Camilo: Como en los días de la guerra

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Por Mayli Estévez Pérez

Al segundo hijo —nacido un 6 de febrero— del matrimonio de anar­quistas Cienfue­gos Gorriarán le gustaba escuchar los debates políticos en aquella acera. De allí salió enardecido en 1948, cuando el gobierno de turno aumentó la tarifa del transporte público.

Aquel día pudo quedarse para el partido de pelota al que lo habían convidado, pero ya Camilo tenía una vocación indetenible por la lucha política. Intentaría sofocarla con el arte y sus escasos pasos en la Academia Nacional de Bellas Artes San Alejandro. La situación económica familiar terminaría de cuajo con ese sueño.

Camilo Cienfuegos.
Camilo Cienfuegos. (Foto: Tomada de Internet)

Tres años después nada lo detendría, y cuando el sargento Batista pisoteó la Constitución en 1952, corrió a la Universidad de La Habana en busca de armas para hacerle frente al golpe de Estado. Luego, en una manifestación en honor de Antonio Maceo, tiroteada por la policía, saldría herido en una pierna, pero el 28 de enero —del inolvidable 1956—, todavía a rastras, llegaba al Parque Central a discursar sobre las ideas del Apóstol.

Para esa época, Camilo ya estaba fichado por todas las agencias de investigación posibles al servicio del gobierno batistiano, le endosaron el número 0340 y al lado del nombre le escribieron: comunista.

Camilo se exilia en Estados Unidos y llega al movimiento de Fidel en México por un amigo en común. El plan del «Granma» estaba edificado, pero Camilo quería ser parte de la expedición. Su excusa era perfecta: ¡No ocupo espacio, compadre; soy flaquito! Raúl Castro mediaría por Camilo, y así se subió al yate el último elegido, el de la sonrisa amplia, el jodedor, el que más tarde conocería al argentino Ernesto y le haría su hermano.

Camilo, el de «vas bien, Fidel», el de octubre y un viaje apresurado a Cama­güey.

«¡Huber, yo co­mo jefe del Estado Mayor del Ejército Rebelde asumo el mando de Ca­magüey y te detengo por alta traición!», le gritaba al amotinado jefe del Regimiento Militar. La situación duraba días, angustiosos. Na­die espera tener que llamar traidor a un amigo.

El 28 de octubre, a las seis de la tarde, se acercó al avión Cessna 310. Se despidió de todos y enrumbó hacia el noroeste. Al oscurecer, cuatro pescadores del cayo Santa María divisaron el paso de un avión blanco y rojo de dos motores. En el teatro Agramonte todavía retumbaba: «Como en los días de la guerra, la Revolución tiene solo dos caminos: Vencer o morir».

Vanguardia

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