no existía otra escapatoria, decidió marcharse del país para preparase en el extranjero y llegar a Cuba con más fuerzas. Eso, Maestro, le aseguro que fue una lección aprendida de usted y sus compañeros. Desgraciadamente un cobarde lo delató y uno de los peores hijos que parió esta tierra le dio muerte.

Pero usted nunca se ha equivocado y como dijo aquella vez en el Folleto Guatemala en México en 1878: “Toda muerte es principio de vida” y este grande de nuestra historia preparó el camino para que casi 20 años después, una nueva generación continuara con la tarea planteada.

Debo contarle algo, Maestro, que quizás no le guste mucho, aunque usted nunca fue hombre de amar la gloria personal. Dicen que a mediados del siglo XX se estaba perdiendo la continuidad de su pensamiento. Yo he leído que fueron años muy difíciles, y usted ha comprendido a los pueblos mucho mejor que yo, así que será justo con sus pensamientos. Claro que sabemos que Cuba siempre ha parido hombres con estirpe de héroes, y muchos de ellos se dieron cita un 26 de Julio de 1953 en esa tierra que tanto amó usted y vio nacer al Titán inmortal que tantas veces usted elogió y enalteció. Iban dirigidos por un joven que parecía llevar en sí toda la gloria de Cuba. Yo escuché por personas que estuvieron allí que este joven desafiaba a la muerte y daba lecciones de compañerismo y hombría en un momento, Maestro, donde la razón y el intelecto dejan de funcionar y solo funciona el instinto.

Él lo llevaba dentro.

La sorpresa se la llevaron cuando al preguntar quién era el autor intelectual de aquel asalto, respondió sin titubear ni un segundo: “José Martí”. Quizás haya sido de lo más heroico que hayan hecho en su nombre, si no contamos la Revolución que fundó años después bajo sus ideales. Sinceramente creo que él ha sido su más destacado y fiel discípulo. Un hombre hecho con sangre divina, un guerrero incansable, lleno de amor. Entregó la vida a sus ideales y a la defensa de la dignidad plena del hombre, que para usted siempre fue la primera prioridad.

Su nombre, Fidel Castro Ruz.

Desde ese momento las cosas han cambiado mucho. Cuba es un país libre, solidario, ejemplar. Hemos tenido dificultades, tantas como han sufrido cada uno de los países del mundo. La igualdad de derechos, el respeto y la educación hoy son patrimonio de cada cubano y la salud se le brinda a cada ciudadano de forma gratuita. Los niños y los ancianos llevan en su rostro la marca de la felicidad y las mujeres hoy son reinas en las casas.

¡Deseo tanto que pueda usted ver esto!

Estamos en el camino que tantas veces usted soñó, el camino que muchos también soñaron. Cada día construimos un pedacito más y aprendemos algo nuevo.

Maestro, no puedo terminar esta primera carta sin desearle la más grande y sincera de las felicitaciones y asegurarle que hoy somos muchos los que estudiamos sus escritos y seguimos su pensamiento.

Pase usted rodeado de toda la gente que ama y lo aman este 165 cumpleaños y no olvide en su brindis hacerlo por Cuba, que al fin aprendió a vivir con la estrella que ilumina.

Con todo su corazón,

Raidel Santana Delgado.

[1] Tomado de: Emerson, La Opinión Nacional, Caracas, Nueva York, 1882.

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