Con alma de #mujer

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No hay cima conquistada sin las huellas de sus pies en la escalada. No hay gloria escrita sin el sudor, muchas veces anónimo, de su esfuerzo. Quizá por eso tanta vida nace de su vientre. Y no podrían resumirlo mejor estas líneas martianas, con la fina certeza de que “sin sonrisa de mujer no hay gloria completa de hombre”.

En un mundo en que las mujeres y niñas rebasan la mitad de la población mundial, también es mayoría para ellas la vulnerabilidad ante los males que parecen haberse globalizado a ritmo etéreo. Pobreza, inseguridad alimentaria, falta de cobertura sanitaria universal y otros tantos peligros acechan cuales aves de rapiña a la humanidad toda, pero es a ellas a quienes les toca la parte más aciaga y el futuro más incierto. Y por si no bastara, los corolarios propios de las crisis económicas globales y del cada vez más tangible cambio climático, le hacen el juego a un terreno ya de difícil acceso femenino.

Mucho ha llovido desde aquel 8 de marzo de 1975, cuando la Asamblea General de la ONU declaró esta fecha como Día Internacional de la Mujer y de que la proclamara, dos vueltas de calendario después, Día In­ter­nacional de los Derechos de la Mujer y la Paz Inter­na­cional. Pero el tiempo transcurrido se traduce en metas, y nosotros en actores. Urge replantearnos no el Qué queremos, sino el Cómo y el Cuándo lo concretaremos.

Y ello a varios meses de cumplirse las cuatro décadas de la Primera Conferencia Mundial sobre la Mujer, más de 20 años de aprobada la Declaración de Beijing y a menos de uno de celebrarse en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York la Con­ferencia de Líderes Mun­dia­les sobre Igualdad de Gé­nero y

Empo­dera­mien­to de las Mu­jeres, tema este último que reunió por vez primera en ese sistema a los más altos estadistas y mandatarios en el camino de compromisos más perceptibles por ese desvelo común.

En medio de ese contexto mundial, la realidad cubana exhibe un rostro diferente, muy esperanzador para borrar las máculas de la discriminación y cerrar de cua­jo las brechas que se imponen entre un género y otro.

Justo en el último de estos eventos, efectuado en septiembre del 2015, el Presidente de los Consejos de Es­tado y de Ministros, General de Ejército Raúl Cas­tro comentaba los logros cosechados por Cuba en materia de empoderamiento y reivindicación de sus mujeres, en una historia que involucra a varias generaciones. Entre las conquistas más plausibles, se inscribe una esperanza de vida al nacer superior a los 80 años, una de las tasas de mortalidad materna di­recta más bajas del orbe, y “representan el 48 % del total de las personas ocupadas en el sector estatal civil y el 46 % de los altos cargos de dirección”. Constituyen además, “el 78,5 % del personal de salud, el 48% de los investigadores científicos y el 66,8 % de la fuerza de mayor calificación técnica y profesional (…),  el 65,2 % de los graduados en la educación superior (…) y el 48,86 % de nuestro Parlamento”. A lo que se une la condición de ser el primer país del mundo en eliminar la transmisión vertical (de madre a hij

o) del VIH/sida.

Ese último resultado posiciona a la Mayor de las An­tillas en el segundo escaño del hemisferio americano y en la cuarta plaza del mapa mundial en este sentido.

“No negamos que existan logros en las últimas décadas, pero resultan frágiles e insuficientes. Para avanzar hacia la plena realización de la igualdad de género y el empoderamiento de la mujer es preciso, ante todo, el logro de un orden internacional justo y equitativo, que erradique la pobreza y el hambre, ponga fin a los conflictos bélicos, privilegie al ser humano por encima del capital y preserve el medio ambiente”, reflexionaba entonces el mandatario cubano.

Entonces me permito calcar esta realidad contrastante para proponer un close-up a los nortes que ella descubre a todas luces: no solo con ero

gaciones millonarias de fondos se resuelve el segregacionismo irrisorio a estas alturas, como tampoco se puede pregonar igualdad de género al por mayor desde una discursiva flácida, sin una estrategia coherente amparada en acciones concretas. Eso solo llega con el autocompromiso y la responsabilidad social, de los que estamos tan sedientos como especie, a 360° del planeta. Y exige también de ejercitar los músculos del respeto y la conciencia.

La Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sos­te­nible aprobados por 193 Estados miembros de la ONU, en septiembre del 2015, vuelcan la mirada al pedacito de cada cual, para desterrar todo vestigio de discriminación. Una palabra se olfatea en la ruta hacia la solución: liderazgo. Impostergable es, entonces, el adjetivo de or­den.

Ya lo dijo Mahatma Gandhi: “Toma una sonrisa, regálala a quien nunca la ha tenido./Toma un rayo de sol, hazlo volar allá en donde reina la noche./Descubre una fuente, haz bañar a quien vive en el barro./Toma una lágrima, ponla en el ánimo de quien no sabe lu­char./ Descubre la vida, nárrala a quien no sabe en­ten­der­la./Toma­ la esperanza y vive en su luz.­/Toma la bondad y dónala a quien no sabe do­nar.­/­Des­cubre el amor y hazlo conocer al mundo…”

Y si después de esto se nos hace aun largo el camino, volvamos a leerlo allí donde advierte cambiar primero el yo individual, antes de intentar hacerlo con el mundo, que es decir el yo colectivo.

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