Aquel día en Santiago con Fidel

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Por Leslie Díaz Monserrat

fidel y ramonet

 

«“Disculpe —le dijo—, ¿no molestamos?, es que tengo un amigo aquí francés al que quiero enseñarle la casa”».

Así contó Ignacio Ramonet, frente a un teatro lleno de profesores y estudiantes de la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas que se reunieron para escucharlo. Con atención los asistentes disfrutaron de la anécdota de su viaje con Fidel a Santiago de Cuba en el 2003, la última vez que el Comandante visitó su tierra natal.

«Eran las elecciones y él iba a votar —rememoró—. De paso, quería enseñarme el Moncada, y describirme en el sitio cómo había sido el asalto, dónde estaban situados los diferentes grupos.

«Llegamos por la mañana, muy temprano, probablemente un viernes y el voto era el domingo. Quería que fuéramos a la misma hora del asalto, al amanecer. Fuimos primero al Cementerio Santa Ifigenia, ahí están enterrados los moncadistas, los que vinieron en el Granma y Frank País.

«Me dijo: “te voy a llevar a la casita del hambre”.

«Como saben, había nacido en Birán. Ahí su padre tenía una escuela pública y una oficina de correo. Su maestra, que describía como encantadora, era de origen haitiano.

«Cuando creció tuvo que seguir sus estudios en Santiago de Cuba y se fue a vivir con la hermana de su profesora de Birán. Era una casa muy modesta y aunque sus padres pagaban, le daban muy poco de comer. Me comentó: “yo creía que era apetito y en realidad tenía un hambre de loco. Estaba creciendo y me comía hasta el último granito de arroz”.

«Quería enseñarme esa casa. Íbamos casi sin protección en su viejo Mercedes blindado. Todo muy discreto. Llegamos ahí, y afirmó: “esta es la casa porque han hecho un museo, pero aquí se mudaron cuando enriquecieron. Vamos a ir a donde yo estaba de verdad.

«Eso no estaba previsto en el programa. Nadie estaba avisado. Fidel llamó a la puerta y abrió una señora, eran como las 6 y 30 de la mañana.

«La familia estaba despertándose. Había una salita, un pasillito, un tanque de agua lleno, un viejo televisor de la época de cuando se inició la televisión.

«Fidel llegó y comenzó a hacer preguntas: “¿cómo están ustedes?, ¿cuántos hijos tienen? Mi cama estaba en ese pasillo—señaló—, desde ahí veía la bahía.

«La familia estaba totalmente conmovida. Cuando nos vamos le preguntó: “¿ustedes necesitan algo?, yo tengo un poco de influencia—bromeaba—, les puedo ayudar.

«La señora, muy educada le respondió: “no, no nos hace falta nada. ¡Qué honor tenerlos aquí!

«Fidel le replicó: “Veo que el televisor de ustedes está un poco maduro, veterano… ¿No quieren renovarlo?” Entonces prometió que les mandaría uno nuevo.

«Cuando entramos a la casa no había nadie y al salir, muchas personas lo esperaban. Habían llegado de todas las calles. No se anunció, no estaba ni en el programa secreto. El pueblo lo rodeaba. Todo eso sin guardaespaldas. Nos subimos al auto y nos marchamos. Nadie me lo contó. Yo estaba ahí», concluyó Ramonet y un teatro lleno, emocionado, aplaudía.

Vanguardia

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