Cenizas que hicieron un país

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Por Raúl Medina Orama

¿Dónde murió? ¿En los combates de Peralejo o Mal Tiempo? ¿Cruzando las inútiles trochas españolas? ¿Desembarcando con municiones para alimentar la insurrección en Occidente? ¿Con el machete en la mano, semidesnudo, sobre un corcel mejor alimentado que su jinete? ¿Acaso pereció fusilado y su sangre quedó como única huella contra un muro, en las afueras de un poblado miserable?

Nadie sabe el nombre del soldado que yace en la cripta dedicada al mambí desconocido, pero sus cenizas son el símbolo de decenas de miles que cayeron durante las guerras de independencia —cuyo inicio conmemoramos el 150 aniversario en 2018— contra el tutelaje colonial de España. Toda persona que quiera rendirle tributo ha de ir al Capitolio, la obra de restauración principal entre las acciones para celebrar el 500 aniversario de La Habana, y que abrió sus salones este 24 de febrero.

Tumba

Según Eusebio Leal, historiador de la capital, ese combatiente anónimo, presumiblemente humilde, es el cimiento de la República peleada durante más de 30 años en la manigua. Ante este reportero evoca:

“Cuando llegué aquella mañana, en soledad, con los restos traídos del cementerio, a colocarlos en ese panteón que pesa varia toneladas, le dije: ‘yo no sé quién fuiste, ni donde te alzaste, ni que grado tuviste. Me han sacado tus cenizas del cinerario del panteón de los mambises y libertadores [de la Necrópolis de Colón]. Te pongo aquí porque tú eres la base y el fundamento de la nación cubana’”.

Leal amplía la visión del símbolo concebido en la fastuosa edificación: “Y arriba, en un eje imaginario y perfecto, está el diamante del Capitolio, y más arriba la estatua colosal de Cuba irredenta, de 17 metros de altura”.

A contrapelo de lo ocurrido con las figuras de los grandes jefes militares, casi cien años ha demorado la consecución de este homenaje a quienes nutrieron las filas del Ejército Libertador, sin alcanzar la gloria pública, sin más reconocimiento que el de su propia libertad.

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MONUMENTO DESDE ABAJO

El Capitolio fue inaugurado el 20 de mayo de 1929, pero faltó una de las obras proyectadas por el arquitecto Félix Cabarrocas, creador junto a Evelio Govantes y otros del sitio destinado al gobierno de la nación.

Cabarrocas ideó que la tumba y cripta al mambí desconocido se viera desde el espacio que preside la estatua de la República —inspirada en Palas Atenea y esculpida por Ángelo Zanelli—, punto central del Salón de los Pasos Perdidos. Donde luego se colocó una estrella con el famoso diamante, el arquitecto pretendía que se abriera un mirador que permitiese a los visitantes ver el féretro ubicado en la planta baja.

En el Libro del Capitolio (1933), confeccionado como testimonio de las obras de construcción, se publicaron detalles: “La estructura de la cripta es una curva baja y cerrada (…) La colocación del túmulo, para la cual se bajará el nivel del piso, recuerda el efecto imponente de las tumbas de Napoleón y de [Ulysses] Grant. (…) El público podrá contemplar el sarcófago, pero a cierta distancia, desde la baranda que circunda la abertura central de la rotonda y mirando hacia abajo, esto es, hacia el seno de la tierra, donde cayó para siempre el héroe anónimo”.

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El diseño original de la tumba era más fastuoso que el que hoy puede apreciarse en el monumento. Nunca llegó a realizarse, a pesar de que los planos estaban aprobados, quizás por la premura en la terminación general de la obra.

El piso se cerró y la cripta debajo se concluyó, aunque el espacio quedó sin el sepulcro que debía llevar en su centro. No está clara la función otorgada al recinto vacío en los años siguientes a la inauguración del Capitolio. Antes de la remodelación actual, el espacio lo ocupó un archivo de la Biblioteca Científico-Técnica del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente.

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REPOSO DEL MAMBÍ                                                 

Tres puertas de hierro forjado, de carácter romano, con gruesos barrotes y ornamentos alusivos a la República, reciben a los visitantes, quienes llegan en número creciente hasta la cripta. El visitante, al acceder al panteón, escucha la bella Paráfrasis sobre el Himno Bayamés, del compositor Hubert de Blanck, interpretada por la Camerata Romeu.

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Eliades Paumier, trabajador del lugar, recuerda que cuando se concluyó la reparación, el presidente Raúl Castro visitó la tumba. “Lo vi hacer una reverencia y, desde entonces, cada martes, envía una ofrenda floral al soldado desconocido”.

El anillo de rosas rojas contrasta con el escudo de bronce de la tumba de casi dos metros, del cual salen hojas de laurel y acanto que envuelven la piedra blanca como símbolo de la gloria combativa.

Rodean el cenotafio las banderas de las naciones de América, además de la española y la de Portugal. Los pabellones nacionales de Cuba y Puerto Rico, países para cuya independencia José Martí fundó el Partido Revolucionario Cubano, presiden la escena a cada lado del sepulcro.

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En las paredes del fondo, tallados en bronce, se encuentran el Escudo de Armas de Cuba, la partitura del Himno de Bayamo, compuesto por Pedro Figueredo, y las palabras de Carlos Manuel de Céspedes al ser proclamado presidente en la Asamblea Constituyente de Guáimaro. Una réplica en mármol de Carrara de la escultura de La República completa el nicho principal del salón.

Basándose en el proyecto de Cabarrocas, cuyos planos conserva la Empresa Restaura, la intervención respetó los elementos originales del recinto, desde el color de las paredes, la decoración de las molduras, los suelos de granito, y los detalles ornamentales.

Paumier enseña una estadística diaria que llevan minuciosamente él y otros guardianes del tributo al soldado desconocido. Cuando la inauguración, en octubre de 2017, acudieron al recinto 50 personas. Desde entonces la cifra va siempre en aumento, hasta alcanzar casi un centenar el último 20 de febrero. Llegan de Japón, Francia, Estados Unidos, Marruecos; pero sobre todo de Cuba, México y Costa Rica.

Todos se acercan con respeto y curiosidad a ver las cenizas del guerrero ignoto que ayudó a fundar un país, símbolo de la fuerza anónima de un pueblo.

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Cubahora

 

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1 Comentario

Henry Espinoza dijo:

Buenos días, bella reseña sobre ese lugar sagrado que espero conocer en cualquier momento, pero tengo una duda, siendo ya la tumba eterna de quien fuera un ser humano, porque lo denominan “cenotafio”, entiendo que así se llama a los monumentos de este tipo donde no hay restos, son solo alegóricos.
Saludos a todos los cubanos, quienes honran día a día con su determinación, a ese mambo desconocido.

17 noviembre 2018 | 07:59 am