Carta abierta al #Che Guevara

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Por José Antonio Fulgueiras

BOLIVIA.—Querido Comandante médico Ernesto Guevara:

Le escribo esta carta abierta tras mi visita, en la segunda parte del almanaque del 2015, a la provincia de Vallegrande donde us­ted en 1967 donó su semilla guerrillera y donde le aseguro —por lo visto y oído— su figura legendaria está más viva que nunca.

Los campesinos de esta zona, con los que he podido dialogar, le siguen llamando Don Fernando Sacamuelas. Son los mismos que durante el paso de la guerrilla, usted dispuso de sus escasas horas de descanso para extraerle los molares adoloridos o las piezas totalmente cariadas.

Le diré, Comandante Che, que esos veteranos, sus hijos y nietos, son ahora atendidos por la doctora boliviana Mariela Arteaga, con su equipo de odontólogos, que van a efectuar extrac­ciones y curas profilácticas en las comunidades de las zo­nas de La Higuera, Loma Larga, Alto Seco, El Tipal, Las Huertas, Abra del Picachos y otras por donde usted acampó y pasó con su guerrilla victoriosa.

Es bueno recordar lo que le dijo al soldado Carlos Guzmán, minutos antes del vil asesinato dentro de la escuelita de La Higuera. Aquel joven venido de Pucará pidió conocerlo y cuando le habló las primeras palabras, y usted observó que le faltaban dos dientes, le dijo: “Es necesario cuidar de la dentadura para conservar la salud. Qué lamentable que no nos conociéramos antes. Yo te los hubiera puesto nuevos”.

El muchacho salió llorando, pues vio en su mirada al hombre humano y bondadoso.

De usted dice Mariela: “El doctor Guevara tenía el don de sacar una muela con un rústico equipo a campo abierto. No es tan fácil en el Chaco extraer una muela sin que tenga infección posterior. No se conoce, por los testimonios de los campesinos de esta zona, que a ninguno se les haya infectado las encías, ni haya muerto por un sangramiento.

“Por eso yo siempre digo que el doctor Guevara fue un gran odontólogo, y hay que imitar la técnica en campaña de don Fernando Sacamuelas”

Por otra parte, a los campesinos les hicieron creer que usted y sus hombres eran unos monstruos sanguinarios que venían a despojarlos de sus pobres tierras. Pero esos mismos aldeanos, y sus descendientes, hoy lo llaman San Ernesto de la Higuera.

La doctora Marta Calzadilla Rivas, quien se formó en Cuba en el hospital Julio Trigo de La Habana, nació y aún vive por la zona de Pucará, me dio fe de lo que le escribo en el anterior párrafo. Aquí se lo dejo en sus propias palabras:

“En mi comunidad tenemos mucha fe en el Che Guevara. Mucha gente lo ve como un santo, o como un alma milagrosa. Y todos los 8 de octubre se le rememora. Cada cual lo recuerda a su forma, pero lo recuerda. La mayoría de los viejitos dicen que lo han conocido y que el Che era una persona bien buena y bien humanista”.

También en el hospital Señor Malta de Vallegrande dialogué con las primas María Lita y Mirian Durán. Ellas se sienten orgullosas de laborar como médicas en este hospital donde tendieron su cuerpo eterno en una lavandería contigua al centro de salud. Hoy aquí labora una brigada cubana que presta variados servicios de salud y asesora a estos jóvenes galenos bolivianos.

Ella forma parte de la plantilla del hospital, pero le satisface integrar las brigadas móviles de salud y visitar a las comunidades de Alto Seco, Caza Montes, Masicurí, Santa Ana y San Juan del Chaco. Usted conoce esas zonas, ¿no es verdad?

A la doctora María se le refleja una luz en el semblante cuando habla de la transformación de este hospital: “El centro ha ido evolucionando y creciendo.

Ahora somos hospital de referencia entre los valles cruceños. Tenemos una excelente capacidad resolutiva y hasta de tercer nivel algunas especialidades”

Comandante, la doctora Mirian, por su parte, parece una muchacha más bien tímida, pero ha desandado caminos por esta franja como una guerrillera más de la salud. Nació en la comunidad de Alto Seco donde usted llegó con la Guerrilla. Ella no había nacido aún pero…

“Mi papá, Javier Durán, sí lo conoció. Dice que era un hombre más bien alto y de melena descuidada. Llegaron a la casa del corregidor que sintió miedo y se escapó. En esa misma casa ahora vivimos nosotros.

“Dice mi padre que los guerrilleros se escondieron cerca de la casa en un pechón de maíz. Tenían hambre y les dieron empanizados. Luego siguieron su camino y más allá habían encontrado a mi abuelo Vicente Flores que ya falleció. Mi abuelo venía de su chaco y le preguntaron que si les podría mostrar el camino, pero mi abuelo se asustó y les rogó que no lo llevaran con ellos porque tenía hijos pequeños. El Che le dijo: “No hay problema, señor, pues entonces siga su camino”.

Todo esto puede ser totalmente cierto o medio cierto, Co­mandante; pero sí es totalmente verídico que esta muchacha está dis­puesta a ir con su medicina a los lugares más intrincados de Vallegrande a curar al más pobre de los pobres.

También conversé con la médica Cáterin Salazar, que presta sus servicios en el poblado de Masicuri a 90 kilómetros de Vallegrande. Para ir y venir a la capital provincial se tiene que trepar sobre la cama de un camión, enfrentando los intensos fríos del valle. Me confesó que aún extraña la comida cubana, sobre todo los platos criollos que le preparaba la holguinera Aleida, dueña de la casa en la que ella vivió y estudió por cinco años.

Comandante, ponga atención a esto que me contó Cáterin con suma naturalidad, y luego me dice si tiene la estirpe de Celia Sánchez o de Juana Azurduy:

“En la comunidad lo que atiendo constantemente son a las personas que vienen hasta mí con picaduras de víboras. Les aplico sueros antiofídicos a los mordidos por las serpientes cascabel y otra llamada chuta por los indígenas. Pero, una paciente presentó un shock anafiláctico y me di cuenta al instante que estaba frente a un caso de suma gravedad.

“Le di los primeros auxilios, la monté en un carro y estuvimos cuatro horas de viaje hasta el hospital Señor de Malta. La señora gritaba que se moría y yo que no se moría.Tiempo después me encontré al chofer de la movida y me preguntó: ¿doctorcita quién tuvo la razón?”. Y le respondí: “Quién va a ser, no­so­tros, los médicos del Che”.

Y me contó esto otro aún con más naturalidad: “He visto muchas serpientes Cascabel en el camino por donde tengo que cruzar para ir a mi centro de salud. Cuando me llaman para atender a un enfermo tomo una linterna en la mano y voy por ese mismo camino. A lo mejor hasta las serpientes piensan que estoy loca y por eso no me muerden, o a lo mejor respetan al médico que va a salvar a un niño de la muerte.

“Eso me lo inculcaron en Cuba, aunque yo idolatro al Che por mi papá Humberto, que es minero de Huanuni y en la mina todavía vive gente que fueron compañeros de los guerrilleros Moisés Guevara y Simeón Cuba y veneran la hidalguía con que ellos cayeron sin claudicar”.

La doctora Rosmeri Farell está ubicada aquí en la zona de San Juan del Chaco que está cerca de Agua de oro, ruta por donde según ella, usted pasó. Dice que lo que más la llena de satisfacción, “es ir a atender a la gente, a los abuelitos que muchas veces no tienen la posibilidad de llegar al hospital, pues al estar postrados por artritis o artrosis, no pueden caminar.

“Llegar hasta sus hogares y aliviarle el dolor me da un poco de tranquilidad y alivio, y ellos esperan a alguien que escuche la historia sobre el dolor que tienen; y eso hace, simplemente, que el alma se les limpie. Nos esperan con los brazos abiertos, no saben cómo recibirnos para que uno se sienta bien y pueda volver, mes a mes, a verlos”.

Dali Gutiérrez también estudió en Cuba y me contó esto:

“En Pucará nació una niña y aunque la madre no tenía leche materna insistió en llevársela para su casa. A los 23 días regresó con la niña completamente aséptica, pues al parecer no la había bañado desde que la sacó del centro de salud.

“Vi que la niña ya se moría, y lo que hice fue preparar agua azucarada (había pasado un curso de neonatología), abrigarla bien, cargarla en mis brazos y salir en la ambulancia para Vallegrande. El trayecto normalmente se cubre en dos horas, pero el chofer de la ambulancia lo hizo en 45 minutos.

“En el camino lo que hacía era darle en la boquita la solución de glucosa por gotas y luego la apretaba contra mi pecho. Tenía miedo que esa bebé falleciera en mis brazos, pero gracias a Dios, y al chofer, digo yo, llegamos a tiempo al hospital, le canalizamos las venas y la niña se salvó”.

Comandante, le cuento, además, que la doctora Jimena Hi­nojosa y el doctor Alfredo Arteaga se casaron en Bolivia, pero se enamoraron en Cuba en la escuela de trabajadores sociales de Holguín. Ahora viven en Pucará, tienen una hija preciosa que se llama Cleidi y trabajan a muchos kilómetros uno del otro.

Jimena realiza su obra humana en Las Huertas a 32 kilómetros de Pucará. “Allí, al principio, no había ni señal telefónica ni energía eléctrica. Ahora ya hay comunicación y podemos pedir ambulancia para trasladar a pacientes, por ejemplo, con una meningitis bacteriana que luego se han curado con ayuda de los médicos cubanos en el hospital Señor Malta”.

Arteaga, el esposo de Jimena, está trabajando en Loma Larga, más allá de La Higuera. Tiene experiencia de realizar un parto en la ambulancia con ayuda del chofer, y que el niño Leodán lo llame tío. En la zona de El Potrero, arrebató de la muerte a un señor llamado Benigno Moscoso, que asegura que siendo un niño lo conoció a usted.

Por su parte, el médico José Montoya se me presentó como el representante de todos estos aguerridos galenos. Dice que es una experiencia bonita, término que utilizan comúnmente los bolivianos para elogiar algo. Indica, además, cuestiones que usted conoce, como que aquí la geografía es bastante mezquina, pero sus médicos responden a las exigencias del medio hostil donde habitan y no se rinden.

Expresa Montoya que sus muchachos son “laboratoristas, curas, enfermeros y un todo imbatible. Y hacen, asimismo, de veterinario pues viene el campesino con el animal enfermo y les dice: ‘Usted es médico y cúramelo’ y se los curan”.

Mire, Comandante, le presento al final de esta misiva a la doctora boliviana Elisabeth Terraza Rojas, que estudió también en Cuba. ¿Y dónde cree que trabajaba desde hace más de un año? Pues en La Higuera, en un consultorio frente por frente a la escuelita donde usted como maestro, le enseñó al mundo la oración del decoro y la dignidad del hombre.

Expone Elisabeth que de Cuba trajo el recuerdo del día en que a los estudiantes bolivianos de medicina los llevaron a La Plaza de la Revolución y vio pasar a Fidel muy cerca cuando iba hacia la tribuna. “‘¡Fidel!, ¡Fidel!’, le grité y él miró y me saludó. Lo menos que imaginará hoy es que la muchacha que lo saludó está ahora aquí en La Higuera del Che.

“No estoy sola, pues laboro junto a los médicos cubanos Kenia Rosa Toledo, de Sancti Spíritus y Rasiel Romero de Guan­tánamo. No solamente atendemos a la población aledaña, sino a personas de todo el mundo que vienen a visitar a este lugar sagrado”.

Y agrega la doctora de La Higuera:

“Yo, por mi parte, también consulto a dos personas que aseguran haber visto al comandante Guevara: Irma Rosado Ca­rrizales y Manuel Cortés. Doña Irma, de 75 años de edad, tiene diabetes e hipertensión y Manuel, de 79 años, es hipertenso y presenta la enfermedad del chaga, pero mientras nosotros estemos aquí, la muerte tiene que mudarse para otro lugar”, expone Elisabeth, con el entusiasmo brotándole por sus pupilas juveniles.

Comandante, usted fue médico y periodista, y sabemos que no le gustan ni los informes banales ni los escritos superfluos, por eso en esta carta abierta le puse estos ejemplos salidos de las palabras y los hechos de sus protagonistas, quienes notifican al mundo, que ni usted ni sus ideas están enterrados, sino que se yerguen ante el mundo como un árbol imbatible de sombra y de luz.

Tomado de Granma

http://www.granma.cu/cuba/2015-10-07/carta-abierta-al-che-guevara

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