Buscando más Guerra Fría con #Cuba

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bloqueo-noPor Paul R. Pillar*

Los neoconservadores que dominan el Washington Oficial hablan más alto a través de su periódico insignia The Washington Post, y casi siempre, en vez de cooperación para resolver los problemas del mundo, lo que buscan es confrontación hacia Cuba, al estilo de la hostilidad de la era de la Guerra Fría.

Un editorial en el mencionado rotativo proclama en su título, “Fracaso en Cuba”, y donde declara, “La apertura de Obama no está conduciendo a un cambio positivo”. Uno no debería esperar que alguien, incluyendo las juntas editoriales, que ha estado oponiéndose a un cambio de política, que cambie su propia posición rápidamente. Pero lo que el Post tiene que decir sobre Cuba ilustra algunas tendencias desafortunadas que también han deformado el debate político en otros asuntos.

El mayor problema sobre el fracaso es preguntar, “¿Cuál es la alternativa?” Y preguntar también, “¿Por qué debe esperarse que la alternativa produzca mejores resultados, especialmente en el mismo criterio con el que se está criticando la política que nos ocupa?”

Este fracaso fue muy aparente en buena parte de la oposición al acuerdo para limitar el programa nuclear iraní, un acuerdo que fue claramente superior a la única alternativa real, que era la ausencia de un acuerdo.

Con respecto a Cuba, esta deficiencia de la argumentación se hace incluso más evidente porque la alternativa a la apertura de Obama (por ejemplo, un continuado intento de aislar y condenar al ostracismo a Cuba) ha tenido un tiempo enormemente largo para mostrar lo que puede y no puede hacer. De hecho, ha tenido medio siglo para mostrar eso: Estados Unidos instituyó un completo embargo económico a Cuba en 1962.

El embargo estadounidense y el pretendido aislamiento de Cuba son el arquetipo de una política fracasada, la cual no ha logrado los cambios que se esperaban, ni pequeños (el editorial del Post habla acerca de las tasas del servicio de Wi-Fi en Cuba), ni grandes (un cambio político fundamental en el régimen cubano), o algo en el medio (incluyendo varios temas de derechos humanos).
La inconsistencia de los estándares que se aplican en el editorial, en lo concerniente a tiempo y expectativas, es ridículamente grande. Es evidente que medio siglo, a través de 10 administraciones estadounidenses diferentes, se considera un tiempo insuficiente para juzgar si la política de aislamiento puede lograr alguna vez algún resultado útil, y sin embargo el editorial critica la apertura del presidente Obama por no producir un “cambio significativo en Cuba” durante el breve tiempo que se ha estado llevando a cabo. El anuncio del movimiento para restablecer relaciones diplomáticas se dio hace escasamente un año, y ambas embajadas se reabrieron hace sólo 6 meses.

Otra falla en la argumentación que hemos visto anteriormente es circunscribirse  un solo cambio de política, y tomar en cuenta otras condiciones importantes. La condición grande e importante en cuanto a las relaciones E.U.-Cuba, es que el embargo económico todavía está en vigor. La administración Obama se ha limitado a cambios que puede hacer a través de acciones ejecutivas; el embargo permanece en vigor mientras que la mayoría del Congreso se niegue a terminarlo.

Cuando los escritores del editorial del Post se quejan de la reducción de las compras de Cuba de productos estadounidenses, y de la poca evidencia de oportunidades para el sector privado cubano, se considera apropiadamente como una acusación del continuado embargo en vez de, como lo presenta el editorial, una deficiencia en los pasos que ha dado la administración.
Las repetidas referencias en el mencionado editorial a “concesiones unilaterales” hechas a Cuba reflejan otra tendencia desgraciadamente muy común, la de considerar cualquier problema en un país con un régimen que no nos gusta como culpa propia, y que por ende cualquier debilitamiento de sanciones dañinas a la economía o de embargos, como una pérdida para Estados Unidos.

Dañar la economía de alguien más es de valor solo si ayuda a provocar cualquier cambio deseable en las políticas o comportamiento de ese otro país, en lo cual el embargo a Cuba ha fracasado manifiestamente. Dicho embargo ha afectado más que todo a los cubanos ordinarios, y eso no es un valor positivo para Estados Unidos. Tampoco le ha hecho ningún bien a la credibilidad en E.U. a nivel mundial, ya que ha sido E.U. y no Cuba, el que ha estado aislado políticamente sobre el tema.

Antes de que el presidente Obama comenzara a redirigirla, la política estadounidense hacia Cuba había sido (y sigue siéndolo con el embargo) como una horrible y embarazosa cápsula de tiempo. El embargo y el pretendido aislamiento son tan anticuados como aquellos autos norteamericanos de los años 50 que los cubanos de alguna forma se las arreglan para mantenerlos funcionando.

Dicha política ha sido el remanente político de una generación particular de cubano-americanos que tenían legítimos motivos de queja contra el régimen de Castro pero que se quedaron estancados y nunca se movieron para pensar sobre lo que funciona y lo que no. El gesto continúa en la próxima generación, más notoriamente en la persona de Marco Rubio, cuya defensa incondicional del embargo es inconsistente e ilógica.

Sería bueno tanto para el pueblo estadounidense como para el cubano, si un mayor cambio generacional y evolución política pueden sacar este tema de los años 60 y trasladarlo al siglo XXI, donde pertenece.

*Paul R. Pillar, en sus 28 años en la Agencia Central de Inteligencia llegó a ser uno de los máximos analistas de la agencia. Ahora es profesor consultante en la Universidad Georgetown para estudios sobre seguridad.

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